Capítulo 27
Koen le dijo a Vera que quería hablar tres días antes de lo previsto.
El desayuno del jueves seis fue en la terraza del hotel de la playa, con el mar delante y dos turistas alemanes en la mesa de al lado.
—Habíamos dicho el nueve.
—Ya lo sé. Y he cumplido cuatro días, que es lo que me comprometí. —Koen dejó la taza—. Pero es que ya lo he visto, Vera. Y si me quedo tres días más, lo único que hago es alargar una cosa que ya sé.
Vera no dijo nada.
—El primero de todo, y quiero que esto quede dicho antes que lo demás: yo no he venido a competir con nadie ni a ganar nada. No he venido a que elijas.
—Koen...
—Déjame que lo diga entero, que lo llevo pensando desde el domingo por la noche y si me interrumpes lo digo peor.
—Puso las dos manos planas en la mesa—. La reserva del piso vence el quince de octubre.
Eso es un hecho y no lo he puesto yo, lo ha puesto la promotora.
En marzo dijimos que lo firmábamos en octubre.
En mayo dijimos de dejarlo en pausa. Y yo he cumplido la pausa, y he venido, y ahora te tengo que preguntar una cosa, no por presionarte: porque a mí también me organiza la vida.
—Dime.
—¿Tú te ves firmando ese piso conmigo en octubre?
Y Vera abrió la boca para contestar.
Y no le salió nada.
No fue una duda de tres segundos, de esas que se disimulan bebiendo agua.
Fueron cinco, seis, siete segundos con la boca a medio abrir y el mar de fondo y los alemanes de al lado pidiendo la cuenta, y a los siete segundos ya daba igual lo que dijera después, y los dos lo sabían, y lo supieron a la vez y en el mismo instante, que fue lo único piadoso de toda la escena.
—Vale —dijo Koen.
—No he dicho nada.
—Has dicho bastante.
—Koen, yo no sé lo que...
—Vera. —Y por primera vez en cuatro años, la interrumpió—.
Si me llegas a decir que sí, yo me lo habría creído.
Y esa es la parte que me da miedo, ¿sabes?
Que llevo cuatro días aquí viéndote en esa casa y he estado a punto de convencerme de que esto es una cosa del verano y del cansancio y del polvo.
Y estaría muy bien convencerme, porque yo quiero que esto siga.
—Yo también quiero que esto siga.
—Ya lo sé. Ese es el problema entero. —Se pasó la mano por la cara—. Tú no quieres dejarme. Yo eso lo tengo clarísimo desde el domingo por la noche. No es eso lo que está pasando aquí.
—¿Y qué está pasando?
—Que tú aquí eres otra.
Lo dijo sin dramatismo, como si leyera una medición.
—No mejor ni peor. Otra. —Koen movió el vaso dos centímetros—. En Róterdam tú eres muy buena en tu trabajo y eres muy divertida cuando has descansado y eres muy educada con todo el mundo. Y no gritas nunca. En cuatro años yo no te he oído levantar la voz una sola vez, Vera, ni conmigo ni con nadie.
—¿Y eso es malo?
—No lo sé. Es raro. —Se encogió de hombros—.
El domingo, en la obra, le gritaste al chaval ese joven desde el andamio porque había puesto una escalera mal.
Y luego le explicaste por qué, y él te dio las gracias.
Y yo estaba abajo mirando y pensé una cosa muy fea, que llevo cuatro días intentando quitarme y no se me va.
—Dímela.
—Pensé: a esta mujer no la conozco.
Se apoyó en el respaldo.
—Yo puedo esperar lo que haga falta —dijo—. Eso no es un problema, yo espero bien, es lo que hago para vivir. Lo que no puedo es ser lo que queda cuando hayas terminado de decidir.
Vera se quedó mirando el mantel.
—Eso no es lo que está pasando.
—A lo mejor no. Pero es lo que va a parecer, y a mí no me vale que parezca eso, porque tendré que vivir dentro de ese piso todos los días.
Se quedaron un rato sin hablar. El camarero vino a preguntar si querían más café y Koen dijo que no, gracias, en español, con la erre suya.
—¿Y ya está? —dijo ella.
—No, ya está no. Ya está sería fácil. —Koen dobló la servilleta y la dejó al lado del plato, alineada, porque hacía esas cosas—. Yo no voy a romper contigo esta mañana en una terraza. Sería mentira y además sería aprovecharme, porque tú ahora mismo no estás en condiciones de discutir nada.
—Entonces qué.
—Entonces yo me voy a mi casa, tú terminas tu casa, y hablamos cuando lo tengas claro. Sin plazo. —La miró—. Pero cuando lo tengas claro me llamas tú, Vera. No me lo cuentes en septiembre por WhatsApp desde el aeropuerto. Me llamas y me lo dices.
—Vale.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Adelantó el vuelo aquella misma mañana, desde el móvil, mientras ella estaba en la ducha. Había un tren a Barcelona a las tres y cuarto desde Castellón y un vuelo a las nueve y diez de la noche, y le costó ciento cuarenta euros más y no lo mencionó.
Vera lo llevó a la estación.
Hicieron el trayecto casi en silencio, y no fue un silencio malo. Pasaron por delante del desvío de la urbanización y no giró la cabeza ninguno. En la radio del coche de alquiler había una emisora de fórmulas puesta desde la semana anterior y la dejaron puesta.
En el aparcamiento, Koen sacó la mochila del maletero y luego, antes de cerrarlo, se paró con la mano en el portón.
—Dame las manos.
—¿Qué?
—Las manos, Vera.
Se las dio, con las palmas hacia arriba, sin entender.
Koen le puso encima el llavero del piso de Rijnhaven. El de los dos. Con el llavero pequeño de latón que le habían dado en la inmobiliaria y las tres llaves.
—Esto no es un gesto —dijo—. Es que yo tengo el otro juego y la reserva está a mi nombre y hay que entrar a medir para la cocina antes de octubre. Si al final firmamos, alguien tiene que poder entrar. Y si no firmamos, me las devuelves y ya está.
—Koen, no me hagas esto.
—No te estoy haciendo nada. Te estoy dando unas llaves. —Cerró el maletero—. Y ahora ayúdame con esto, que la máquina de los billetes de aquí es de 1998.
Compraron el billete. Bajaron al andén doce minutos antes.
Estuvieron esos doce minutos hablando del calor, del tren, de que en España los andenes están más altos, y a Vera aquello le pareció una crueldad hasta que entendió que era exactamente lo contrario: que él estaba usando sus últimos doce minutos en no dejarle un recuerdo insoportable.
Le contó, con detalle, la avería de la máquina de café de la oficina.
Le contó que Saskia había cambiado el sistema de partes de horas y que había gente amenazando con dimitir.
Le preguntó si sabía por qué las traviesas de hormigón habían sustituido a las de madera, y como ella no lo sabía, se lo explicó, y estuvo hora y media de explicación metida en cuatro minutos porque lo hizo bien.
Vera lo escuchó entero y en algún punto de las traviesas descubrió que lo estaba memorizando. La camisa arrugada del viaje. La manera de señalar con la barbilla. El acento en la palabra hormigón, que nunca le había salido y que a esas alturas ya no iba a salirle.
Cuando entró el tren, Koen le dio un beso en la sien, corto, y subió con la mochila.
Se quedó de pie en la puerta hasta que sonó el aviso.
—Oye —dijo, desde arriba—. El coche de alquiler lo he dejado en el aparcamiento del hotel. Está pagado hasta el nueve.
Y se cerraron las puertas.