La casa donde nunca vivimos Capítulo 28
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Capítulo 28

Lo que Martín supo de la semana del dos al nueve de agosto fue esto: que el domingo llegó un hombre alto que le cayó bien, que el lunes estuvieron los dos poniendo un cerco, que el martes y el miércoles Vera no fue a la obra por la tarde, y que el jueves por la mañana ella le mandó un mensaje que decía que el viernes empezaban con el solado de planta baja a las siete.

Eso fue todo.

El viernes siete ella apareció a las siete menos cinco, con la ropa de obra, el pelo recogido y el cuaderno de cotas, y dio los buenos días a los tres y se puso a replantear el pavimento.

Estaba igual que siempre. Esa fue la parte que a Martín le costó más. No traía cara de nada: ni de haber llorado, ni de estar contenta, ni de estar rara. Trabajó nueve horas, comió con ellos bajo el limonero, discutió con Tono por la junta del gres y se rio dos veces.

Nadie preguntó nada. Rachid porque no preguntaba nunca. Tono porque Rachid le había dicho algo en el coche. Y Martín porque le correspondía a él preguntar y no lo hizo.

Estuvo tres días a punto.

Las oportunidades fueron cuatro y las contó todas: el viernes a mediodía, los dos solos midiendo el arranque de la escalera; el sábado ocho, cuando ella se quedó una hora más y él también; el lunes diez a las siete de la mañana, en el portón, con la furgoneta aún cargada.

Y una más, la del sábado por la tarde, en la que llegó a decir su nombre.

—Vera.

—Dime.

—Nada. Que si el rodapié lo quieres a inglete o a tope.

—A inglete.

—Vale.

Y a partir de ahí ya no lo intentó, porque a la quinta vez un hombre entiende lo que está haciendo.

Lo que Martín concluyó, en algún momento entre el sábado por la noche y el domingo, fue lo siguiente: que el holandés se había ido cuatro días antes de lo previsto, que Vera no lo había mencionado, y que las dos cosas juntas solo podían significar una, que era que aquello se había arreglado entre ellos de la manera en que se arreglan estas cosas, y que lo del taller y lo de la piscina y lo del veinticinco de julio había sido exactamente lo que él temía que fuera desde el principio: un verano.

Y una vez concluido eso, hizo lo único que sabía hacer, que era portarse bien.

Fue impecable. Eso es lo peor que se puede ser en una situación así y lo fue durante toda la semana.

Llegaba el primero, se iba el último, le pasaba los partes al final del día, la llamaba de usted dos veces por error y las dos veces se corrigió, le consultaba cada decisión que le correspondía a ella y ni una sola de las que no.

Cuando ella dijo que había que rehacer la nivelación de una zona porque el láser daba cuatro milímetros, la rehizo sin discutir, y era discutible.

Y por las noches trabajaba más.

Del ocho al catorce de agosto Martín hizo tres hojas de ventana, que era casi el doble de su ritmo.

Se acostaba a las tres y se levantaba a las seis, y a la cuarta noche empezó a notar lo que se nota, que es que la mano derecha tarda un cuarto de segundo más en obedecer.

El viernes por la madrugada se pasó de la línea con la ranuradora y estropeó un larguero de iroko de dos metros, que a precio de hoy son ciento noventa euros y una hora y media de trabajo.

Se quedó mirando la pieza estropeada un rato largo. Después la puso en el montón de los recortes, cogió otra tabla y volvió a empezar, y a las cinco menos cuarto lo tenía.

El lunes diez entraron los de Vinaròs a las ocho de la mañana con dos radiales y un martillo eléctrico, y durante seis días aquella casa fue un sitio con demasiado ruido para hablar, lo cual vino bien.

Cortaron las tres viguetas. Las sacaron por el hueco de la ventana con una polea.

Metieron las nuevas el miércoles. Vera estuvo las seis jornadas encima de ellos, con el casco puesto y sin ceder ni un milímetro, y el jefe de aquella cuadrilla, que era un hombre de sesenta años acostumbrado a tratar con arquitectos de despacho, la trató desde el segundo día con un respeto que a Martín le habría dado alegría en cualquier otra semana.

El martes hubo la única discusión de los seis días, y fue por el corte del segundo apoyo, que ellos querían hacer con radial y ella quería con corte de hilo por la vibración.

Ganó ella. El miércoles el jefe le trajo un café de la máquina de la gasolinera sin decir nada, que en aquel oficio es la manera de reconocer algo.

Martín trabajaba en el otro extremo de la casa, con los cercos, y desde allí la oía. Oía el tono, no las palabras. Y una de aquellas tardes cayó en que llevaba una hora colocando la misma pieza para no salir de aquella habitación.

Quique subió el jueves trece a hacer la inspección parcial de la estructura, con la carpeta y el sello, y estuvo una hora y media.

—Esto está bien —dijo, y no dijo mucho más, y firmó dos hojas y selló las dos.

En la puerta, ya con el coche abierto, miró la casa entera de arriba abajo.

—En quince años yo aquí solo he sellado papeles de derribo y de vallado —dijo—. Es la primera vez que sello una estructura.

Y se fue.

Rachid y Tono lo notaron el jueves.

No dijeron nada. Lo que hicieron fue bajar la radio. La bajaron el jueves después de comer y ya no la volvieron a subir, y a partir de ahí trabajaron con el volumen al mínimo, como se trabaja en las casas donde hay alguien durmiendo.

El viernes catorce por la mañana, antes de que llegara nadie, Martín entró en el salón a por el metro grande y se paró delante del tablón de obra.

Era la misma hoja A2 plastificada de julio, con las semanas en cuadrículas. En agosto se les había quedado pequeña y Vera había pegado al lado un folio nuevo con las tareas pendientes.

Antes había una lista sola. Solados. Alicatado. Instalaciones. Carpinterías. Fachada. Todas seguidas, en la misma columna, con la letra de imprenta de ella, y al lado de cada una la fecha, y nada más. Así había estado desde el uno de julio.

En el folio nuevo había dos columnas.

En la de la izquierda ponía M y debajo las carpinterías, los rodapiés, la escalera y las puertas de paso. En la de la derecha ponía V y debajo la fachada, los solados, los boletines y la documentación.

Estaban escritas las dos con la misma letra y con el mismo rotulador, y entre las dos columnas había una raya vertical trazada con la regla.