Capítulo 25
El vuelo de Koen aterrizó en Valencia a las once y veinticinco del domingo dos de agosto, cinco minutos antes de la hora, que es una cosa que a él le pasa siempre.
Vera lo esperaba en llegadas desde las once y diez.
Salió con la mochila de siempre y el bolso del portátil cruzado, uno noventa y tres, camisa remangada, y la vio a treinta metros y levantó la mano una vez, sin agitarla, que es como saluda un hombre que ya te ha visto y sabe que tú lo has visto a él.
Se abrazaron.
Y fue un abrazo de verdad. Eso fue lo primero que Vera tuvo que aceptar aquel día, y lo aceptó allí mismo, en el hall de llegadas, con la barbilla de él encima de su cabeza y las manos de él en su espalda: que no había ninguna incomodidad física, que el cuerpo de aquel hombre le seguía resultando un sitio conocido y bueno, y que iba a ser todo mucho peor de lo que ella había calculado.
—Hueles a obra.
—Es que vengo de la obra.
—Ya lo sé. Lo digo como una cosa buena.
En el coche, subiendo por la AP-7 con el mar a la derecha, hablaron de cosas normales durante ochenta kilómetros: del calor, que a él le pareció un fenómeno digno de estudio; del perro de su hermana, que había mordido a un cartero; del puente del Mosa, que ya estaba resuelto con una junta distinta y con dos meses de retraso.
A la altura de Sagunto, Koen se quedó mirando por la ventanilla las chimeneas y las naves.
—Esto es como Rotterdam sur —dijo.
—No se parece en nada.
—Se parece en todo. Es lo mismo con más sol. —Se giró—. ¿Tú sabes que en cuatro años esta es la primera vez que veo un sitio donde has estado antes que yo?
Vera no supo qué contestar a eso.
—No lo digo como reproche.
—Ya sé que no.
—Lo digo porque tenía curiosidad. Llevo cuatro años oyéndote decir un pueblo y una playa de piedras.
No hablaron de nada más.
Y no fue una evitación ni una tensión: fue exactamente lo que habían acordado por teléfono, cumplido con la puntualidad con la que Koen cumplía las cosas. Iban a hablar el nueve. Hasta el nueve, aquello era una semana de agosto.
Comieron en casa de Amparo.
Amparo había hecho arroz al horno, había sacado la mantelería buena y había puesto seis platos para tres personas.
Koen se descalzó los zapatos en la entrada sin que nadie se lo pidiera, le dio un ramo de flores compradas en la gasolinera de la salida y una caja de galletas holandesas que traía en la mochila envuelta en una camiseta, y se pasó dos horas hablando con ella en un castellano de nivel medio y con una paciencia infinita.
Amparo le habló despacio y alto, como se le habla a los extranjeros y a los sordos.
—¿Y tú, hijo, qué haces? Puentes.
—Puentes, sí.
—¿Y son grandes?
—Algunos. El último tiene cuatrocientos metros.
—Madre mía. —Amparo le puso más arroz sin preguntar—. ¿Y no te da miedo que se caigan?
—Sí.
Le contestó tan en serio, y a Amparo le hizo tanta gracia que se lo contestara en serio, que a partir de ahí la comida fue de él.
Vera los miró desde el otro lado de la mesa comerse el arroz y entenderse a gritos, y pensó en lo fácil que era todo aquello, y en lo bien que encajaba aquel hombre en aquella cocina, y en que nada de eso significaba absolutamente nada.
Por la tarde pidió ver la obra.
—Si prefieres que no vaya, no voy.
—No, si me da igual.
—No te da igual. Pero eso es distinto de que no vaya.
Subieron cuando ya bajaba el sol. Martín estaba allí porque había quedado en estar: Vera se lo había dicho el viernes y él había dicho vale, y ahí se quedó.
Se dieron la mano en el portón.
Vera se preparó para diez cosas y no pasó ninguna. No hubo medición de estaturas, ni frases de doble filo, ni ese exceso de cortesía que es la manera educada de enseñar los dientes. Hubo dos hombres de cuarenta años dándose la mano en la puerta de una obra a las seis y media de la tarde.
Y a los quince minutos Koen se había quitado el reloj.
Fue así de sencillo. Entró, miró, hizo tres preguntas y a la tercera ya estaba dentro del problema, porque un ingeniero de puentes delante de una crujía apeada con dieciocho puntales y un durmiente de madera de ochenta por doscientos no puede hacer otra cosa.
—¿Esto lo habéis calculado con la vigueta trabajando o sin ella?
—Sin ella —dijo Vera—. Hipótesis de fallo total del apoyo.
—Bien. —Koen se agachó y miró el anclaje de la placa desde abajo, con la cabeza torcida—. ¿Y el reparto en el muro? Porque el muro es de fábrica y esto le mete una carga puntual.
—Por eso el durmiente es de dos metros veinte y no de uno.
—Ah. Vale. Sí.
Martín, que estaba de pie a dos metros con el metro en la mano y había entendido la conversación entera aunque la mitad fuera en inglés, dijo:
—El melis reparte mejor que un perfil metálico. Es más blando, se adapta a la irregularidad de la fábrica.
Koen se lo quedó mirando.
—¿Melis es un pino?
—Pino melis. Pinus palustris. De América, pero aquí lleva ciento cincuenta años.
—¿Y esto lo has hecho tú?
—Lo hemos hecho los dos. Ella lo ha calculado.
—Ya.
Y ahí, en aquel momento, Vera lo vio pasar: los dos hombres se cayeron bien.
No fue una tregua ni una decisión: fue una cosa química y desagradable que ocurrió delante de ella sin pedirle permiso, entre un hombre que hace puentes y un hombre que hace ventanas, hablando de cómo reparte una carga un tablón de pino viejo.
Estuvieron hora y media. Koen ayudó de verdad: sujetó, midió, subió al andamio y bajó, y encontró un error suyo, de Vera, en una cota del plano de instalaciones que llevaba once días sin ver nadie.
—Aquí has puesto ochenta y en la planta pone sesenta y cinco.
—Es sesenta y cinco.
—Ya. Pues corrígelo, que si no el fontanero te va a hacer un agujero de ochenta.
Lo dijo sin ninguna gracia y sin ningún énfasis, con la naturalidad de quien lleva veinte años encontrando errores en los planos de otra gente, y Vera lo corrigió allí mismo con el lápiz y le dio las gracias, y esa fue una de las cuatro o cinco cosas de aquella tarde que le hicieron más daño.
A las ocho menos cuarto estaban los tres comprobando el aplomo del muro este, el del refuerzo, y Martín le pasó a Koen el nivel de burbuja porque era el que estaba más cerca.
Y Vera se vio a sí misma desde fuera.
Estaba de pie en el salón sin tabique de una casa que había firmado a los veinticuatro años, con el sol de las ocho entrando por doce huecos sin carpintería, viendo cómo el hombre con el que vivía desde hacía cuatro años y el hombre con el que iba a vivir desde hacía catorce se pasaban un nivel de burbuja de mano a mano, de la manera más natural del mundo, sin rozarse y sin mirarse, porque en una obra las herramientas se pasan así.
Duró tres segundos y no lo contó a nadie.
Koen puso el nivel en el paramento, esperó a que la burbuja se quedara quieta, la miró de cerca y se apartó.
—Buen aplomo —dijo.
Y nadie tradujo.