La casa donde nunca vivimos Capítulo 24
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Capítulo 24

El plan de Vinaròs empezaba el diez de agosto y duraba quince días, y el diez de agosto era once días más tarde de lo que la obra se podía permitir, y eso lo sabían los dos desde que ella dijo la fecha.

Lo dijo Martín el jueves por la mañana, en el andamio, con la cinta métrica en la mano.

—Si el apeo lo montamos nosotros esta semana, ellos solo tienen que sustituir. Se ahorran cuatro días de los quince.

—Y el refuerzo del apoyo.

—El refuerzo del apoyo lo podemos ejecutar nosotros. No es soldadura, es atornillado.

Vera bajó del andamio y estuvieron dos horas con el plano.

Y lo que salió de aquellas dos horas fue lo mejor que hicieron aquel verano, y no lo dijeron en voz alta.

Fue esto: en vez de esperar a que Vinaròs picara, apeara, sustituyera y reforzara, ellos montaban el apeo completo y ejecutaban el durmiente de reparto en madera —melis de ochenta por doscientos, que Martín tenía y sabía trabajar— con las placas de anclaje atornilladas a los dos muros.

La perfilería la cortaba el taller de Castellón en dos días.

El durmiente se calculaba, se dibujaba y se firmaba: Vera lo tenía hecho en una tarde y era una solución que ella podía certificar sin que le temblara la mano, porque estaba dimensionada por ella y ejecutada delante de ella.

Vinaròs entraba, cortaba las tres viguetas, ponía las nuevas y se iba en seis días en vez de en quince.

Y cabía. Por los pelos y con las noches, pero cabía.

—¿Tú puedes tener el durmiente el viernes por la noche? —dijo ella.

—Puedo tenerlo si empiezo hoy.

—¿Y las carpinterías?

—Las carpinterías van conmigo a todas partes.

El viernes treinta y uno empezaron a las siete de la mañana y no pararon.

Vera había repartido la jornada la noche anterior en un folio, por horas, con la letra de imprenta y las eses dibujadas, y lo había colgado en el tablón encima del calendario.

Era un documento de obra normal y corriente y sin embargo, en aquella casa, era otra cosa: era la primera vez en catorce años que alguien planificaba veinticuatro horas seguidas de trabajo dentro de la veintisiete.

Rachid y Tono montaron el apeo de la crujía entera: dieciocho puntales con sus durmientes y sus sopandas, apretados por turnos, con Vera midiendo flechas y cantando milímetros como en la noche de la tormenta pero con luz y con orden.

A la una llegó el camión de Castellón con la perfilería.

A las tres llegó el melis, cepillado y a medida, encima de la furgoneta, y Martín se subió al forjado con la taladradora y no bajó hasta las diez de la noche.

Cenaron los cuatro en el suelo del salón, tarde, bocadillos y la nevera portátil.

Tono estuvo veinte minutos explicando por qué el Villarreal iba a ganar la liga, con argumentos que no resistían nada.

Rachid le llevó la contraria por deporte.

Vera, que no había visto un partido entero en su vida, hizo dos preguntas técnicas sobre por qué un equipo con menos presupuesto puede ganar a otro con más, y Rachid le contestó una cosa sobre la organización que a Martín le pareció, en aquel momento y con veinte horas encima, la mejor definición de una obra que había oído nunca.

A medianoche se fueron Rachid y Tono, que tenían familia.

—Mañana a las siete estamos —dijo Rachid desde la puerta.

—Mañana a las siete estáis a las nueve, y me parece bien —dijo Vera.

—A las ocho.

—A las nueve, Rachid.

A las tres de la madrugada Vera y Martín seguían presentando placas de anclaje.

Un anclaje químico necesita su tiempo de fraguado y el tiempo de fraguado no negocia, así que la secuencia era taladrar, limpiar el taladro con la perilla, inyectar, colocar y esperar, y mientras se esperaba se preparaba el siguiente.

A la una y media se les acabó la conversación de la obra y empezó otra, de esas que solo existen a esa hora: una discusión sobre si el melis huele mejor recién cortado o al cabo de una semana, que duró un cuarto de hora y en la que ninguno cedió.

A las cuatro y veinte se les acabó también esa y siguieron perfectamente.

A las cinco y media, cuando empezó a clarear por detrás del monte, quedaba la última pareja de placas y el par de aprieto final.

—Dieciséis con dos —cantó Vera desde arriba, con la llave dinamométrica.

—Otra vez.

—Dieciséis con dos. Está.

Bajaron los dos al suelo del salón y se quedaron mirando lo que habían hecho: la crujía apeada, el durmiente de madera colocado y aplomado, las placas puestas, todo listo para que el diez de agosto entraran cuatro hombres con una radial y en seis días aquello estuviera resuelto.

Rachid había dejado cuatro cervezas en la nevera portátil.

Se sentaron en el hueco de la ventana del salón, en el alféizar, que a esa hora estaba fresco, con las dos latas, mirando hacia el este, hacia el monte, por donde estaba saliendo el sol de un uno de agosto.

—Hemos ganado nueve días.

—Hemos ganado nueve días.

—Con esto llegamos.

—Con esto llegamos.

Martín tenía las manos hinchadas de la taladradora y el polvo del taladro metido en las cejas. Vera tenía una quemadura de resina en el dorso de la mano izquierda, del anclaje químico, y llevaba dos horas sin mencionarla.

Ninguno de los dos había mirado el móvil desde las siete de la mañana del día anterior.

—Oye —dijo ella—. Lo del durmiente. Lo de resolverlo así.

—¿Qué le pasa?

—Que se me ocurrió a mí la mitad y a ti la otra mitad, y ya no sé cuál era cuál. —Vera dio un trago—. Eso me pasa una vez cada cinco años, con suerte.

—A mí no me ha pasado nunca.

—Pues ya está.

No dijeron nada más. No hacía falta y además ninguno de los dos podía: Martín llevaba veintitrés horas de pie y Vera había dormido cuatro horas en tres días.

Se quedaron callados viendo salir el sol, sentados en el hueco de una ventana que dentro de tres semanas iba a tener una carpintería de iroko hecha a mano, y aquello fue, sin ninguna duda, el mejor rato de todo el verano y ninguno de los dos supo que lo era hasta mucho después.

A las seis y diez Martín se tumbó de espaldas sobre los sacos de cemento apilados junto a la puerta, con el brazo doblado encima de los ojos, y dijo que cinco minutos.

Lo que pasó después lo recordó siempre a medias, que es como se recuerdan las cosas desde ese sitio que no es dormir ni estar despierto.

Oyó a Vera moverse por el salón. Oyó que se paraba. Estuvo un rato parada, y él pensó, sin abrir los ojos, que a lo mejor estaba mirando el durmiente.

Después ella se sentó cerca, en el saco de al lado, y dejó el móvil encima del plástico, a un palmo de la cara de él.

Y a las seis y veinte el móvil vibró contra el plástico del saco, dos veces, y la pantalla se encendió sola.

Martín abrió los ojos lo justo.

Estaba a un palmo. Se leía entero, en letras blancas sobre el fondo negro de la pantalla de bloqueo, con el nombre arriba y todo:

Reservado el hotel y el coche. Llego el domingo a las 11.30. No hace falta que vengas al aeropuerto, pero me gustaría. K.

Cerró los ojos otra vez, deprisa, antes de que ella se girara.

Oyó cómo Vera cogía el móvil del plástico.

Y oyó también, con una nitidez que le duró meses, cómo en vez de guardárselo lo dejaba otra vez encima del saco, boca abajo, con la pantalla contra el cemento, y no lo tocaba más.