Capítulo 29
Koen llamó el viernes catorce a las nueve y media de la noche, cuando Vera llevaba una hora sentada en el coche, en el arcén del camino de la urbanización, sin arrancar.
Ella iba a llamarlo el domingo. Lo tenía decidido desde el miércoles y lo tenía hasta escrito, en la libreta de obra, en la última página, con la letra de las cosas que no son partidas: llamar el domingo.
—¿Te pillo bien? —preguntó él.
—Sí.
—¿Estás en la obra?
—Estoy en el coche.
—Vale. —Un silencio corto—. Yo he estado esperando toda la semana a que me llamaras y me he dado cuenta esta tarde de que eso es una trampa.
Te hice prometer que me llamarías tú y luego me he pasado seis días mirando el móvil como un tonto.
Así que llamo yo y ya está, y lo de la promesa lo dejamos en que me lo digas de frente, que era lo que quería decir.
Vera cerró los ojos.
—Koen, no voy a firmar el piso.
Lo dijo así, sin preparación, porque cualquier otra manera habría sido peor y porque llevaba seis días con esa frase puesta en la boca.
—Ya.
—Y no es por él.
—Vera.
—Déjame decirlo, aunque no te lo creas. No es por él, porque yo no sé lo que va a pasar con él y a lo mejor no pasa nada y me vuelvo el uno de octubre igual. —Tenía las dos manos en el volante—. Es que no puedo firmar una hipoteca a treinta años estando así. Eso sí que sería hacerte una faena.
—No te lo estoy discutiendo.
—Ya lo sé. Nunca me discutes nada. Y eso también...
Se paró.
—Sigue.
—No.
—Dilo.
—No, porque es una cosa muy fea y además no es verdad.
—Casi seguro que sí es verdad. —Y en la voz de él había algo que no era enfado, que era la cosa más rara de todas: alivio—. Vera, yo llevo cuatro días pensando en el andamio.
—¿Qué andamio?
—El chico ese, la escalera, tú gritando.
—Una pausa—. Yo he pensado mucho estos días en si yo te he pedido alguna vez que grites.
Y no. Y no porque te lo prohibiera nadie: es que a mí me gusta mucho una casa tranquila.
Yo he tenido cuatro años una casa tranquila y he estado muy contento en esa casa.
—Yo también he estado contenta.
—Ya lo sé. Eso no es lo que me pregunto.
—¿Y qué te preguntas?
—Si tú estabas contenta o si estabas descansando.
Vera se quedó mirando el salpicadero apagado.
Hablaron cuarenta minutos más y no hubo ni un reproche.
Hablaron del piso: él iba a perder la reserva, seis mil euros, y dijo dos veces que le daba igual y una de las dos era mentira.
Hablaron de las plantas, que estaban en casa de él pero eran de ella, y quedaron en que se las quedaba él porque las de interior no viajan.
Hablaron de la caja de libros que Vera tenía en el trastero de Rijnhaven, y del cargador del portátil, y de una chaqueta.
Y hablaron del trabajo, que era la parte que no había mencionado nadie en toda la semana.
—El uno de octubre tú firmas igual —dijo Koen—. Eso no lo toques.
—Es que si me quedo aquí no hay firma.
—Ya. Lo que digo es que no lo mezcles. Si vuelves, vuelves porque quieres tu estudio y tu trabajo, no porque estemos tú y yo. Y si no vuelves, que no sea por no verme en el supermercado. —Se oyó un ruido, como si moviera una silla—. Róterdam es grande, Vera. Yo vivo en el sur.
—Eso ha sido muy generoso.
—Ha sido muy práctico. Es lo mismo dicho por gente como yo.
Al final, cuando ya no quedaba logística, Koen dijo:
—Una cosa, y esta sí te la pido.
—Dime.
—No me pongas de excusa.
—¿Cómo?
—Que si dentro de un mes tú decides quedarte ahí, no le digas a nadie que fue porque lo nuestro no funcionaba. Porque funcionaba, Vera. Funcionaba muy bien, y a mí me va a costar bastante, y no me apetece que dentro de cinco años la versión que quede sea que aquello se había acabado.
—No se había acabado.
—Gracias. —Y ahí se le rompió medio segundo la voz, medio, y lo recompuso enseguida—. Bueno. Yo tengo que colgar.
—Koen.
—Que tengo que colgar, de verdad.
Colgó.
Vera arrancó, bajó a Miravent, aparcó en la calle de su madre y no entró en casa. Siguió andando dos calles más, hasta el final del pueblo, y salió al camino de la playa y anduvo los novecientos metros hasta la orilla.
La playa de cantos a las once de la noche de un catorce de agosto tenía tres grupos de gente joven a lo lejos y nada más. Vera se sentó en las piedras, que a esa hora todavía guardan el calor del día, y estuvo allí hora y media.
No lloró. Eso, para lo que venía después, le importó bastante, aunque no habría sabido decir por qué.
Lo que hizo fue una cosa que no había hecho en cuatro años, que fue pensar en Koen entero, de una vez, sin repartirlo en escenas útiles.
Lo pensó desde el jurado de Amberes hasta el andén de Castellón.
Lo pensó con lo bueno de verdad y no con lo bueno de consolarse: los domingos por la mañana; la manera de contarle a su madre lo de los puentes; que no había levantado la voz una sola vez en cuatro años; que era un hombre al que se podía dejar un martes por la mañana y que iba a portarse bien el resto de su vida.
Y se obligó también a la otra parte, que es la que la gente se salta.
Se obligó a admitir que había estado bien allí.
Que los cuatro años de Róterdam con él no habían sido una sala de espera.
Que había habido un miércoles de noviembre de 2023, con la casa a oscuras y la lluvia en la ventana y los dos leyendo cada uno lo suyo en el mismo sofá, en el que ella había pensado, con estas palabras exactas: esto es.
Que se lo había creído. Que no se lo había creído a medias.
Y que aun así, cuatro días antes, un hombre le había preguntado si estaba contenta o estaba descansando, y ella no había tenido la respuesta.
Y que ella acababa de perder eso, y que lo había perdido ella, y que además lo había perdido sin haber ganado nada todavía, porque a las once y media de la noche del catorce de agosto Vera Lozano no tenía la más mínima idea de lo que iba a hacer con el resto de nada.
No llamó a Lucía. No llamó a Martín. No subió a la obra.
Volvió a casa a la una menos cuarto. Su madre había dejado la luz de la escalera encendida y una nota en la mesa de la entrada que decía que había caldo en la nevera.
Se sentó en la cama de su cuarto de siempre con el llavero en las manos.
Sacó las tres llaves del piso de Rijnhaven, una a una, del aro. Costaba, porque el aro era nuevo y duro y se le rompió una uña con la segunda.
Cogió el sobre marrón del juzgado, el del auto de mayo, que llevaba desde junio encima de la cómoda con los papeles dentro.
Metió las tres llaves.
Dentro, en el fondo del sobre, estaba la otra: la de la arandela de cartón con el 27 escrito a rotulador, la que le dio la comercial de Promociones Azahar Levante el doce de mayo de 2012 y que no abría nada.
Cerró el sobre y lo dejó donde estaba.