La casa, año cinco
La casa, año cinco
Año cinco.
Las bajantes desaparecieron en una noche de febrero.
Eran seis tramos de PVC de ciento diez de diámetro, más los codos y las abrazaderas, y valían en total unos noventa euros.
Alguien vino con una escalera de mano, cortó las abrazaderas con una radial de batería y se los llevó, y en la fachada quedaron los tacos y seis manchas verticales de suciedad más limpia que el resto del muro, porque debajo de un tubo la pared no se ensucia igual.
A partir de aquel invierno, el agua de la cubierta cayó por la fachada. Bajaba por el paramento, se metía por el encuentro del alféizar y por la junta del cerramiento, y en cinco años hizo lo que hace el agua cuando se le da tiempo, que es entrar despacio y llegar lejos.
Aquel año se llenaron los bancales de la parcela once: dos hileras de tomate del de colgar, una de pimiento, una de berenjena y, al final, cuatro matas de calabacín que se comieron el paso.
La parcela once tenía dueño. Su dueño vivía en Zaragoza, había pagado treinta y un mil euros a cuenta en 2011 y no había vuelto desde la firma.
En julio, un hombre de setenta y cinco años estuvo tres días atando plantas en un terreno que no era suyo, con una silla plegable, un sombrero y una botella de agua.
Aquel año, en la parcela veintisiete, se terminaron los muebles bajos.
Fueron ocho noches de septiembre y una de octubre.
Cuando el último quedó atornillado y aplomado, con los zócalos puestos y los cajones corriendo, el hombre que los había montado se quedó de pie mirándolos un rato, y luego hizo una cosa que no había hecho nunca: sacó de la furgoneta un hornillo de gas de camping, una sartén y dos huevos, y se hizo la cena allí, de pie, en una cocina sin agua, sin luz y sin fregadero.
Le salió mal. Se le quemó uno.
Se lo comió igual, de pie, con la sartén en la mano, apoyado en una encimera que no tenía polvo, y se lavó la sartén con la garrafa y se llevó la basura en el bolsillo, y se fue a su casa a la una de la mañana, y a la mañana siguiente su padre le preguntó por qué no había cenado y él dijo que sí había cenado.
Aquel año, en la ciudad llana, una mujer pasó a llevar equipo.
Le dieron un despacho pequeño con una ventana que daba a un canal, y en el despacho, encima del archivador, alguien había dejado desde hacía años la maqueta de un proyecto que no se construyó: un edificio de viviendas para un solar de Amberes que finalmente fue un aparcamiento.
Ella la dejó donde estaba. Los cinco años que ocupó aquel despacho no la movió ni la quitó el polvo.
Aquel año la casa perdió las bajantes y ganó una cena. Fue el primer año que hubo, dentro de ella, algo que se pudiera llamar una costumbre.