La casa donde nunca vivimos Capítulo 31
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Capítulo 31

El almacén se llamaba Cerámicas Bonet e Hijos y estaba en un polígono a la salida de Castellón, en una nave de mil doscientos metros con el aire acondicionado a veintidós grados y música de hilo musical.

Llegaron a las once. El dependiente, un chico de unos treinta años con una tablet, les explicó la organización de la nave y se retiró a tres pasillos de distancia, como hacen los dependientes buenos.

Los muestrarios eran tablas de cuarenta por sesenta, colgadas de unos raíles, y se sacaban tirando de un asa. Cada tabla pesaba lo suyo.

Estuvieron veinte minutos haciendo aquello en serio. Blanco brillo no, porque en un baño sin ventilación forzada marca el agua. Formato metro veinte por sesenta no, porque el baño de arriba tiene un paño de uno diez y todo serían cortes. Porcelánico rectificado sí, con junta de dos milímetros.

—Este —dijo Vera, con una tabla de un beis mate en las manos—. Este para el de abajo.

—Ese se raya.

—Ese no se raya, se raya el de al lado, que lleva un esmalte más blando.

—Ese es el que se raya.

—Martín.

—Dime.

—¿Por qué me dijiste que nunca habías querido esta casa?

Lo preguntó con la tabla de muestra todavía en las manos, a la altura del pecho, sujeta por los dos lados, sin girar la cabeza.

Martín estaba tirando del asa de otra tabla. La soltó a medio sacar y la dejó caer en el raíl con un golpe seco.

—Vera...

—El veintitrés de agosto de 2014. En el coche, en la playa. —Ella seguía mirando el azulejo—. Me dijiste: nunca quise esta casa. La firmé por no discutir. Esas dos frases, en ese orden. Yo llevo doce años con esas dos frases.

En la nave sonaba una versión instrumental de una canción de los ochenta.

—Porque era la única cosa que te iba a hacer coger el avión —dijo Martín.

Vera dejó la tabla en el raíl. Despacio.

—Explícate mejor.

—No hay manera de explicarlo mejor. —Tenía las manos en los bolsillos y las sacó porque no sabía dónde ponerlas—.

Aquel verano estaba todo caído. La promotora, la nave, la casa.

Mi padre me dijo en junio que la carpintería no salía.

Y tú tenías la beca aplazada por segunda vez y la ibas a rechazar otra vez, y lo decías en plural.

Decías nosotros aguantamos. Decías nosotros ya veremos.

—Porque era verdad.

—Ya lo sé que era verdad. Ese era el problema.

Vera se giró hacia él por primera vez.

—Sigue.

—Yo lo intenté por las buenas dos semanas.

Te dije que te fueras, que era un año, que yo iba y venía.

Te dije que la casa se iba a arreglar. Te dije de todo.

Y tú decías que no, y lo decías tan tranquila, porque tú cuando decides una cosa no hay quien te mueva.

—Martín miró el suelo de la nave—. Y entonces pensé una cosa.

Pensé: si ella cree que yo no quiero la casa, se va.

—Y funcionó.

—Funcionó.

Vera no dijo nada durante bastante rato. En el pasillo de al lado se oía a una familia discutiendo por un rodapié.

—¿Y la cocina?

—La cocina la hice yo.

—Eso ya lo sé, eso me lo ha dicho tu padre. Te estoy preguntando cuándo.

—La empecé en 2017. —Lo dijo con la voz más plana que pudo, porque era la única manera de que le saliera—.

Rescaté los tableros del almacén antes de que se los llevara el embargo, en marzo, y estuvieron dos años en el altillo.

Las bajé en octubre. Y luego fueron noches.

Los muebles bajos los terminé en 2019. Los altos, en 2020 y 2021. El vasar es de 2022.

—Seis años.

—Seis años.

—¿Y por qué?

Y ahí Martín se quedó sin nada.

Porque esa era la pregunta buena, y él llevaba doce años sin contestársela ni a sí mismo, y lo único que tenía era lo que tenía.

—No lo sé.

—No me vale.

—Es que no lo sé, Vera. —Y le salió más alto de lo que quería, y la familia del pasillo de al lado se calló—.

¿Qué quieres que te diga? Al principio era por no dejar que se pudriera la madera.

Luego era porque tenía las noches y no tenía otra cosa.

Y luego ya era una costumbre, y las costumbres no tienen por qué.

—Las costumbres son exactamente lo que tiene por qué.

—Pues entonces no lo sé decir.

—¡Pues apréndetelo!

Lo gritó. En un almacén de azulejos, un domingo a las doce menos veinte de la mañana, con el hilo musical y el aire acondicionado a veintidós grados.

El dependiente apareció en la boca del pasillo, con la tablet contra el pecho.

—¿Todo bien?

—Todo bien —dijeron los dos a la vez.

El chico se quedó tres segundos, decidió que no era asunto suyo y se fue.

Y a partir de ahí discutieron en voz baja, que es como se discute de verdad.

Vera le enumeró lo que le había costado la mentira, y no habló de dinero ni una vez.

Habló de que se pasó tres años convencida de que había construido sola un plan que era de dos.

Habló de que a los veintiséis años decidió que ella era la clase de persona que se inventa cosas y las llama nosotros.

Habló de dos relaciones en las que no había pedido nada en su vida, y de que en la segunda el hombre había tenido que preguntarle si estaba contenta o estaba descansando.

Martín escuchó todo eso de pie, sin sentarse, sin apoyarse en nada, y no se defendió ni una sola vez, y cuando ella terminó lo único que dijo fue:

—Lo sé.

—No me digas lo sé.

—Es lo que hay. Lo sé. Lo supe en 2016 y lo supe en 2019 y lo he sabido todos los días desde el nueve de junio.

—Se limpió la boca con el dorso—. Y he tenido doce años para decírtelo y no lo he hecho, y la explicación de eso también la tengo y también es mala: que mientras tú no lo supieras, aquello no era del todo verdad.

Se quedaron los dos callados en un pasillo de tres metros de ancho.

Y entonces Vera hizo la cuenta, en voz alta, porque era la única que quedaba por hacer.

—Tú te fastidiaste la vida por mí sin preguntarme.

—Yo no me he fastidiado la vida.

—Doce años haciendo una cocina de noche en una casa vacía. Explícame en qué se diferencia eso.

—En que yo estaba bien.

—Nadie está bien haciendo eso, Martín.

—Yo estaba bien —repitió—. Esa es la parte que no te va a gustar. Yo no lo pasé mal. Yo tenía a mi padre, tenía el taller, tenía a la gente del pueblo y tenía eso. Y eso, algunas noches, era lo mejor del día.

Y ahí a Vera se le rompió la cara.

No lloró. Se le rompió la cara, que es otra cosa y dura menos, y se giró hacia el raíl de los muestrarios y se quedó con las dos manos apoyadas en una tabla de porcelánico beis.

Martín dio dos pasos.

—Vera.

—No.

—Vale.

—No he dicho que te vayas. He dicho que no.

Y entonces se dio la vuelta y lo abrazó.

No fue un beso. Fue un abrazo de los que se dan con las dos manos cerradas en la espalda del otro, con la cara metida en el hombro, de los que no se sueltan a los tres segundos.

Duró casi un minuto. Él tardó dos en atreverse a cerrar los brazos del todo y cuando lo hizo, lo hizo como se coge algo que se puede caer.

No dijeron nada más en el pasillo.

A las doce y cuarto salieron a pagar. De camino a la caja, Vera dijo, con la voz ya normal, como quien cierra un punto del orden del día:

—Otra cosa. Las tasas y el IBI de estos doce años los has pagado tú.

—Sí.

—Ya lo suponía desde el ayuntamiento. —Se colgó el bolso—. Lo he metido en la hoja de liquidación de la venta, en gastos pendientes. Le he puesto dos mil euros a bulto. Si es más, me pasas los recibos y te lo ajusto.

Martín anduvo tres pasos.

—Vale —dijo.

Y esa fue la última mentira, y fue la más pequeña de todas, y fue la única que dijo con la casa ya limpia y con ella abrazándolo hacía cuatro minutos.

El dependiente les cobró en la caja mientras miraba la pantalla con mucha atención, y les preguntó los metros cuadrados de cada baño, y los apuntó.

—A ver, entonces me han dicho el beis mate para el de abajo y el verde grisáceo para el de arriba.

—Sí.

—Perfecto. —El chico giró la tablet y les enseñó las dos referencias juntas, una al lado de otra, en la ficha del pedido—. Y les digo una cosa, ya que no me la han preguntado: quedan muy bien juntos. Son de la misma serie y del mismo fabricante.

Ninguno de los dos se acordaba de haberlos elegido.