Capítulo 22
Martín bajó al huerto de Fermín a devolverle el favor de las cañas.
Era un acuerdo antiguo y no escrito: Fermín les dejaba la manguera, la toma de agua y el ojo puesto en la obra cuando no había nadie, y Martín le pagaba en horas.
Aquella tarde del veintisiete tocaba el emparrado de la tomatera de la parcela once, que se había venido abajo por el lado del poniente con el viento del viernes.
Trabajaron una hora larga. Fermín daba las órdenes y Martín las cumplía, que era como funcionaba aquello.
—Más abajo. Ahí no, que le vas a partir la guía.
—¿Aquí?
—Un palmo más abajo, che.
La caña buena la compraba Fermín en un vivero de Alcalà y la ataba con rafia, nunca con brida, porque el plástico corta el tallo cuando aprieta el sol.
Iba explicando esas cosas todo el rato, no por enseñar, sino porque era lo que tenía dentro.
Al hijo, que vivía en Alicante y venía en Navidad y en agosto, esas cosas no le interesaban.
A Martín tampoco le interesaban demasiado, pero las escuchaba, y con eso bastaba.
—El año que viene esta hilera la quito —dijo Fermín—. Ochenta y dos años, che. Un bancal menos cada año, y así vamos bajando en escalera hasta que solo queden las hierbas aromáticas, que esas no piden nada.
—Le queda cuerda.
—A mí lo que me queda es el huerto. Es distinto.
A las ocho y cuarto, con el sol ya en el monte, se sentaron en las dos sillas plegables que Fermín tenía puestas al final del bancal, mirando hacia el este, que es hacia donde está la urbanización, y desde donde se ve la veintisiete entera, de perfil, a cuatrocientos metros.
Fermín sacó dos cervezas de una nevera de playa.
—Va bien la casa —dijo.
—Va.
—Va bien de verdad. Yo la veo todos los días. —Bebió—. El andamio lo tenéis mal atado por el lado norte, ya te lo digo, pero va bien.
—Lo miro mañana.
Estuvieron un rato callados. Las golondrinas de la veintisiete salían a esa hora, como salen siempre, y hacían la ronda por encima de la piscina vacía.
Y entonces Fermín dijo, con la lata apoyada en la rodilla y sin girar la cabeza ni un grado:
—La luz de esa casa se ha encendido muchas noches en estos ocho años.
Martín no se movió.
—Yo la veía desde la ventana de la cocina, que da a ese lado. —Fermín seguía mirando al frente—. Me levanto a mear a las dos, que es lo que hay, y muchas noches había luz ahí dentro. Poquita. Como de una lámpara de esas de trípode apuntada al techo.
Una golondrina bajó y volvió a subir.
—Y a mí me hacía compañía, oye. Yo aquí soy el único vecino de sesenta y dos casas.
Uno se acuesta y hay dos kilómetros de nada alrededor.
Ver una luz encendida a cuatrocientos metros, aunque no sepas de quién es, es una cosa que le sienta bien a una persona.
—Bebió otra vez—. Yo nunca fui a mirar. Ni una vez en ocho años.
Porque me dije: eso es cosa de alguien, y si ese alguien quisiera compañía, encendería la luz de fuera.
Martín tenía la lata en la mano y no se la había llevado a la boca.
Lo que estaba haciendo por dentro era una cosa muy sencilla y muy fría: contar. Ocho años. Cuatrocientos metros. Una ventana de cocina que da a ese lado. Un hombre que se levanta a las dos.
Fermín lo sabía todo. Eso estaba claro y llevaba claro tres segundos.
La pregunta era otra, y la pregunta era: ¿cuánto es todo?
Porque una cosa es saber que alguien entra de noche en aquella casa, que eso lo sabe cualquiera que mire por una ventana.
Y otra cosa es saber quién. Y otra distinta es saber qué hace ahí dentro.
Y otra, la última, la que a Martín le puso la mano fría alrededor de la lata, es saber por qué, que es lo que solo se sabe si alguien te lo ha contado o si has estado en el sitio y el día que no tocaba.
Y había un año concreto. Había febrero de 2020, y había un coche gris parado una hora en la calle A, y había un viejo que aquella noche no se quedó en su cocina.
Martín abrió la boca para preguntar.
Y no preguntó.
No preguntó porque hay preguntas que solo se pueden hacer una vez y porque la respuesta podía ser cualquiera de tres, y dos de las tres lo obligaban a contárselo todo a Vera esa misma noche.
Y porque, en el fondo del fondo, y esto no se lo dijo con esas palabras ni con ninguna, prefería no saber cuánto sabía Fermín, igual que llevaba doce años prefiriendo no calcular cuánto llevaba gastado.
—Está bueno esto —dijo, y le dio a la lata.
Fermín asintió despacio.
—Es la de siempre.
Y luego, sin transición ninguna, se puso a hablar del ayuntamiento y del camino, que llevaba once años sin arreglar, y de un concejal que le había prometido la zahorra tres veces, y de cómo se hacía el balasto en la vía en los años setenta, con los nombres de los materiales y las proporciones, y estuvo doce minutos con eso.
Martín lo escuchó entero sin oír una palabra.
Lo que hizo el resto de la tarde, y la noche entera, y la mañana del martes, fue una cosa nueva. Llevaba doce años con el miedo de siempre, que era un miedo lento y conocido, casi doméstico: el miedo a que ella volviera algún día y lo mirara y lo supiera.
El miedo nuevo era distinto y era peor: que se lo contara otro.
Que Vera lo supiera por Fermín en el bancal, o por Tono en el andamio, o por una señora en la panadería, o por su propio padre en el comedor un sábado a las siete y veinte de la tarde. Que la primera frase que ella oyera de aquello la dijera cualquiera menos él.
Y se puso a imaginárselo, que fue el error.
Se imaginó a Vera de pie en el salón sin tabique con la cara que pone cuando le dan un dato que no encaja, y la vio hacer la cuenta entera en cuatro segundos, porque hace las cuentas en cuatro segundos, y vio el momento exacto en que dejaría de ser un dato para ser doce años.
Y vio también, y esto fue lo que le duró toda la noche, que si se lo contaba otro, ella no iba a preguntarle por qué lo había hecho.
Le iba a preguntar por qué no se lo había dicho el nueve de junio, en el despacho de Embid, cuando se dieron la mano.
Y esa pregunta no tenía ninguna respuesta buena, porque la respuesta verdadera era muy corta y no se podía decir en voz alta: porque el nueve de junio pensé que en tres semanas se iba a ir otra vez, y que si se iba sin saberlo yo podría seguir viviendo con esto.
A las nueve y media se levantó para irse. Fermín entró en la casa y volvió con una caja de plástico de las de la fruta, llena hasta arriba, y se la puso en las manos.
Era la más grande de las tres que tenía preparadas junto a la puerta. Martín las había visto al llegar: tres cajas, una pequeña, una mediana y aquella, alineadas contra la pared del porche, cada una con su papel de periódico en el fondo.
—Fermín, esto es media cosecha.
—Es lo que hay que coger hoy, que mañana están pasados.
—Que son muchos.
—Para dos —dijo.
Y se metió en casa.