La casa donde nunca vivimos Capítulo 34
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Capítulo 34

Sonia Roig llegó el sábado veintinueve a las once de la mañana, sin avisar y sin disculparse por no haber avisado.

Habían sido cinco días buenos. Eso fue lo que Martín pensó después, muchas veces: que fueron cinco días buenos y que él los pasó enteros con la sensación exacta de un hombre que ha pagado una deuda.

El lunes veinticuatro tiraron el tabique de la habitación del este. El martes montaron el dintel. El miércoles y el jueves Rachid y Tono hicieron el tabique nuevo y Vera dibujó el juego de planos de fin de obra. El viernes por la noche Martín terminó la décima ventana.

Y las noches, desde el domingo veintitrés, ya no eran las de antes.

Aparcó el todoterreno fuera del portón, entró andando por la calle A y los encontró a los dos en el porche, con Rachid y Tono en el andamio del testero norte dando la última mano de mortero de cal.

—Buenos días. Vengo a despedirme y a hacerles la última oferta, en ese orden o al revés, como ustedes prefieran.

Traía la carpeta de siempre.

—Primero lo de despedirme, que es más rápido: he cerrado la fase uno.

Tengo firmadas las once unidades que quedaban de la masa.

Todas menos esta. —Se apoyó en el pilar del porche, sin ninguna prisa—.

Eso significa que a partir del uno de septiembre yo dejo de tener un problema y ustedes dejan de tener una alternativa.

—¿Y la última oferta? —dijo Vera.

—La última oferta es esta. —Sacó una hoja—.

Es un ocho por ciento por encima de la de julio y caduca el día que ustedes registren la solicitud de inspección en el ayuntamiento.

Ni un minuto después. En cuanto entre ese papel, para mí esta casa vale lo que valga en el mercado y yo compro suelo, no casas terminadas.

—O sea que nos está pagando por rendirnos a tiempo.

—Les estoy pagando por el riesgo que me quitan de encima.

—Sonia dejó la hoja en el poyete—. Y les voy a decir una cosa que no me favorece: yo creo que ustedes llegan.

Lo he pensado esta semana viendo la fachada.

Creo que llegan al treinta de septiembre y creo que van a tener una casa que vale bastante más que esto.

Y aun así les hago la oferta, porque mi trabajo es que ustedes tengan la posibilidad de equivocarse conmigo.

—¿Y qué van a hacer con las otras once? —preguntó Vera.

—Cuatro se derriban, que están peor que esta y no compensan. Las otras siete entran en el proyecto nuevo. —Sonia miró hacia la calle A—. Y la piscina se rellena.

—¿Se rellena?

—Doce por seis en el centro de la parcela común, con la fase dos replanteada, no cabe. Se rellena y se pone una más pequeña en el otro extremo. —Se encogió de hombros—. Ya sé que suena mal. Es tierra y hormigón.

Martín, que llevaba toda la conversación de pie con el metro en la mano, dijo:

—Pues gracias, pero no.

—Ya lo sé. —Sonia recogió la carpeta—. La dejo ahí por si acaso, y me marcho, que tengo Vinaròs a las doce.

Y dio dos pasos hacia el portón.

Y se paró.

Fue exactamente lo que parecía, y Martín lo entendió medio segundo tarde, que es lo que se tarda siempre: que aquella mujer llevaba cuarenta minutos de coche pensando en dónde poner esa pausa.

—Perdonen, una cosa administrativa y me voy de verdad. —Se giró a medias—. Como cierro el expediente el lunes, tengo que dejar limpia la ficha de la unidad, y me ha quedado un asunto abierto desde julio que no consigo cuadrar.

—Diga.

—Los recibos. —Sonia lo dijo con el mismo tono con el que había dicho lo del suelo—.

Las tasas de conservación y el IBI de la unidad veintisiete, de los doce ejercicios.

En una finca con contrato vivo fuera de la masa, los paga el comprador, y aquí los compradores son dos.

En la ficha de la Diputación, sin embargo, todos los ingresos de los doce años figuran hechos por un tercero, presentados en ventanilla, y desde 2016 sin un solo retraso.

Nadie dijo nada.

—Yo he visto muchas fincas de estas —siguió— y lo normal es lo contrario: dos titulares, uno paga, el otro no, y a los cuatro años hay una providencia de apremio y un lío.

Aquí no hay nada. Aquí hay doce ejercicios pagados a mano, en efectivo, en la misma oficina, siempre en primavera, y una parte de esos pagos corresponde a una titular que en 2016 llevaba dos años viviendo en Países Bajos.

—¿Y eso qué problema tiene? —preguntó Vera.

—Ninguno. Legalmente, ninguno. Un tercero puede pagar la deuda ajena y punto.

—Sonia se encogió de hombros—. Lo que pasa es que si esto acaba en una notaría en septiembre, alguien lo va a preguntar, porque es la clase de cosa que un notario pregunta.

Y es mejor que ustedes lo tengan hablado antes de que se lo pregunte un desconocido.

Martín tenía el metro en la mano derecha.

Lo que pasó entonces le duró cuatro segundos y lo recordó siempre entero.

Lo primero que pensó fue en negar. Tenía la frase montada y era buena: decir que era una gestoría, que lo llevaba el administrador, que él no sabía de qué le hablaba. Le habría durado hasta el martes.

Lo segundo que pensó fue en lo barato que le habría salido decirlo cinco días antes, en un almacén de azulejos, cuando ella le puso dos mil euros a bulto y él dijo vale. Cinco días. Habría sido una conversación fea de veinte minutos y hoy estarían poniendo rodapiés.

Lo tercero que pensó fue que Vera se había girado hacia él y que no lo estaba mirando a la cara: le estaba mirando la mano.

La mano derecha, con el metro.

Y Martín, que llevaba tres semanas midiendo cada palabra que decía, no midió nada, porque de todas las cosas que había preparado en doce años para aquel momento no había preparado esta: que ocurriera un sábado por la mañana, a plena luz, delante de dos hombres en un andamio y con una desconocida amable de por medio.

Así que no dijo nada, que es la manera más completa de decirlo todo.

—Bueno. Yo les dejo. —Sonia se colgó el bolso, y a Martín le pareció, y nunca supo si se lo inventó, que tardaba medio segundo de más en darse la vuelta—. Ha sido un gusto de verdad, y lo digo en serio, que estas cosas suelen acabar peor.

Se fue por la calle A. Se oyó el todoterreno arrancar y bajar hacia la rotonda.

En el andamio, Tono le estaba diciendo algo a Rachid sobre la cal y Rachid le contestaba, y sus voces llegaban desde arriba con total normalidad, porque desde el andamio no se había oído nada.

La hoja de la oferta seguía en el poyete del porche, sujeta con un canto de teja para que no se la llevara el aire.

Vera seguía mirándole la mano.

Y Martín supo lo que estaba pasando en la cabeza de ella, porque se lo vio en la cara: la firma.

La firma manuscrita del justificante de 2019, la de dos trazos y un remate hacia abajo, la que ella había estado quince segundos mirando en su cuarto una noche de julio con la certeza absoluta de conocerla y sin poder decir de dónde.

De la escritura de aceptación del nueve de junio. Del acta de replanteo. De los partes de obra que él le pasaba todas las tardes.

—¿Desde 2016?