La casa donde nunca vivimos La casa, año siete
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La casa, año siete

La casa, año siete

Año siete.

En marzo dejaron de venir los coches.

No fue raro al principio, porque a la veintisiete no venía casi nadie: un vehículo de la administración concursal dos veces al año, un furgón del ayuntamiento cuando había que desbrozar, alguna furgoneta blanca de noche.

Pero aquel marzo se pararon también los de la carretera del mar, que se oían desde el jardín, y se paró el rumor de la nacional, que en las noches de invierno llegaba como llega el mar cuando no hay viento.

Estuvo seis semanas sin oír un motor.

Aquella primavera fue la más limpia que había visto la casa.

El aire de Castellón, que siempre trae partículas del puerto y de la cerámica, se quedó sin ellas, y en abril las tejas del faldón sur amanecieron con un brillo que no tenían desde 2013.

Salió más flor de la que suele: en la parcela veintisiete, en las once que la rodean y en los dos kilómetros de calles trazadas y sin asfaltar, salió todo lo que había estado esperando su turno.

Los jabalíes bajaron a la rotonda. Fueron una hembra y cinco rayones, y se les vio a las once de la mañana hozando en el alcorque de la farola.

Y en agosto, cuando volvieron los coches, ya no eran los mismos coches.

Aquel año, en Miravent, un hombre paseó a su padre por las calles del pueblo a las siete de la tarde. Cuatrocientos metros hasta la plaza y cuatrocientos de vuelta, todos los días, y no había nadie. Ni en el bar, ni en los bancos, ni en la puerta de la iglesia.

El padre, que tenía la cabeza a ratos, iba diciendo los nombres de los que no estaban. En esa casa vivía Paquito el del molino. Ahí, la maestra. Aquella es la casa de tu abuela, que ya la vendimos.

El hijo le decía que sí a todo.

Aquellas semanas la casa de la calle de la Sènia no se quedó sola ninguna noche, y en la parcela veintisiete no se encendió ninguna luz en catorce meses.

Y en el norte, aquel año, en una ciudad llana donde los canales se quedaron sin barcos, una mujer descubrió una tarde, haciendo limpieza en el móvil, que no llamaba a nadie de su país.

A nadie. Ni a una amiga del colegio, ni a un compañero de la escuela, ni a un primo. Solo a su madre, los domingos, entre las siete y las siete y veinte, y las conversaciones duraban lo mismo todos los domingos.

Lo pensó unos minutos y luego lo dejó, porque en aquel momento todo el mundo estaba descubriendo cosas parecidas y ninguna se podía arreglar aquella semana.

Aquel año el mundo entero se puso a hacer lo que la casa llevaba siete años haciendo, que es estar quieta y esperar sin saber a qué.

La casa no sacó ninguna conclusión de eso. Las casas no sacan conclusiones. Lo único que registró fue que en catorce meses no entró nadie y que, cuando volvió a entrar alguien, en mayo del año siguiente, traía una mascarilla en el bolsillo y una caja de tiradores de cuero.