La casa donde nunca vivimos Capítulo 30
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Capítulo 30

Martín llegó a casa y no estaba su padre.

Eran las siete y veinte de la tarde del lunes diecisiete y lo supo antes de entrar, por la puerta de la calle, que estaba entornada y no cerrada.

Los diez minutos siguientes los pasó haciendo lo que se hace: la habitación, el patio, el garaje, el baño, la calle, el bar de la plaza, el banco de la iglesia, la panadería cerrada, los dos sitios donde había aparecido en marzo y en mayo.

Llamó a Amelia, del estanco, que dijo que no lo había visto.

Llamó al vecino de abajo. Estuvo a punto de llamar a la Guardia Civil y no llamó todavía, y esos cuarenta segundos en que lo pensó y no lo hizo fueron los peores del año.

Lo que se piensa en esos cuarenta segundos no es lo que se cuenta después.

Martín pensó en el barranco, que está a doscientos metros de la última casa y tiene tres metros de caída.

Pensó en la nacional. Pensó en la hora que era y en que llevaba desde las cinco fuera, si es que llevaba desde las cinco.

Y pensó también, con una claridad que le dio asco, que aquello iba a pasar más veces y que llegaría un día en que la respuesta a esto sería una residencia.

Y entonces se dio cuenta de que faltaba una cosa más: la bicicleta vieja no, que la vendió; el bastón no, que estaba en la entrada.

Faltaba el llavero de la furgoneta viejo, el que no abría la furgoneta desde 2019, el que estaba colgado en el clavo del recibidor y que su padre cogía a veces para tenerlo en la mano.

En ese llavero, desde hacía años, estaba la copia de la llave del portón de la veintisiete.

Martín llamó a Vera desde la furgoneta, en marcha.

—Mi padre no está en casa.

—Voy para arriba.

—Espera, que no sé si...

—Estoy a cuatro minutos de la urbanización. Voy.

Ella llegó antes.

Cuando Martín entró por el portón, que estaba abierto, y cruzó el jardín, y entró en el salón con el solado ya puesto y los rodapiés a medio poner, lo primero que vio fue a Vera de pie en la puerta de la cocina, quieta, sin entrar.

Se giró y le hizo un gesto con la mano. Uno pequeño, hacia abajo: tranquilo.

Ginés estaba sentado en la banqueta que Martín tenía allí para trabajar, delante del mueble bajo, con las dos manos apoyadas encima de la encimera de madera, las palmas planas y los dedos abiertos.

Estaba sereno. Ni asustado, ni perdido, ni con esa cara de sobresalto que ponía cuando lo encontraban. Estaba como está un hombre en su sitio.

—Papá.

—Hola, hijo.

Martín se agachó a su lado y le miró las manos y los brazos y las espinillas, que es lo que hay que mirar, y no tenía nada. Había hecho cuatro kilómetros andando por el arcén de la carretera del mar, con cuarenta grados a las cinco de la tarde, y no tenía nada.

—¿Cómo has venido?

—Andando. —Ginés se encogió de hombros—. Se anda.

—Papá, me has dado un susto de muerte.

—Pues no te lo doy más. —Y volvió a mirar la cocina—. Está bien esto. Está muy bien.

Y ahí empezaron los tres minutos.

Martín los reconoció desde la primera frase, porque llevaba dos años reconociéndolos: el momento en que a su padre se le ordena todo y vuelve entero, y dura lo que dura, y no se puede alargar ni acortar.

—Esta madera la trajimos de Sagunto —dijo Ginés—. Sesenta y cuatro tableros de haya vaporizada. Nos costó un dineral y tu abuelo decía que estábamos locos.

—Ya, papá.

—Y las colas de milano las cortaste tú, que yo ya no veía.

Vera no se había movido de la puerta.

—Ginés —dijo—. ¿Esta cocina la hicisteis vosotros?

Y Ginés la miró como se mira a alguien que pregunta una obviedad con muy buena educación.

—Pues claro, hija. —Y se volvió hacia su hijo con las cejas levantadas—. Esta la hicimos para ti y para Vera. ¿Ya se lo has dicho?

El salón terminado, con el gres puesto y los rodapiés a medias, tenía una acústica nueva. Se oyó perfectamente cómo no contestaba nadie.

Martín no dijo nada porque no podía decir nada.

No podía mentir, porque su padre estaba allí, lúcido, y una mentira delante de él lo habría dejado como lo que Martín no estaba dispuesto a dejarlo, que es como un viejo que dice cosas raras.

Y no podía contarlo, porque contarlo eran doce años y no tres minutos, y porque en cuanto abriera la boca se le venía todo encima en el orden equivocado.

Así que hizo lo tercero, que fue quedarse callado, y el silencio lo dijo entero.

Vera entró en la cocina.

Anduvo hasta el mueble bajo del extremo, el de la izquierda, el primero que había abierto el ocho de junio a las siete y media de la tarde. Tiró del cajón, lo sacó del todo y lo puso encima de la encimera, al lado de las manos de Ginés.

—¿Esto lo hizo usted o lo hizo él?

Ginés se inclinó a mirarlo. Le pasó los dedos por el canto, por las colas de milano, contándolas sin contarlas.

—Esto es de él —dijo—. Yo las hacía más gordas.

—¿Y cuándo?

—Uy. —Ginés se rio un poco—. Eso pregúntaselo a él, que yo de fechas ya no.

Vera se giró.

Martín seguía de pie a dos metros de la puerta. Llevaba la camisa de trabajo con serrín, el metro en el bolsillo del muslo y las manos abiertas a los lados del cuerpo, sin nada.

—Esta noche te lo cuento —dijo.

—¿Esta noche?

—Esta noche, Vera. Entero. Te lo juro. —Miró a su padre, que estaba otra vez acariciando el canto del cajón—. Pero ahora me lo tengo que llevar a casa.

Vera estuvo tres segundos mirándolo.

—Vale.

Lo llevaron entre los dos hasta la furgoneta, uno de cada brazo, aunque Ginés protestó y dijo que había venido andando, y era verdad.

Esa noche no hubo conversación.

A las once y media Ginés empezó con treinta y ocho y medio de fiebre y una desorientación que no se parecía a la de las últimas semanas, y a la una de la madrugada Martín estaba en urgencias de Vinaròs con él.

Deshidratación, un cuadro confusional agudo, una infección de orina que llevaba días trabajando en silencio y que explicaba, dijo la médica, bastantes cosas de aquella tarde.

Estuvo ingresado cinco días.

Martín los pasó enteros allí, con un turno de ocho horas en la obra en medio, durmiendo en una butaca de plástico, y en la butaca de plástico, la segunda noche, a las cuatro de la mañana, tuvo tiempo de sobra de pensar que aquella fiebre le había regalado exactamente la cosa que llevaba doce años pidiendo, que era una semana más.

Y de pensar también, con la misma butaca y la misma hora, que su padre había andado cuatro kilómetros por el arcén de una carretera con cuarenta grados y una infección para ir a sentarse en aquella cocina, y que de todos los sitios del mundo a los que un hombre con la cabeza rota puede querer ir, había elegido ese.

Vera subió al hospital dos veces y las dos veces se quedó veinte minutos y no preguntó nada.

Le llevó a Ginés un botijo pequeño de la ferretería porque el vaso del hospital era de plástico y él lo detestaba, y le llevó a Martín una muda limpia que le había dado Amparo, y de las dos cosas la segunda fue la que a Martín le costó más aceptar.

Le dieron el alta el sábado veintidós.

El domingo por la mañana Vera lo llamó a las ocho.

—¿Cómo está tu padre?

—Bien. Comiendo. Diciendo maderas.

—Me alegro. —Una pausa—. Hoy tenemos que ir a Castellón a elegir el azulejo de los dos baños. Cierran a las dos.

—Vale.

—Y luego hablamos tú y yo.

El domingo era veintitrés de agosto.