La casa donde nunca vivimos Capítulo 26
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Capítulo 26

Vera se fue al ayuntamiento a registrar la documentación de las instalaciones, y Koen se quedó en la obra.

No fue idea de nadie. Fue que ella dijo que tardaba dos horas, y él dijo que se quedaba mirando cómo se pone una ventana, y ella dijo vale y se fue, y así fue como Martín Sanchís acabó pasando la mañana del lunes tres de agosto a solas con el hombre que vivía con Vera.

Rachid y Tono no estaban: era la semana que tenían libre, la que se había pactado en junio y que Vera había respetado aunque le costara dos días de retraso, porque en agosto la gente tiene familia y quien no lo entiende no dura en este oficio.

Así que eran ellos dos y la casa.

Trabajaron. Eso, para Martín, fue una suerte.

Estaba colocando el cerco del hueco del office, que es una operación de dos personas y él llevaba tres semanas haciéndola de una, y Koen resultó ser exactamente el ayudante que uno quiere: no hablaba mientras se aplomaba, sujetaba donde le decían, no soltaba hasta que se le decía que soltara, y cuando no entendía una cosa la preguntaba después.

Un cerco se presenta, se calza, se aploma en los dos planos y se fija con tornillos de anclaje por los premarcos, y entre una cosa y otra hay que comprobar la escuadra dos veces, porque un hueco de obra nunca está escuadrado y lo que hay que escuadrar es el cerco, no el hueco.

—Entonces la ventana no se adapta a la pared.

—La ventana nunca se adapta. La ventana manda y la pared se rellena.

—En puentes es igual. El tablero manda y la pila se ajusta.

—Pues ya sabes hacer ventanas.

—No creo.

A las once y media pararon. Martín sacó dos botellines de la nevera portátil y salieron al porche, que seguía sin solar y con los tres nidos de golondrina en la viga.

Se sentaron en el escalón de la entrada.

—Bonito sitio.

—Es un sitio raro.

—Los sitios raros son los bonitos. En mi país no hay sitios raros: está todo decidido. —Bebió—. Cada metro cuadrado de Holanda lo ha decidido alguien en una reunión. Esto no lo ha decidido nadie.

—Esto lo decidió una promotora en 2011 y le salió mal.

—Sí, pero mira el resultado. —Señaló con el botellín la calle A, las catorce ruinas, el monte—. Un plano y nada encima. Eso es rarísimo.

Estuvieron un rato así.

Martín midió la conversación entera desde el primer segundo, como se mide un hueco con el metro puesto: dónde estaba, cuánto le faltaba, por dónde se iba a torcer. Y no se torció.

Hablaron de puentes, porque Martín preguntó y Koen contestó bien, sin condescendencia y sin tecnicismos innecesarios.

Hablaron del acero corten, que a Martín le parecía una moda y a Koen también.

Hablaron de una obra de Koen en Zelanda donde el cliente cambió el trazado tres veces y del jefe de obra que se jubiló en mitad de aquello.

—¿Y tú por qué puentes? —preguntó Martín—. Habiendo edificios.

—Porque un puente sirve para una cosa sola y esa cosa se puede medir. —Koen se apoyó con los codos en las rodillas—. Un edificio tiene que gustar. Un puente tiene que aguantar y estar. Si aguanta y está, es un buen puente, aunque sea feo. Es un oficio muy tranquilo.

—Eso también lo tiene una ventana.

—Sí. Es lo mismo, sí.

Koen le preguntó cuánto se tarda en hacer una ventana a mano y Martín le dijo la verdad, y Koen se quedó callado un momento haciendo el cálculo.

—Doce huecos.

—Doce.

—¿Y cuándo duermes?

—Poco.

—Ya.

Ni una palabra de Vera. Ni una en cincuenta minutos, ni por parte de uno ni por parte del otro, y no porque se estuviera evitando, sino porque los dos habían decidido lo mismo por separado y ninguno pensaba ser el primero en romperlo.

A las doce y veinte, cuando ya se levantaban, Koen se quedó mirando la casa desde el escalón. Miró el hueco grande del salón, el que da al sur, el que tiene el limonero enfrente.

—¿Esa es la ventana del salón?

—Esa es del salón. La de la cocina es la de al lado, la que ya tiene carpintería.

—¿Y por qué es tan grande la de la cocina?

—Porque está en el proyecto así.

Koen asintió despacio, con el botellín vacío colgando de dos dedos.

—Ella dibuja casas con la ventana de la cocina muy grande —dijo—. Siempre.

Lo dijo mirando el hueco, no a Martín. Lo dijo en el mismo tono con el que había dicho lo del acero corten.

No hubo ni un gramo de aviso, ni de reproche, ni de esa cosa que hacen los hombres cuando quieren marcar un territorio sin que se note; lo dijo como un ingeniero que ha observado un patrón durante cuatro años y lo enuncia porque es verdad y porque le parece interesante.

Y Martín, de pie en el escalón de su propia casa, con el botellín en la mano, entendió cuatro cosas seguidas en el tiempo que tarda una golondrina en salir de un nido.

Que ese hombre había visto los planos de Vera durante cuatro años.

Que se había dado cuenta. Que ella no lo sabía, porque si lo supiera habría dejado de hacerlo.

Y que él acababa de decírselo, precisamente a él, precisamente allí, delante de una casa donde la única habitación terminada era la cocina.

—Habrá que preguntárselo.

—Yo se lo pregunté una vez.

—¿Y?

—Me dijo que era por la luz de la mañana.

—¿Y es por la luz de la mañana?

—En el veinte por ciento de sus proyectos la cocina está orientada al norte —dijo Koen—. Y la ventana sigue siendo la más grande.

Martín se quedó con eso.

—A lo mejor le gusta cocinar.

—No le gusta cocinar. Cocino yo. —Koen se levantó y se sacudió el pantalón—. Bueno. Vamos a poner ese cerco.

Y ahí lo dejó.

No hubo nada más. Recogieron los dos botellines, entraron y estuvieron hasta la una y media colocando el segundo cerco, y a la una y media llegó Vera del ayuntamiento con los sellos y con hambre y los encontró trabajando, y les preguntó qué tal, y los dos dijeron que bien.

En el escalón del porche, donde los habían dejado al levantarse, se quedaron los dos botellines vacíos.

De pie. Juntos. Con la etiqueta hacia fuera los dos, porque uno de los dos hombres los había puesto así.