Capítulo 23
La segunda cata la había abierto Vera el domingo por la tarde, sola, con la maceta y el cortafríos, y el martes por la mañana vino el laboratorio a tomar muestras, y el miércoles veintinueve tuvo el informe en el correo.
Lo leyó en el coche, en la puerta de la ferretería, y lo entendió antes de acabar la primera página.
Había además una fotografía, la tres, con la cata abierta y una regla graduada al lado, en la que se veía perfectamente la armadura del apoyo con el hormigón desprendido y el redondo con el óxido laminar en hojas, como una cebolla mal hecha.
Lo peor de aquella foto era que estaba dentro. Por fuera, en la planta baja, el techo de la crujía del fondo se veía impecable: mortero sano, sin fisuras, sin manchas, ni una señal. Doce años de agua entrando por un sitio y trabajando en otro, y en la superficie nada.
No era un problema de seguridad inmediata. Era un problema de que aquello no se podía certificar.
Y ella era la que firmaba.
Llamó a Martín, llamó al laboratorio, llamó a un compañero de Castellón que llevaba treinta años haciendo esto y con el que había hecho las prácticas en 2011, y a mediodía los tres estaban de acuerdo en lo mismo: sustitución de las tres viguetas, apeo previo de la crujía, y un refuerzo del apoyo con perfilería y neopreno.
El compañero, que se llamaba Emili y hablaba despacio, le dijo una cosa más antes de colgar.
—Vera. Tú puedes firmar un final de obra con esas viguetas si te da la gana. No pasaría nada, seguramente, en veinte años.
—Ya.
—Te lo digo porque lo hace muchísima gente y porque tú vas con el agua al cuello y con un plazo judicial.
—Ya.
—Vale. Solo quería que lo dijera alguien en voz alta para que tú pudieras decir que no. —Se oyó un ruido de papeles—. Te mando el detalle del apoyo esta tarde.
A las cuatro tenía los presupuestos.
La empresa de Castellón: veintiséis mil ochocientos, con inicio el veinticuatro de agosto.
La de Vinaròs: veintidós mil cien, con inicio el diez de agosto y quince días de trabajo, y el material a pagar por adelantado porque el acero venía de fuera y en agosto no se fía a nadie.
Vera se sentó en el salón de la veintisiete con las dos hojas encima de las borriquetas, sola, y se puso a hacer números en la libreta.
El presupuesto cerrado que habían firmado en junio estaba consumido en un ochenta y uno por ciento. Quedaban en la cuenta común nueve mil cuatrocientos y con eso había que pagar los solados, el alicatado, los sanitarios, los boletines y la mitad de agosto de Rachid y Tono.
Vera hizo la lista de opciones, en columna, como se hacen las listas cuando la respuesta ya se sabe y hay que aparentar que no.
Uno. Vender ahora a Levantia. La cifra de Sonia seguía viva hasta el treinta y uno de julio. Era la opción sensata, era la que aconsejaría cualquiera y era la que ella misma habría aconsejado en marzo desde un despacho de Róterdam.
Dos. Pedir un préstamo a nombre de los dos. Plazo de estudio: dos semanas. Plazo real: cuatro. No llegaba.
Tres. Que lo pusiera Martín. Vera se estuvo un rato con esta y la tachó con dos rayas, y no la tachó por generosidad: la tachó porque sabía perfectamente que él diría que sí, y que para decir que sí tendría que vender algo, y que ella no iba a saber nunca el qué.
Cuatro. Ponerlo ella.
Vera tenía treinta y ocho mil doscientos euros en una cuenta de ahorro en Róterdam.
No eran unos ahorros cualesquiera. Eran, exactamente, su mitad de la entrada del piso de Rijnhaven que Koen y ella tenían apalabrado desde marzo, con la reserva pagada por él y la firma prevista para octubre.
Los había ido metiendo ahí durante tres años, todos los meses, con una transferencia automática el día veintiocho.
Era también la primera vez en su vida que había ahorrado para algo concreto. Todo lo demás lo había ahorrado para no tener que pedirle nada a nadie, que es otra clase de ahorro y se nota en cómo se mira la cifra.
Se quedó mirándola en la pantalla del móvil bastante rato.
Repasó los argumentos, que eran tres y eran buenos.
Que era su mitad de la casa y que se lo iba a devolver la venta en octubre con creces.
Que sin esos veintidós mil no había licencia, y sin licencia no había nada, ni casa ni venta ni piso ni nada.
Y que un piso en Rijnhaven se puede firmar en enero igual que en octubre, y que un plazo judicial no.
Los tres eran ciertos. Los tres se los habría dado a un cliente sin pestañear.
Y ninguno de los tres explicaba por qué no cogía el teléfono y se lo contaba a Koen, que era el dueño de la otra mitad de aquella entrada y la única persona en el mundo a la que aquello afectaba directamente.
Luego abrió la aplicación del banco y transfirió veintidós mil cien euros a la cuenta común de la obra.
Tardó cuatro minutos, incluidos los dos de la clave por SMS.
Mientras esperaba la confirmación, le vino a la cabeza, con una claridad desagradable, una conversación de hacía dos semanas en la planta alta, con el metro apoyado en el forjado, sobre muros que llevan doce años aguantando lo que no les toca sin que nadie mire si están bien.
Y le vino también, detrás, la respuesta que ella misma le había dado a Martín: que eso no es un héroe, que eso es un fallo de proyecto que todavía no ha reventado.
Cerró la aplicación.
No se lo dijo a Martín, que estaba a cuarenta metros midiendo el hueco del office. No se lo dijo a Koen. No se lo dijo a Lucía. No se lo dijo a su madre, que aquella noche le preguntó dos veces si le pasaba algo y las dos veces recibió la misma respuesta.
Se dio a sí misma una razón para cada uno, y las cuatro razones eran de una calidad decreciente.
A Martín no se lo decía porque si se lo decía, él pondría la mitad, y para poner la mitad tendría que vender algo, y ella lo sabía y él lo haría y no lo diría.
A Koen no se lo decía porque no se le puede decir a un hombre por teléfono, cinco días antes de coger un avión, que has metido la entrada del piso de los dos en el hormigón de una casa que compraste con otro en 2012.
A Lucía no se lo decía porque Lucía le habría dicho la verdad.
Y a su madre no se lo decía porque a su madre no se le cuenta nada, y esa era la única de las cuatro que no necesitaba razón porque llevaba doce años funcionando sola.
A las ocho y cuarto pasó por el taller de Martín y le dijo, de pie, sin sentarse:
—Ya está resuelto lo de las viguetas. Vinaròs. Empiezan el diez.
—¿Y el dinero?
—Está.
—¿Está de dónde?
—Está de la cuenta de la obra. —Vera se colgó la bolsa del hombro—. Yo llevo la cuenta de la obra. Tú llevas la madera. Ese fue el trato.
Martín la miró un segundo y medio.
—Vale.
Aquella noche, ya en su cuarto, con la luz apagada, Vera abrió el correo del banco y miró por última vez el justificante antes de archivarlo en la carpeta de la obra.
Ordenante: Lozano Gil, Vera.
Importe: 22.100,00 €.
Concepto: obra veintisiete.