La casa donde nunca vivimos Capítulo 35
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Capítulo 35

Martín no explicó nada.

Vera lo vio hacer una cosa que no esperaba, y que después, cuando pudo pensar, entendió que era la única que le quedaba: no dijo espera, ni no es lo que parece, ni déjame que te cuente. Dejó el metro en el poyete del porche, entró en la casa, cruzó el salón y entró en la cocina.

Ella lo siguió hasta la puerta.

Martín abrió el segundo cajón por la izquierda. El de las cucharillas. El que ella había abierto a la primera cinco días antes.

Metió la mano hasta el fondo, por detrás de la bandeja, y sacó un cuaderno de hule verde con una goma elástica.

Vera lo reconoció. Lo había visto dos veces: en el banco del taller, en julio, debajo de la caja de las brocas, y otra vez en la guantera de la furgoneta un día que él buscaba un albarán.

Las dos veces lo había mirado un segundo y lo había descartado, porque un cuaderno de hule verde en el taller de un carpintero es lo más aburrido que hay.

Se lo dio.

—Está todo ahí —dijo—. Léelo entero, por favor. No leas solo el final.

Y salió.

Vera oyó los pasos por el gres, y luego nada, y cuando se asomó al hueco de la ventana lo vio sentado en el escalón del porche, de espaldas, con los codos en las rodillas.

Rachid y Tono se fueron a la una y media. Martín debió de decirles algo, porque no entraron a despedirse: se oyó cómo desmontaban la última crujía del andamio, cómo cargaban, cómo el Ibiza salía por la calle A, y ni un buenas tardes.

Vera se quedó sola en la casa con el cuaderno.

Se sentó en la banqueta de la cocina, la misma en la que había estado Ginés, y lo abrió.

Era un cuaderno cuadriculado de los de toda la vida, con las tapas de hule reblandecidas por los bordes, y estaba escrito con cuatro bolígrafos distintos a lo largo de los años. La letra era pequeña y derecha y no cambiaba.

No había ni una palabra de más.

12-5-16 · 840,20 · Conservación 15 y 16 + IBI. Ventanilla plaza.

4-11-16 · 61,00 · Candado y cadena portón. Cortaron la malla lado monte.

9-5-17 · 902,40 · Conservación + IBI. Subieron la tasa.

3-10-17 · 0,00 · Bajado el material del almacén. 18 cajas. No cobro nada de esto.

11-10-17 · 0,00 · Primera noche. 4 h. Empezado el bajo 1.

Vera pasó la página.

2-11-17 · 0,00 · 5 h. Bajo 1 terminado. Sale bien.

19-11-17 · 0,00 · 4 h. Bajo 2.

7-5-18 · 918,60 · Conservación + IBI. La mitad de ella. Anotarlo aparte no serviría de nada.

Vera leyó esa última línea tres veces.

Era la única frase del cuaderno, en ciento cuarenta páginas, en la que se le escapaba una opinión.

Todas las demás eran cantidades y horas.

En aquella, un hombre se había planteado durante un segundo llevar dos columnas, la de él y la de ella, y había decidido que no servía de nada, y lo había escrito, y había seguido.

Y así ciento cuarenta páginas.

Estaba todo. Estaban los doce ejercicios de tasas con la fecha y el céntimo.

Estaban las reposiciones del vallado, tres.

Estaba el desbroce de 2019, que lo hizo él con una desbrozadora prestada, ocho horas.

Estaba el temporal de 2017, con las tejas repuestas una por una y el precio de cada teja.

Estaba el hidrofugante que compró en 2021 para el muro oeste y que no llegó a dar.

Estaban también las cosas pequeñas, que eran las que hacían daño de verdad.

14-2-19 · 3,80 · Bombilla del portalámparas del porche del 9. Se le había fundido.

22-6-21 · 0,00 · 3 h. Limpiada la cocina entera. Polvo de la obra de la 30.

8-1-23 · 0,00 · Recogidos los limones. Se los he dejado a F. en la puerta. Cuarenta y uno.

Y estaban las noches.

Cientos de noches, con la fecha, las horas y una línea. 3 h. Alto 4, escopleaduras. 5 h. Vasar, primer tramo. 2 h. Nada, la lija se ha quemado. 6 h. Cajones 11 a 14. Buena noche.

Había también noches en las que no había trabajado.

17-3-19 · 0,00 · 1 h. No he hecho nada.

9-9-21 · 0,00 · 2 h. He barrido y me he ido.

A la mitad del cuaderno, Vera empezó a sumar. No lo decidió: se encontró haciéndolo, con el móvil en una mano y el cuaderno en la otra, porque era lo único que sabía hacer con aquello.

Los recibos daban diecinueve mil cuatrocientos euros y pico.

Vera se quedó mirando el número en la pantalla del móvil, al lado de su propia hoja de liquidación de la venta, donde ella había escrito, cinco días antes, con la voz más normal del mundo, en el pasillo de un almacén de azulejos: dos mil euros a bulto.

Después contó las noches. Las contó en serio, página por página, porque para entonces ya no podía hacer otra cosa.

Le salieron trescientas once, entre 2017 y 2026, con una media de cuatro horas y cuarto.

Mil trescientas veinte horas.

Buscó en el móvil el precio de una cocina a medida de haya maciza con veinte cajones de cola de milano vista y un vasar corrido, y encontró tres presupuestos de tres talleres distintos, y el más barato daba catorce mil euros.

Y luego, porque era lo que hacía, hizo la última cuenta, y esa la hizo despacio: trescientas once noches en nueve años son treinta y cinco al año.

Una cada diez días y medio. Un hombre que sale de su casa a las diez y media de la noche, tres veces al mes, todos los meses, durante nueve años, y conduce siete kilómetros, y trabaja cuatro horas a oscuras, y vuelve, y a la mañana siguiente abre su taller a las ocho.

Vera había estado en Róterdam las trescientas once.

Y en las últimas páginas la letra se hacía más corta, y desde el veinte de mayo de 2026 había otra clase de anotaciones.

20-5-26 · Auto notificado. Llega el domingo o el lunes.

8-6-26 · Ha llegado. Coche blanco. No he subido.

9-6-26 · Revoca el poder. Bien hecho.

Vera cerró el cuaderno con las dos manos encima y se quedó así un rato largo.

Fuera había empezado a levantarse el aire de la tarde, ese que sube por el barranco a las seis, y en el limonero sonaba como suena en un limonero, que es un ruido de hojas gordas y duras, distinto del de un árbol de hoja fina.

Era el único ruido que había.

Vera estuvo quieta en aquella banqueta veinte minutos. Después se puso de pie, cogió el cuaderno y salió por el salón, y al pasar por el hueco de la ventana grande vio que él seguía en el mismo sitio del escalón y en la misma postura, cuatro horas después.

No se había levantado ni a beber. La botella de agua estaba dentro, en el poyete de la cocina, a la vista, y él llevaba desde la una y cuarto al sol con treinta y tres grados y no había entrado a por ella, y a Vera aquello le dio, durante un segundo, más rabia que todo lo demás.

Salió al porche.

Martín se levantó cuando la oyó y se giró y no dijo nada. Tenía la cara de alguien que lleva cuatro horas sentado en un escalón al sol.

Vera le puso el cuaderno en las manos.

—Esto no era tuyo para dármelo así.