Capítulo 33
La casa, a finales de agosto, había empezado a parecer una casa.
Eso pasa siempre y siempre pasa de golpe.
Una obra está meses siendo un sitio con andamios y sacos, y un día alguien retira el andamio de una fachada, y esa tarde ya no es una obra: es un edificio con la fachada sucia.
En la veintisiete pasó el martes veinticinco, cuando Rachid bajó el segundo cuerpo del lado sur y se vio el paramento revocado entero, de una pieza, con el hueco de la ventana del salón enmarcado.
Estaba levantando los planos de fin de obra, que es lo que hay que presentar para la primera ocupación: el estado real, medido, con todo lo que se cambió en obra y no se dibujó nunca. Aquello, en una casa parada doce años, era medio trabajo de arqueología.
Encontró de todo. Un pilar embebido en un tabique que en el plano no estaba.
Un hueco de paso desplazado veinte centímetros por culpa de una bajante.
Cuatro escalones de la escalera con la huella dos centímetros más corta que los otros doce, cosa que ya nadie iba a arreglar y que había que dibujar tal cual.
Una casa construida es siempre una discusión entre lo que se dibujó y lo que había, y en aquella la discusión llevaba doce años parada a mitad de frase.
Y a las once y media, midiendo el dormitorio grande, se le ocurrió la cosa.
La planta alta de 2013 era mala. Lo era en 2013 y lo seguía siendo, y Vera lo sabía desde junio y no lo había dicho porque no venía a cuento: tres dormitorios y un baño, con un pasillo de cuatro metros y medio que se comía nueve metros cuadrados para servir a dos puertas, y el dormitorio grande orientado al norte porque en el proyecto la fachada sur se la llevaban dos habitaciones pequeñas que nadie iba a usar nunca.
Esa distribución era la de un chalet de promoción de 2011, dibujada por un estudio de Valencia para vender sesenta y dos veces lo mismo.
Vera hizo el croquis en veinte minutos. Suprimir el tabique de la habitación del este. Un dormitorio grande al sur con el hueco grande. Baño ventilado. Y el pasillo se quedaba en dos metros y el resto se le daba a la escalera, que quedaba abierta a doble altura sobre el salón.
Bajó a enseñárselo a Martín a las dos y diez, con el portátil abierto en las dos manos.
Se lo explicó bien. Con los metros cuadrados, con la orientación, con el argumento de la venta, que era el bueno: una casa de tres dormitorios mal repartidos en una urbanización a medias vale lo que vale, y una casa de dos dormitorios grandes con doble altura y luz sur, en la costa, en 2026, es otro producto.
Martín escuchó todo con la mano en la barbilla.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no lo veo.
—Martín, son dos tabiques y un dintel. Cuatro días de Rachid y Tono, que van sobrados.
—Ya.
—¿Entonces?
Y ahí empezó una discusión que duró tres horas y que fue, aparentemente, sobre construcción.
Él dijo que el dintel había que calcularlo y que en agosto no se conseguía el perfil.
Ella dijo que el perfil lo tenían de sobra de la partida de la viga y le enseñó el albarán.
Él dijo que a doble altura la casa perdía metros útiles en la venta.
Ella le hizo el número: perdía nueve metros de cómputo y ganaba un veinte por ciento en tasación, y le enseñó tres testigos de venta de la zona en el portátil.
Él dijo que Quique podía poner pegas con el proyecto de legalización si la distribución no coincidía con el de 2013.
Ella lo llamó por teléfono delante de él y Quique dijo que le daba exactamente igual, que él lo que quería era el plano de lo que hay.
Se quedaron los dos en el salón, a las cinco y media de la tarde, con el portátil en la borriqueta.
—Dime la de verdad.
Martín tardó.
—Que es que estaba así.
—¿El qué estaba así?
—El plano. —Se rascó la nuca—. Estaba así desde 2012. Tú lo elegiste así.
—Yo elegí un catálogo, Martín. Yo tenía veinticuatro años y elegí una de las tres distribuciones que daba la promotora, y elegí esa porque tenía tres habitaciones y porque en aquel momento tres habitaciones me parecía una cosa muy importante por razones que a día de hoy me da hasta apuro decirte.
—Ya.
—No es un plano. Es un folleto.
—Ya lo sé lo que es. —Y ahí le salió algo distinto en la voz—. Pero es el que hay.
Vera lo miró.
Y por primera vez desde el nueve de junio entendió una cosa entera, no a medias, y la entendió de golpe, mirándolo de pie al lado de una borriqueta con el plano de 2013 debajo del brazo: que aquel hombre no estaba defendiendo una distribución.
Estaba defendiendo que aquello siguiera siendo la casa que ellos dos habían firmado a los veinticuatro y a los veinticinco años.
Exactamente esa. Con su pasillo tonto y sus tres habitaciones malas.
Porque llevaba doce años cuidando esa y no otra, y porque si aquello se convertía en una casa distinta, entonces lo que él había estado haciendo todas esas noches se convertía en otra cosa también, y él no tenía ni idea de en qué.
Vera no dijo nada de eso, porque la regla uno seguía en pie y porque decirlo habría sido cruel.
Lo que hizo fue negociar.
—Vale. El tabique del este cae y hacemos el dormitorio grande al sur. Eso no lo discuto porque es evidente y porque tengo razón.
—Vale.
—Y la doble altura no la hacemos.
Martín levantó la cabeza.
—La doble altura es lo que más valor le da —dijo.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
—Porque la doble altura te obliga a tirar el forjado encima del salón —dijo Vera—, y el forjado encima del salón lo apeamos tú y yo el treinta y uno de julio a las cinco y media de la mañana. Y no lo voy a tirar.
Se quedaron los dos callados.
—Eso no es un argumento técnico.
—No, no lo es.
—Vale.
—Vale.
Y así fue como en la parcela veintisiete se decidió construir, por primera vez en catorce años, una cosa que no estaba en el plano de 2012 ni en la cabeza de nadie en 2013.
A las siete de la tarde Vera imprimió el juego nuevo en el estudio de reprografía de Miravent y volvió con los cuatro planos enrollados. Los extendieron en el salón, en el suelo nuevo, con una botella en cada esquina.
Martín se agachó a mirarlos. Estuvo un rato largo con la planta baja, que era la de siempre y ya no llevaba tabique en el office.
Y entonces sacó el lápiz plano del bolsillo y señaló una cosa, sin tocar el papel, a dos centímetros.
Era el hueco de la ventana de la cocina.
En el plano nuevo, el de estado real, medido por Vera con láser aquella misma mañana, aquel hueco tenía dos metros y diez de ancho por uno cuarenta de alto.
En el plano de 2013, que estaba al lado, en el suelo, con una botella encima, el mismo hueco tenía uno sesenta por uno veinte.
Alguien lo había cambiado en obra.
Cincuenta centímetros de ancho y veinte de alto, en un hueco de fachada, en 2013, cuando la promotora todavía pagaba. Eso no lo cambia un encargado por su cuenta: eso lo pide alguien y lo autoriza alguien y alguien lo ejecuta un martes.
Vera estaba a metro y medio, de pie, con los brazos cruzados, y lo vio señalar.
Y no preguntó, porque llevaba dos meses aprendiendo a no preguntar en el momento exacto en el que se pregunta, y porque supo, con la misma certeza con la que había sabido lo del muro, que si preguntaba él iba a contestar mal.
Martín se quedó con el lápiz señalando, sin tocar el papel, dos segundos largos.
Y no dijo nada.