Capítulo 21
Vera se despertó a las cinco y cuarenta y se levantó a las cinco y cuarenta y uno, porque quedarse en la cama no iba a servir de nada.
Era domingo, veintiséis de julio, y en aquella obra los domingos habían dejado de significar algo en la segunda semana.
En el coche, subiendo, hizo una lista mental. Lo hacía siempre y aquella vez la hizo en el mismo formato que había usado el diez de junio en el salón de la veintisiete, de espaldas a Martín, dictando las reglas como se dictan a un aparejador.
Uno: ha pasado lo que ha pasado y ha durado once segundos.
Dos: él lo ha parado, no yo.
Tres: yo no le he mentido a nadie en ningún momento de esta historia y no voy a empezar hoy.
Cuatro: quedan sesenta y siete días de obra.
La lista era impecable y le duró hasta el desvío de la urbanización.
Trabajó desde las seis y media hasta las tres sin parar.
Sola, porque era domingo. Descimbró parcialmente la zona reforzada, comprobó flechas, dio por bueno el hormigón, replanteó los pasos de instalaciones sobre el forjado nuevo con tiza roja, midió los doce huecos otra vez para dar las medidas definitivas de las carpinterías y le mandó la tabla a Martín por correo con las cotas a milímetro y sin una sola palabra que no fuera un número.
A las nueve y media, subida al andamio con la cinta, tuvo un momento de lucidez incómoda y lo apartó a manotazos: se estaba tomando aquella obra como se toman las cosas que sirven para no pensar en otras.
Lo sabía porque llevaba once años viendo hacerlo a otra gente en los estudios.
El que se separa entrega tres proyectos en un mes.
El que ha perdido a alguien se queda hasta las once corrigiendo detalles constructivos que ya estaban bien.
Siguió midiendo.
A las once y media se le rompió la punta de la tiza roja y le costó cuatro minutos encontrar la caja, y en esos cuatro minutos le entraron por la cabeza, en desorden, la mano de él en la nuca, la palabra casillero, el olor a melis, y la cara que había puesto Martín al decir la palabra destrozas, que fue la cara de alguien que dice una palabra que se ha dicho a sí mismo muchas veces.
Encontró la caja. Siguió replanteando.
A las tres se sentó bajo el limonero a comer un bocadillo y descubrió que estaba agotada de una manera agradable, que es la única cosa buena que tiene una obra.
A las cuatro empezó con la segunda cata del forjado, que tenía pendiente desde hacía dos semanas.
A las siete y media se metió en el coche, condujo hasta la playa de cantos, se sentó en la orilla vestida hasta que se le fue el calor de la cabeza, y a las nueve, ya en casa de su madre, duchada, con el pelo mojado y la puerta del cuarto cerrada, llamó a Koen.
Fue ella quien llamó. Eso también lo apuntó en la lista.
Hablaron nueve minutos de cosas: el puente del Mosa, que ya tenía solución; el perro de la hermana, que se llamaba Otto y mordía; el calor. Y en el minuto diez, cuando él estaba empezando a contar algo de la cocina de su casa, Vera dijo:
—Koen. Espera.
—Espero.
—Ayer besé a Martín.
Se oyó, al otro lado, el ruido de alguien que se sienta.
—Vale.
—Fue en su taller, a las seis y media de la tarde.
Estábamos trabajando. Duró unos segundos y lo paró él.
—Vera hablaba con las dos manos alrededor del móvil—.
Lo paró él y me preguntó si esto era hasta septiembre, y yo le dije que no lo sabía.
Eso es exactamente lo que ha pasado y no ha pasado nada más.
Koen no dijo nada durante cinco o seis segundos.
—¿Estás bien? —dijo.
Y a Vera aquello le hizo más daño que cualquier otra cosa que él pudiera haber elegido decir.
—No me preguntes eso.
—Te lo pregunto igual.
—Estoy fatal, Koen.
—Ya.
Otro silencio. Se oía, al fondo, la lluvia fina de allí contra un cristal.
—Te agradezco que me lo hayas contado tú.
—Es lo mínimo.
—No es lo mínimo. Lo mínimo es no contarlo y esperar a ver qué pasa, que es lo que hace casi todo el mundo. —Su voz seguía en el mismo volumen de siempre, y ese era el problema—. Lo tuyo es lo máximo. No confundas las dos cosas.
—Koen.
—Déjame decir una cosa y ya. —Una pausa corta—.
En mayo acordamos no hablar de octubre hasta que volvieras, y yo he cumplido, y quiero seguir cumpliendo.
Así que no te voy a preguntar qué significa esto, porque tú acabas de decirme que no lo sabes y yo te creo.
Lo que sí te voy a decir es que voy a ir igual.
—Koen, si prefieres no...
—Voy a ir igual. —Y ahí sí subió medio tono, una sola vez, y fue la única vez en toda la conversación—.
Prefiero mirarlo de frente. Llevo cuatro años contigo y no voy a decidir sobre mi vida desde dos mil kilómetros y por teléfono, viendo una foto tuya en una obra.
Voy, te veo, veo dónde estás, veo esa casa y ese pueblo y a esa gente, y luego hablamos el nueve.
—Vale.
—Y otra cosa. No quiero que me montes una semana bonita. Si el día dos tienes que estar en el andamio a las siete, estás en el andamio a las siete y yo me busco la vida.
—Vale.
—Buenas noches, arquitecta.
Colgó él.
Vera se quedó sentada en la cama de su cuarto de siempre, con el móvil en la mano y la pantalla ya apagada, en la postura exacta en la que se había quedado. Fuera se oía la televisión de su madre en el salón, un programa de verano con risas grabadas.
Estuvo así el tiempo que se tarda en entender que la persona más decente de esta historia es la que menos culpa tiene y la que más va a perder.
Y en algún momento de ese rato le llegó, sin buscarla, una cosa que la dejó peor que toda la conversación: que ella había esperado, en alguna parte de sí misma que no reconocía como suya, que Koen se enfadara.
Que gritara. Que le dijera algo feo. Que hiciera una sola cosa mezquina, una, la que fuera, de esas que sirven para colocar a una persona en la casilla de las que se pueden dejar.
No lo había hecho. No lo iba a hacer nunca, porque no era esa clase de hombre, y ella lo sabía desde la segunda semana de conocerlo, en Amberes, en 2022, cuando lo vio discutir con un colega sin levantar la voz y darle la razón al final.
Después abrió el buscador de vuelos.
Escribió Valencia. Escribió Róterdam. Escribió una fecha de ida, la del jueves siguiente, y le salieron cuatro opciones, y la más barata tenía una escala en Bruselas de dos horas y diez.
Se imaginó la operación entera con el detalle con el que se imaginan las cosas que no se van a hacer.
Salir el jueves a las seis de la mañana.
Aparecer en el portal de Rijnhaven a media tarde, con la bolsa de obra y las manos hechas polvo.
Decirle a Koen que se venía, que se acabó lo de la casa, que la vendan, que firme Martín lo que tenga que firmar.
Estar el viernes en la oficina. Estar el uno de octubre delante del notario con el bolígrafo. Tener razón durante veinte años.
Estuvo mirando el precio ochenta y seis euros ida y vuelta durante bastante rato.
Cerró el ordenador sin comprar nada.