La casa donde nunca vivimos La casa, año ocho
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La casa, año ocho

La casa, año ocho

Año ocho.

La piscina se llenó de tierra.

No de golpe. Llevaba siete años recibiendo lo que traían el viento y las tormentas: polvo de la zahorra, hoja del limonero, la tierra fina que baja del monte cuando llueve fuerte y encuentra un vaso de doce por seis y dos metros y medio de hondo. Aquel invierno la capa del fondo llegó a un palmo.

En mayo salieron las amapolas.

Salieron en el fondo, en la parte honda, todas juntas, porque allí abajo había humedad y no había viento y el hormigón guardaba el calor de la tarde hasta las once de la noche. Salieron más altas que las de fuera y aguantaron tres semanas más.

Nadie las segó. Nadie las vio, tampoco, salvo un hombre viejo que se asomó una tarde al borde y estuvo un rato mirando, y que aquel año le dijo a su hijo por teléfono que en la urbanización había un sitio bonito y no supo explicar cuál.

Aquel año, en Miravent, un hombre empezó a estar con una mujer.

Fue tranquilo y fue bueno. Ella tenía una clínica en la carretera y una manera de entrar en las casas ajenas sin pedir permiso que a él le vino muy bien. Le cambió tres cosas de sitio en la cocina. Se llevaba bien con el padre. Los sábados iban a comer a Alcossebre.

Aquel año la casa de la parcela veintisiete tuvo diecinueve noches de luz, que fueron menos que el año anterior y menos que el siguiente.

Y hubo dos noches de aquel año en las que la luz se encendió y se apagó a los veinte minutos, y el motor de la furgoneta arrancó otra vez y bajó por la calle A, y eso no había pasado nunca antes.

Y en el norte, aquel año, en una ciudad con río que no era la suya, una mujer estuvo tres días en un jurado de un concurso de vivienda pública y discutió a favor de una propuesta que perdió por un voto.

En la cena del último día se sentó al lado de un ingeniero de puentes que le llevaba seis años y que le preguntó cinco cosas seguidas sobre su propuesta perdida, todas buenas, y que no le habló de sí mismo hasta el café.

Aquel hombre le escribió a los cuatro días. Ella tardó una semana en contestar y él no lo mencionó nunca.

Aquel año, en dos sitios distintos y a dos mil kilómetros, dos personas aprendieron a estar con alguien.

Lo hicieron bien los dos, además, y sin trampa, y las otras dos personas también.

La casa registró lo suyo, que fueron diecinueve noches y dos motores que se fueron antes de tiempo.