La casa donde nunca vivimos Capítulo 36
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Capítulo 36

La pelea grande fue el domingo treinta de agosto, entre las diez y cuarto y las once menos veinte de la mañana, y fue sobre si la cocina se podía desmontar.

Empezó como empiezan estas cosas, que es por lo práctico. Vera llegó a las diez con el portátil y la carpeta y lo puso todo en la borriqueta del salón, y lo primero que dijo fue:

—Hay que valorar la cocina para la liquidación.

—¿Para qué?

—Para saber lo que te debo.

—No me debes nada.

—Me debes diecinueve mil cuatrocientos veinte euros con treinta céntimos —dijo ella, sin levantar la voz—. Perdón. Te debo. Eso está en el cuaderno con la fecha y el sello. Y luego está la cocina, que no está en ningún sitio.

—La cocina no se valora.

—Todo se valora, Martín. Es un elemento de la casa. Si vendemos, se vende con la casa, y si se vende con la casa, alguien tiene que decir cuánto vale.

—Pues que diga lo que quiera el tasador.

—El tasador va a decir seis mil euros, porque los tasadores no saben lo que es una cola de milano. Yo lo he mirado y son catorce mil de material y taller. Y luego están las mil trescientas veinte horas, que a quince euros la hora son diecinueve mil ochocientos.

—Vera, para.

—Y si las ponemos a lo que cobra un carpintero de verdad son treinta y tres mil.

—Que pares.

—¡Es que hay que ponerlo en algún sitio! —Y ahí subió la voz por primera vez—. ¿Dónde lo pongo? Dime tú dónde lo pongo. Porque yo tengo una hoja de liquidación con dos columnas y esto no me cabe en ninguna.

Martín estaba de pie al otro lado de la borriqueta.

—Se puede desmontar —dijo—. Si te molesta tanto, la desmonto y me la llevo, y así no hay nada que valorar y la casa se vende sin cocina.

—No se puede desmontar.

—Claro que se puede.

—No se puede, Martín, y lo sabes mejor que yo. —Vera dio la vuelta a la borriqueta—. Los altos van ensamblados contra el paramento y el vasar corrido está tomado en el alicatado. Lo desmontas y te llevas cuatro trozos de mueble roto y un metro de azulejo detrás. Eso no se puede sacar de aquí.

—Se puede sacar todo.

—¿Cómo? Dime cómo. Porque yo lo he mirado esta noche, ¿sabes?

A las cuatro de la mañana, con el plano de la cocina que hiciste tú.

—Vera abrió el portátil de un manotazo—.

El vasar lleva veintidós tirafondos a la fábrica.

Los altos van a un travesaño continuo que está embebido en el alicatado de Tono, que se puso hace once días.

Y los bajos están atornillados al bastidor, y el bastidor está anclado al suelo, y el suelo lo pusimos nosotros en agosto.

—Se pica y se saca.

—¡Eso no es sacar, eso es romper!

Y entonces se quedaron los dos parados, respirando fuerte, en el salón de una casa que llevaban ochenta y tres días construyendo.

Y a partir de ahí ya no se habló de la cocina.

—Me robaste la decisión —dijo Vera.

Y lo dijo bajo, que fue lo peor.

—Yo no te robé nada.

—Me robaste la decisión. En 2014 tú sabías dos cosas que yo no sabía, la de tu padre y la de la casa, y decidiste tú qué se hacía con ellas y decidiste tú qué se hacía conmigo.

Y en 2016 volviste a decidir. Y en 2017 y en 2019 y en 2020 y todos los años.

Doce años tomando decisiones sobre mi vida en una habitación en la que yo no estaba.

—Te di una vida.

Le salió así. Le salió entero y en tres palabras y sin pensarlo, y en cuanto lo dijo supo que era lo peor que podía haber dicho, y ya estaba dicho.

—Me diste tu versión de mi vida.

Vera lo dijo despacio y sin moverse.

—Me diste la vida que tú calculaste que a mí me convenía, con la información que tú tenías y las cuentas que tú hiciste.

Y mira, a lo mejor tenías razón. A lo mejor si yo me quedo aquí en 2014, la carpintería se hunde igual, y tu padre se pone malo igual, y yo estoy hoy en una inmobiliaria de Castellón y odiándote.

Es muy posible. —Se apoyó en la borriqueta—.

Pero eso no lo sabemos ninguno de los dos, y no lo vamos a saber nunca, y no lo vamos a saber porque tú decidiste que no hacía falta preguntármelo.

—Yo te lo pedí por las buenas dos semanas.

—Y cuando no funcionó por las buenas, funcionaste tú.

Martín se quedó callado.

—Dime algo.

—No tengo nada que decir.

—Dime algo, Martín.

—Es que no tengo nada. —Y abrió las manos—. Todo lo que se me ocurre es una manera de quedar mejor y no quiero quedar mejor.

Vera empezó a enumerar, y no habló de dinero.

Le dijo que se pasó dos años en Róterdam convencida de que aquella casa había sido un capricho suyo, y que esa idea, sin que ella lo supiera, le había cambiado la manera de trabajar: que desde 2015 no había vuelto a defender un proyecto propio en una reunión sin llevar tres argumentos de otro; que había aprendido a proponer las cosas como si fueran de todos, porque si eran solo de ella podían ser otra vez un capricho.

Le dijo que en once años no le había pedido nada a nadie.

Le dijo que un hombre bueno, en una terraza, hacía tres semanas, le había tenido que preguntar si estaba contenta o estaba descansando, y que ella no había sabido contestar, y que ahora empezaba a entender de dónde venía eso.

Le dijo que en febrero de 2020, después de enterrar a su padre, había subido hasta aquella valla y se había quedado una hora dentro del coche.

Martín levantó la cabeza.

—Y no llamé —dijo Vera—. Y no llamé porque yo también había decidido por ti. Así que esto no te lo estoy diciendo desde arriba, que quede claro. Yo también.

—Vera...

—No he terminado.

Y le dijo lo último.

Le dijo que lo peor no eran los doce años de él.

Que lo peor eran los doce años de ella creyendo que había soñado sola.

Y cuando terminó, Martín seguía de pie donde estaba y no había dicho nada, porque no había nada que decir y porque cada cosa que ella había dicho era verdad y estaba, además, perfectamente documentada en un cuaderno de hule verde.

Lo de febrero de 2020 se lo había dicho y había pasado por encima, y él no había podido pararla, y en aquel momento no había sitio en ninguna de las dos cabezas para ponerlo.

—Me voy.

—Vale.

—No sé cuándo vuelvo.

—El diez de septiembre entra el fontanero para los remates y hay que estar.

—Ya lo sé. Estaré.

Cogió la mochila de obra del suelo, la del cuaderno de cotas y el láser, y salió por el porche, y Martín oyó el coche arrancar y bajar por la calle A y no se movió.

Se quedó un rato en el salón. Luego fue a la cocina y se sentó en la banqueta.

Era, de todas las habitaciones de aquella casa, la única terminada, y llevaba siéndolo nueve años, y hasta aquella mañana había sido lo único bueno que él había hecho en doce.

Estuvo allí hasta las dos.

Por la tarde bajó al taller, porque era domingo y su padre dormía y no había otro sitio.

Encendió la luz y no encendió la radio.

Encima del banco, en el mismo sitio donde la habían dejado el veinticinco de julio, seguía la junta a inglete. Las dos piezas de melis, encajadas, con el corte que había hecho ella a la tercera y la décima que había quitado con el cepillo de dientes de ratón.

Nadie la había recogido en cinco semanas.

Martín la cogió con las dos manos.

Y la partió por la junta.