Capítulo 18
A Sonia Roig le gustaban los sitios feos para las conversaciones importantes.
—Perdone la hora y perdone el sitio —dijo, y le puso delante un cortado que ya había pedido—. Yo he venido de Valencia y usted viene de trabajar. Los sitios bonitos hacen que la gente se ponga a fingir.
—A mí me da igual el sitio.
—Ya lo veo. —Sonia se quitó las gafas de sol y las dejó boca abajo en la mesa—. Le voy a agradecer que haya venido. Podía usted haberme dicho que no, y la mitad de la gente a la que llamo me dice que no y luego se queja de que nadie le explica nada.
—He venido porque quiero saber qué me van a ofrecer.
—Eso es exactamente lo que hay que hacer.
Sacó una carpeta fina. No la abrió todavía.
—Voy a hacerle una propuesta que a usted le va a molestar. Se lo digo antes para que no piense que se lo estoy colando.
—Diga.
—Levantia le compra a usted su mitad. Solo la suya. —Puso una hoja boca arriba y la giró hacia él—. Ahí tiene la cifra. Es un veintidós por ciento por encima de la mitad proporcional de lo que le ofrecimos a los dos por el conjunto.
Martín miró la hoja. Era mucho dinero. Era, para ser exactos, más dinero del que había tenido junto en su vida, y era también, con una precisión que no podía ser casual, casi exactamente lo que costaba terminar la casa.
—¿Por qué un veintidós por ciento más?
—Porque una mitad indivisa sin la otra no vale nada, así que lo que le estoy pagando no es la mitad: es la comodidad.
—Sonia removió su café—. Si nosotros entramos como cotitulares al cincuenta por ciento, la señora Lozano se encuentra de socia con un fondo.
Y a un fondo no le importa esperar, ni le importa que la casa esté sin terminar, ni le importa el treinta de septiembre, porque nosotros tenemos la opción sobre la masa y el suelo de alrededor.
Ella tendría una mitad de una casa que no puede vender sola, ni terminar sola, ni habitar sola.
—Y acabaría vendiéndoles a ustedes.
—Acabaría vendiéndonos a nosotros. En noviembre, probablemente, y por menos de lo que le ofrezco hoy a los dos.
—Sonia levantó la vista del café—. Se lo estoy contando entero.
No me gusta que la gente firme cosas que no ha entendido; luego vienen los pleitos y los pleitos los pago yo con mis noches.
—No.
Lo dijo Martín antes de que ella terminara de dejar la cucharilla en el plato.
—No lo ha pensado.
—No hace falta.
—Piénselo igual, hombre.
Y lo pensó, aunque no se lo dijo, y lo pensó a la velocidad a la que se piensan estas cosas, que es toda de golpe.
Con esa cifra pagaba lo que quedaba de la obra sin pedir un euro.
Con esa cifra su padre tenía a una mujer por las mañanas hasta el final.
Con esa cifra Vera se quedaba con una casa terminada y un socio con dinero y sin historia, y vendía en octubre a buen precio, y volvía a Róterdam el uno con la cuenta llena, y no se enteraba nunca de nada de lo demás, porque un fondo no cuenta historias en las notarías.
Era, mirado con frialdad, la mejor salida que le habían ofrecido en doce años.
Y era exactamente la misma operación de 2014: decidir él por los dos lo que a él le parecía mejor para ella.
—La respuesta sigue siendo no —dijo.
—Vale. —Sonia no parecía molesta. Parecía una persona a la que le acaban de confirmar algo—.
Con ese dinero usted arregla su vida. Tiene a su padre con una dependencia que va a ir a peor, y eso son mil ochocientos euros al mes en cuanto necesite a alguien por las mañanas, y usted lo sabe mejor que yo.
Martín se quedó con la taza a medio camino.
—¿Y usted eso cómo lo sabe?
—Porque hago mi trabajo. —Ni un gesto de disculpa—. No he mirado nada que no sea público ni he preguntado nada indecente. Sé que hay un señor mayor viviendo en su domicilio y sé lo que cuesta una cuidadora en esta provincia. Con eso ya está todo dicho.
—Pues la respuesta sigue siendo no.
—Vale. —Recogió la hoja y la volvió a meter en la carpeta sin doblarla, que es como se guardan las cosas que se van a volver a sacar—. ¿Me deja una curiosidad? No es para la oferta. Es que llevo dos semanas con el expediente y hay una cosa que no me cuadra.
—Diga.
—Las tasas y el IBI de la unidad. En una unidad que sale de la masa en 2015 y se queda con el contrato vivo, lo normal es un desastre: recargos, providencias de apremio, embargos de la Diputación.
Yo compro veinte fincas así al año y todas vienen sucias.
—Se apoyó en el respaldo—. La veintisiete está limpia.
Los doce ejercicios. ¿Eso lo llevó una gestoría?
Martín bebió el cortado.
—Se ha ido pagando.
—Ya. ¿Las dos mitades?
—La casa es una. No se puede pagar media tasa de conservación.
—Eso es cierto. —Sonia asintió despacio, dos veces—. Ah, claro. Bueno. Perdone la curiosidad, es deformación profesional.
Y no preguntó nada más, y ahí Martín, que llevaba tres semanas midiendo cada palabra que decía delante de Vera, se relajó por primera vez en toda la mañana, porque la mujer había cambiado de tema.
Hablaron cinco minutos de la fase dos, que Levantia iba a replantear con parcelas más grandes.
—Se lo cuento porque lo va a ver usted igual —dijo ella—.
Sesenta y dos casas ahí no las quiere nadie.
Nosotros vamos a hacer treinta y una y a vender el doble de metros por unidad.
La gente que compró en 2011 quería una casa barata cerca del mar y ahora esa gente ya no existe: ahora hay gente con dinero que quiere una casa grande y lejos de todo. Es el mismo suelo y es otro país.
—Y la urbanización se termina.
—La urbanización se termina. Con otros dueños y con otro proyecto, pero se termina. —Sonia se acabó el café—. A usted eso no le consuela y lo entiendo. A mí, algunos días, sí.
Le sonó el móvil y lo miró.
—Es mi hija, que hoy tiene partido y quiere saber si voy. —Escribió un audio de nueve segundos con el móvil pegado a la boca: que sí, que va, que a las doce está allí, que no se le olvide la rodillera—. Perdone.
—No, si yo ya me iba.
Se levantaron los dos. Sonia se levantó despacio y con una mano en los riñones.
—Cuatro horas de coche a la semana —dijo—. Esto no me lo paga nadie.
Fuera hacía ya calor de las diez. Ella abrió el maletero del todoterreno, dejó la carpeta y sacó la tablet, y se quedó de pie apoyada en el portón, escribiendo, con las gafas de sol puestas.
Martín arrancó la furgoneta y al pasar por detrás la vio a través del cristal.
Tenía la tablet en alto, en el ángulo justo para que le diera la sombra, y estaba tecleando el nombre de una carpeta nueva. Se leía perfectamente desde fuera, en letras grandes y blancas sobre azul:
TITULARIDAD 27 — REVISAR PAGOS
Martín salió a la nacional pensando que aquella mujer era muy ordenada.