La casa donde nunca vivimos Capítulo 20
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Capítulo 20

Vera apareció en el taller el sábado veinticinco por la tarde con una excusa que no engañó a nadie, ni siquiera a ella.

—Vengo a ver los cercos. Como dirección de obra.

—Como dirección de obra.

—Tengo que certificar el acopio de material.

—Claro.

El taller era el garaje de la calle de la Sènia, cuatro por siete, con el banco viejo de su abuelo contra la pared del fondo, la escuadradora, la sierra de cinta, un panel de herramientas con las siluetas pintadas y el suelo lleno de virutas hasta el tobillo.

Ginés dormía la siesta arriba. La radio estaba puesta bajita.

Llevaba desde el lunes con las carpinterías. Tenía los doce cercos hechos y cinco hojas montadas, apiladas contra la pared, cada una con su etiqueta de cinta de carrocero: SALÓN 1, SALÓN 2, COCINA, DORM N, DORM E.

Vera se paró delante de la pila.

—Cinco días.

—Seis.

—Seis días, cinco hojas. —Cogió una por el canto, la levantó y la miró a contraluz por el rebaje—. Esto es a espiga.

—Espiga y escopleadura, sí. Encolado y con clavija de haya.

—Nadie hace esto ya.

—Nadie hace esto ya porque nadie paga esto ya.

Se pasó una hora larga siendo dos cosas a la vez, y las dos le salían mal por separado: la dirección de obra que comprueba escuadras, y una mujer de treinta y ocho años en un garaje a cuarenta grados.

Comprobó las escuadras de verdad, eso sí. Cogió su escuadra de aluminio, la puso en los cuatro cercos que había apilados y no encontró ni medio milímetro. Midió las diagonales de dos hojas y le dieron iguales. Miró los rebajes del vierteaguas al trasluz.

—¿Estos rebajes los has hecho a máquina o a mano?

—Los grandes a máquina. El último a mano.

—¿Por qué el último a mano?

—Porque la máquina te deja la esquina redonda con el radio de la fresa, y ahí se te queda el agua. —Martín no levantó la vista del banco—. A mano le sacas la esquina viva y el agua se va.

—Eso son dos minutos por hueco.

—Son dos minutos por hueco, sí.

Vera dejó la escuadra encima del banco y no dijo lo que estaba pensando, que era que aquel hombre estaba haciendo doce ventanas de una casa que iban a vender en octubre con la esquina viva a mano para que no se quedara el agua dentro de veinte años.

Y entonces Martín le enseñó el inglete.

Fue porque ella preguntó, y preguntó bien: por qué las molduras del junquillo iban a inglete y no a tope, si a tope es más rápido y no se ve.

—Se ve. Se ve a los dos años, cuando la madera trabaja. A tope se te abre una raya negra en la esquina y ya no hay quien la cierre. A inglete también se abre, pero se abre por los dos lados iguales y el ojo no lo lee como un fallo.

—Enséñamelo.

Y él, en vez de explicárselo, cogió dos recortes de melis, le puso la caja de ingletes en el banco y le dio la sierra de costilla.

—Cuarenta y cinco grados. Sin apretar. La sierra corta sola, tú solo la llevas.

Vera cortó la primera y le salió mal.

—Has apretado.

—No he apretado.

—Has apretado al final. Todo el mundo aprieta al final.

La segunda le salió mejor. La tercera le salió bien.

Y entonces vino la parte de encajar, que es otra cosa, porque dos cortes buenos no hacen una junta buena: hay que presentarlos, ver por dónde luz, y quitar dos décimas con el cepillo de dientes de ratón, y volver a presentar.

Martín se puso detrás de ella para enseñarle el ángulo del cepillo.

No la tocó. Le puso la mano al lado de la suya, en el banco, a un centímetro, y le corrigió la muñeca con la voz.

—Más plano. Empuja desde el hombro, no desde el codo. Y despacio, que aquí no hay prisa, aquí lo que hay es una décima.

El garaje estaba a cuarenta grados y olía a melis, que huele a resina y a miel, y sonaba la radio bajita y la sierra parada, y Vera hizo tres pasadas, y a la tercera la viruta salió entera y enroscada y cayó al banco.

Presentaron las dos piezas.

Encajaron.

Fue una junta perfecta, de las que no se ven, de las que uno solo sabe que están ahí porque las ha hecho.

Vera se giró.

Estaba a diez centímetros y no se movió, y él tampoco, y esta vez no había tormenta, ni adrenalina, ni una piscina vacía, ni ninguna de las circunstancias que sirven después para explicarse a uno mismo lo que pasó.

Eran las seis y cuarenta de la tarde de un sábado, en un garaje, con una junta bien hecha encima del banco.

Se besaron.

Y fue exactamente como había sido siempre y también completamente distinto, porque la boca es la misma a los veinticinco y a los treinta y nueve y todo lo demás no.

Él le puso la mano en la nuca, con los dedos por dentro del pelo, y ella se agarró a la camisa a la altura del costado, cerrando el puño con la tela dentro, y aquello duró lo que dura una cosa que lleva doce años esperando.

Y fue él quien paró.

Se separó dos palmos, con la mano todavía en la nuca de ella, y se quedó así, con la frente a la altura de la de ella, y dijo:

—No.

—¿No?

—No así.

Vera abrió los ojos.

—Explícate, porque te juro que no...

—Es que no puedo ser tu casillero de verano, Vera.

Lo dijo bajo y sin ninguna elocuencia, con la voz rota por abajo, y con las palabras más feas que encontró, que fueron las suyas.

—Tú te vas el uno de octubre. Eso lo dijiste tú el diez de junio y no lo has cambiado nunca, y yo no te lo he discutido, y no te lo voy a discutir ahora.

—Bajó la mano—. Pero si esto es hasta septiembre, dímelo ahora.

Dímelo tú, con esa boca, y yo digo que vale, y seguimos, y no te voy a pedir nada más ni te voy a poner ninguna cara el uno de octubre.

Te lo juro por mi padre. Pero dímelo ahora, porque si me lo dices el treinta de septiembre me destrozas.

Vera se quedó de pie delante de él con la respiración cortada y la camisa de él todavía marcada donde había cerrado el puño.

Y ahora venía la parte en la que se dice que sí, o se dice que no, o se dice cualquiera de las siete u ocho cosas cómodas que se dicen en un momento así.

Vera hizo lo que hace siempre, que es lo peor.

—No te lo puedo decir.

Martín no se movió.

—No te lo puedo decir porque no lo sé. —Le salió la voz más plana de lo que quería y no le salía de otra manera—.

Y no te voy a mentir para acostarme contigo, ni te voy a mentir para no acostarme contigo.

No sé lo que va a pasar el uno de octubre.

Sé lo que tengo firmado. No sé lo que quiero.

Y si te digo ahora que esto es solo hasta septiembre, te estoy mintiendo, y si te digo que no lo es, también.

—Vale.

—No es vale. Es una mierda.

—Es lo más decente que me has dicho en un mes.

—Ya. —Vera cogió su bolsa del banco y no se movió del sitio—. Y por eso duele más.

Estuvieron unos segundos así, a un metro, en un garaje a cuarenta grados, con la radio dando el parte de la costa.

—Ochenta y cinco días.

—¿Qué?

—Que quedan ochenta y cinco días de obra y hay que hacer doce ventanas, cuatrocientos metros de solado, dos baños, la fachada y la instalación entera. —Se colgó la bolsa—. Yo mañana estoy aquí a las siete.

—Yo también.

—Ya lo sé.

Se fue. Martín oyó el coche arrancar en la calle y quedarse un momento parado antes de meter la marcha.

Recogió el taller como recogía siempre: la sierra al panel, el cepillo con la cuchilla aflojada, la viruta al saco.

En el banco, en el sitio donde la habían dejado, quedó la junta a inglete.

Encajada, exacta, sin una décima de luz.

No la recogió.