Capítulo 32
Lo primero que Martín supo, el lunes veinticuatro, fue que el suelo de aquella casa estaba a veinte grados y el aire a veintinueve.
Lo segundo fue que le dolía el hombro derecho, el de la ranuradora, con un dolor sordo que llevaba tres semanas allí y que aquella mañana era el detalle menos importante de su vida.
Lo tercero fue que estaba solo en el colchón.
Se incorporó. El colchón hinchable de Vera, que llevaba desde el uno de julio en el maletero del coche de alquiler, estaba en el suelo del salón, en el mismo rincón donde ella lo había puesto en junio, con la manta de Amparo hecha un ovillo a los pies.
Por los doce huecos entraba la luz de las ocho menos veinte.
En cuatro de esos huecos ya había carpintería de iroko, y las otras ocho seguían abiertas al monte.
La ropa de trabajo de los dos estaba en el suelo, mezclada, y encima de la pila estaba la camisa de él con la manga del revés.
Y estaban las otras cosas, las que quedan: la linterna de obra caída de lado, todavía encendida, con la pila casi gastada. El bidón de agua abierto. Un tirador de cuero que se había desprendido de la bolsa de herrajes y que alguien, en algún momento, había apartado con el pie.
Martín se quedó un momento sentado en el colchón, haciendo el inventario sin querer.
Cuarenta y siete años entre los dos. La noche anterior no se había parecido en nada a 2013, y eso no era una pérdida: era otra cosa.
Habían tenido que buscar la manta porque a las cuatro de la madrugada, en agosto, en una casa sin ventanas, refresca.
Ella se había reído de la cicatriz del antebrazo en el peor momento posible.
Él había tenido que apoyarse en el hombro izquierdo porque el derecho no daba, y ella se había dado cuenta y no había dicho nada entonces.
Y había habido, en algún punto de la noche, quince minutos enteros en los que no hicieron nada, tumbados de espaldas mirando el techo del salón, hablando de los rodapiés.
Vera estaba en la cocina.
Martín se puso el pantalón y fue descalzo por el gres nuevo, y se paró en la puerta.
Estaba de espaldas, con una camiseta de él que le quedaba enorme, haciendo café en un hornillo de camping de una sola llama puesto encima de la encimera de madera de haya.
—Vas a quemar la encimera —dijo.
—He puesto una tabla debajo.
—Has puesto la tabla del pan.
—He puesto una tabla.
Le pasó un vaso de duralex, porque tazas no había.
Se quedaron los dos de pie en aquella cocina, con la puerta abierta y la luz entrando por la ventana grande, bebiéndose un café malo hecho con agua de garrafa.
Y aquello fue, sin ninguna duda, la cosa más rara que le había pasado a Martín Sanchís en su vida: estar de pie en aquella habitación con ella dentro, a las ocho menos cuarto de la mañana, bebiendo café.
Doce años montando aquellos muebles a oscuras, y resulta que una cocina es esto. Una mujer despeinada de espaldas, un hornillo, un vaso de duralex y una conversación de nada.
Vera abrió el segundo cajón por la izquierda, sacó una cucharilla que él tenía allí desde hacía años y la usó, y volvió a dejarla en el mismo sitio.
Eso fue lo que se le quedó a Martín, más que ninguna otra cosa de aquella mañana: que ella había abierto el cajón correcto a la primera. Sin buscar. Como se abre el cajón de las cucharillas en la casa de uno.
—Tienes el hombro fatal.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque anoche no lo movías. —Bebió—. Y porque llevas tres semanas cogiendo la sierra con la izquierda para el corte de arriba.
—Es la ranuradora.
—Es que haces doce ventanas de noche.
—Quedan cuatro.
—Ya lo sé, que llevo yo el tablón.
Estuvieron un rato callados.
Y luego tuvieron la conversación, que duró siete minutos y fue la conversación más importante de todo el verano, y ninguno de los dos levantó la voz ni dijo nada bonito.
—Yo no te voy a prometer nada —dijo Vera.
—No te lo he pedido.
—Ya, pero te lo digo igual, porque ayer pasó lo que pasó y hoy es hoy.
—Dejó el vaso—. Rompí con Koen el viernes catorce.
Y no fue por ti, y esto también te lo digo hoy y no dentro de un mes: rompí porque no podía firmar un piso a treinta años sabiendo lo que sé de mí desde junio.
Eso es una cosa mía y pasó antes de anoche.
—Vale.
—El uno de octubre yo sigo teniendo una firma en Róterdam y once años de trabajo detrás. Eso no se ha caído esta noche.
—Vale.
—Y el treinta de septiembre esta casa tiene que estar terminada tenga yo lo que tenga en la cabeza.
—Vale.
—¿Y tú qué dices?
Martín se apoyó en el marco de la puerta.
—Yo digo que terminemos la casa —dijo—. Y que en septiembre nos sentemos y decidamos qué hacemos con ella. Y que hasta entonces, si tú quieres esto, yo quiero esto.
—Eso es exactamente lo mismo que has dicho tú siempre.
—Es que yo digo siempre lo mismo. Es lo que tengo.
—Una cosa más. —Vera se cruzó de brazos—. Delante de Rachid y de Tono, nada.
—Por mí.
—No es por vergüenza. Es porque si esto sale mal en septiembre, yo tengo que poder dar órdenes en un andamio en octubre sin que nadie se mire de reojo. Y tú también.
—En octubre tú no vas a estar en ningún andamio.
Lo dijo sin pensarlo y se arrepintió a la mitad, y se quedaron los dos con esa frase encima de la encimera durante unos segundos.
—Ya —dijo ella—. Pues por eso.
Vera se rio, una vez, con la nariz, y no fue de gracia.
—Sin promesas —dijo.
—Sin promesas.
Y ahí, en ese momento exacto, a Martín se le vino encima la cosa entera: que le quedaban treinta y siete días, que había cuatro ventanas por hacer, que aquella mujer podía irse el uno de octubre como se fue en 2014, y que él acababa de aceptar eso otra vez de la misma manera de siempre, que es no diciendo nada.
Fuera, en el camino, se oyó el Ibiza de Rachid entrando por la calle A.
Quedaban seis minutos.
Y lo dijo, porque llevaba doce años sin decirlo y le pareció que ya tocaba.
Lo dijo como sabía.
—Me da miedo —dijo, y luego señaló con la barbilla el paño de la pared del office, el que había alicatado Tono el viernes—. Ese mortero es de anteayer. Todavía está tierno por dentro aunque por fuera parezca que ya está. Si hoy le cuelgas un mueble, se te viene con el azulejo y con todo.
Vera dejó el vaso en la encimera.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso no le vamos a colgar nada todavía.