Capítulo 19
La temperatura no bajó de treinta grados en toda la noche del veintidós de julio.
Fue la primera de las tres noches malas de aquel verano, esas en las que el aire de mar no entra porque no hay diferencia de temperatura que lo empuje, y a las once de la noche el asfalto de la carretera seguía devolviendo el calor del día como una plancha.
Vera había ido a la casa después de cenar a hacer una cosa de diez minutos: comprobar el curado del hormigón, que llevaba cinco días y al día siguiente había que descimbrar parcialmente. Lo comprobó con el esclerómetro y con la mano, apuntó dos valores y ya estaba.
Martín llegó en la furgoneta cuando ella estaba cerrando el portón.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó Vera.
—Venía a por el nivel láser. Lo necesito mañana a primera hora en el taller.
—Está arriba.
—Ya lo sé.
Ninguno de los dos dijo lo obvio, que era que el nivel láser podía esperar a las siete de la mañana.
Él subió a por él. Bajó con el trípode al hombro y con dos cervezas de la nevera portátil que tenían en la casa para la cuadrilla, y las levantó un poco, preguntando.
—Regla número tres —dijo Vera—. En esta obra no se duerme.
—Yo no he dicho de dormir.
—Ya. —Cogió una—. Está tibia.
—Están todas tibias. Se ha ido la placa a las siete.
Bajaron a la piscina comunitaria porque era el único sitio del mundo, en aquel momento, que podía estar más fresco que el resto: doce por seis metros de hormigón enterrado a dos metros y medio, sin agua desde que se hizo, con un palmo de tierra en el fondo y las amapolas de mayo ya secas de pie, en su sitio, como una cosecha que a nadie se le ocurrió segar.
Bajaron por la escalerilla de acero inoxidable, que seguía atornillada y seguía nueva porque el inoxidable no se lo lleva nadie.
Abajo se estaba mejor. Cuatro o cinco grados menos, y el hormigón de las paredes había estado a la sombra desde las cinco.
Vera anduvo por el fondo hasta el desagüe, encendiendo la linterna del móvil, porque era la primera vez que bajaba allí y era arquitecta y no podía evitarlo.
El vaso estaba impecable. Se había hormigonado en 2013, se había fratasado, se había dejado listo para el gresite, y nunca llegó el gresite.
Ni una grieta estructural en trece años.
Un palmo de tierra vegetal que había ido entrando por el viento y por el agua de las tormentas, tres kilos de hojarasca, y las amapolas, que habían encontrado allí abajo su humedad y su abrigo y habían salido en mayo más altas que las de fuera.
—Esto está mejor construido que la casa —dijo.
—Las piscinas siempre están mejor construidas. Es lo que se enseña.
Y había otra cosa: la acústica.
—Ostras —dijo Vera, y su propia voz le volvió desde la pared de enfrente, sin eco, seca, como si hablara dentro de una habitación con el techo quitado.
—Se oye todo.
—Se oye demasiado.
Se sentaron en la parte honda, contra la pared del norte, en la tierra, con las piernas estiradas. Desde allí no se veía la urbanización: se veía el borde de la piscina, y por encima del borde, el cielo, que aquella noche estaba de un negro con estrellas de las de julio, sin luna.
Estuvieron un rato hablando de la obra, y luego se acabó la obra, que era el problema.
—Juguemos a una cosa —dijo Vera—. Y si...
—Ah, no.
—Sí. Pero con reglas. Solo cosas pequeñas.
—Define pequeñas.
—Cosas que no cambian nada. —Bebió—. Empiezo yo. Y si aquel día en el vivero hubiera comprado el limonero de cuatro años en vez del de dos.
—Sería un limonero más grande.
—O se habría muerto. Los de cuatro agarran peor. —Se giró un poco hacia él—. Te toca.
Martín se lo pensó.
—Y si mi abuelo no hubiera cambiado la escuadradora en el ochenta y nueve. Compró una de segunda mano que iba mal y estuvimos veinte años con ella.
—Eso no es pequeño, eso es tu vida laboral entera.
—Es una máquina.
—Es una máquina que te hizo trabajar peor durante veinte años.
—Trabajábamos igual. Tardábamos más.
—Que es trabajar peor.
—Que es tardar más. —Y ahí se le notó que se estaba divirtiendo—. No es lo mismo, arquitecta.
Siguieron. Y si en el bar del padre de Quique no hubiera coincidido el presupuesto. Y si aquel julio no hubiera llovido el día de la romería. Y si la comercial hubiera enseñado primero la casa de la diecinueve. Iban bien, iban con las reglas, iban por lo pequeño.
—Y si hubieras cogido el teléfono en el 2019 —dijo él.
—Eso no es pequeño.
—Sí lo es. Fue una llamada de mi padre por el cumpleaños.
Se equivocó de tecla. Marcó tu número viejo, que lo tenía apuntado en un papel de la cocina desde 2013, y le salió una señora de Vinaròs.
—Martín le dio a la lata—. Estuvo cinco minutos convencido de que eras tú y de que le estabas gastando una broma.
Vera se rio, y en el vaso de la piscina la risa sonó más grande de lo que era.
—Vale, esa es pequeña. Y triste.
—Es de las pequeñas y tristes.
—Mi turno. Y si mi madre no hubiera hecho aquella tortilla el domingo antes de que yo me fuera.
—¿Qué tortilla?
—Ninguna. Me la acabo de inventar. —Se encogió de hombros—. Es que las mías pequeñas se me han acabado y las que me quedan ya no lo son.
—Ya.
—Y si en 2014 —dijo Vera.
Y se paró ella sola, a media frase, sin que nadie le dijera nada.
—Esa no es pequeña.
—No.
—Pues no.
—Vale.
Y en el silencio de después, con la acústica de cráter que hacía que se oyera hasta la lata al posarse en la tierra, Vera se giró y le vio el antebrazo.
Él lo tenía apoyado en la rodilla, con la manga subida. Desde el codo hacia la muñeca, por la cara de fuera, tenía una cicatriz blanca de unos seis centímetros, fina, con dos puntos de sutura marcados en un extremo.
—Esa no la tenías.
—No.
—¿De qué es?
—De una tapa de una caja. Una esquinera de chapa que estaba levantada. —Martín se miró el brazo como si fuera de otro—. Fue una tontería. Estaba descargando de noche y no vi el filo.
—¿Descargando qué?
—Material.
Era la palabra más pequeña que se podía usar y la usó. Vera se dio cuenta de las dos cosas: de que la respuesta era pequeña y de que él la había elegido.
En 2017 ella estaba a dos mil kilómetros, tenía treinta años, acababa de terminar con Jonas y llevaba un proyecto de veinticuatro viviendas.
En 2017 él estuvo una noche descargando algo que no dice qué era y se abrió el brazo con una esquinera de chapa, y se lo cosió alguien en un ambulatorio de guardia, y a la mañana siguiente se levantó y fue a trabajar, y nadie en el mundo se enteró.
Vera alargó la mano y le pasó los dedos por la cicatriz, del codo hacia la muñeca, siguiendo la línea.
No pidió permiso y no fue un gesto de coqueteo. Fue el gesto que hacía con las patologías: se toca lo que se está mirando, se nota el relieve, se entiende cómo pasó. La yema encontró el resalte del tejido y el punto donde la piel se hundía un poco.
Duró un segundo largo.
Y en ese segundo largo la conversación entera cambió de habitación, y los dos lo supieron a la vez, porque en un cráter de hormigón de doce por seis con la acústica que tenía aquel se oyó perfectamente que ninguno de los dos estaba respirando.
Se retiraron a la vez. Ella la mano, él el brazo. Al mismo tiempo, con la misma velocidad, sin que ninguno pudiera decir después que se había apartado el otro.
Estuvieron unos segundos mirando al frente, a la pared de hormigón de enfrente, que estaba a seis metros y no tenía nada.
—Es tarde.
—Sí.
Subieron por la escalerilla en fila, él delante, y arriba el aire estaba otra vez a treinta grados y les pareció normal.
Cruzaron la parcela de la piscina hasta el portón sin decir nada. Al pasar por delante de la caseta de ventas, Vera vio que la puerta seguía como la habían dejado, con la cadena colgando y los tres tornillos puestos a mano.
Se despidieron en el portón sin decir nada de nada. Ella se subió al coche, él a la furgoneta, y salieron los dos por la calle A, uno detrás del otro, hasta la rotonda, donde ella tiró hacia el pueblo y él hacia la calle de la Sènia.
Abajo, en la parte honda de la piscina, contra la pared del norte, se quedaron las dos latas vacías.
De pie. En su sitio. Juntas.