La casa donde nunca vivimos Capítulo 17
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Capítulo 17

El billete de Koen llegó el miércoles quince a las ocho y cuarto de la mañana, mientras Vera desayunaba de pie en la cocina de su madre.

Era un pdf de la compañía con el localizador, el asiento y la tarjeta de embarque provisional. Salida de Róterdam el dos de agosto a las siete y diez, escala en Barcelona, llegada a Valencia a las once y media. Vuelta el nueve.

Ella misma se lo había dicho hacía siete días. Compra. Y él había esperado seis a comprarlo, que era muy de Koen: no correr, dejar margen por si acaso.

Vera miró el pdf, lo cerró y se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón de obra.

Amparo estaba fregando la taza.

—¿Buenas noticias?

—Es el vuelo de Koen. Viene el dos.

—Ah, muy bien. —Amparo puso la taza boca abajo en el escurridor—. ¿Y dónde se queda?

—En un hotel de la playa. Ya está reservado.

—Aquí hay un cuarto.

—Ya lo sé, mamá.

—Yo lo digo por decirlo.

Vera cogió las llaves. En la puerta, ya de espaldas, dijo:

—Y no, no está enfadado por nada, ni ha pasado nada, ni hay que hacer nada especial. Es un hombre que viene una semana de vacaciones a ver a la persona con la que vive.

—Si yo no he dicho nada.

—Ya. Es que te he oído no decirlo desde la escalera.

Amparo se secó las manos en el trapo y se quedó apoyada en el fregadero.

—Vera. Yo a ese chico no lo conozco de nada y me parece muy bien todo. Lo único que te digo es que lo traigas a comer un día, porque si viene una semana y no pisa esta casa, en el pueblo se van a contar cosas que a mí me van a llegar en la peluquería.

—Vendrá a comer.

—Con eso me basta.

En la obra, aquel día, tocaba lo grande: el replanteo definitivo del refuerzo del forjado antes del hormigonado del viernes.

Y aquello, para Vera, era el sitio donde el mundo se ordenaba.

Trabajaron los dos solos toda la mañana en la planta alta, con el plano de estructura sobre una borriqueta y el láser en el trípode, mientras Rachid y Tono seguían abajo con la fachada.

Había que decidir el apoyo del perfil, y la decisión no era menor: el HEB doscientos entraba por debajo del forjado, se anclaba a los dos muros de carga y recogía la crujía comprometida, pero el muro del lado este no era muro de carga en el plano de 2013 y sí lo era en la realidad, porque en la obra habían cambiado el orden de las cosas y nadie lo había dibujado.

—Este muro trabaja —dijo Vera—. Le he mirado la fisuración y le he mirado la deformada del forjado. Trabaja desde el primer día.

—Pues en el plano no está.

—En el plano no está y en la casa está. —Golpeó el ladrillo con el nudillo—. Que es lo de siempre. El papel dice una cosa y la pared dice otra, y la pared lleva doce años diciéndolo y nadie ha venido a preguntarle.

—¿Y a quién hacemos caso?

—A la pared. Siempre a la pared.

Estuvieron con eso hasta la una. Y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo decidiera, la conversación se volvió otra cosa sin cambiar ni una palabra de vocabulario.

—Lo que me preocupa no es la carga —dijo ella, con el metro apoyado en el forjado—. La carga es un número, se calcula y se resuelve. Lo que me preocupa es lo que estaba aguantando sin que se supiera.

—El muro.

—El muro. Doce años haciendo un trabajo que nadie le había encargado. —Anotó una cota—. Y ahora resulta que si tocas lo que está encima, tienes que tocarlo a él también. No puedes reforzar el forjado y dejar el muro como estaba, porque el muro se ha acostumbrado.

—¿Y qué se hace con un muro así?

—Se le reconoce. Se le dibuja en el plano, se le calcula, y se le pone lo que necesita para seguir haciendo lo que ya hacía.

—Vera bajó el metro—. Y a veces se descubre que estaba fatal y que ha aguantado de milagro, y entonces hay que apearlo y demolerlo, y todo lo que había encima se cae si no lo has apuntalado antes.

Martín estuvo un rato sin decir nada, agachado, marcando el punto del anclaje con el lápiz plano.

—Yo he visto casas viejas —dijo— donde un tabique de siete acaba llevando el peso de todo. Y las tiras y se te viene abajo la planta.

—Eso es exactamente lo que digo.

—Ya. —Marcó una cruz—. Pero un tabique de siete no está hecho para eso. O sea, que aguanta, pero aguanta mal. Y mientras aguanta, nadie mira si está bien.

—Nadie mira si está bien.

—Nadie. Solo se mira lo que está encima.

Vera se quedó con la libreta abierta y no escribió nada durante unos segundos.

—¿Y qué pasa cuando se lo dices? —dijo—. Al tabique de siete. Cuando le dices oye, que llevas veinte años haciendo un trabajo que no era tuyo, que ya está, que ya te apeo yo esto y puedes dejar de aguantar.

Martín seguía agachado con el lápiz.

—Pues que a lo mejor no sabe hacer otra cosa.

—Eso no es un problema del tabique. Eso es un problema de quien no le puso una viga a tiempo.

—También.

—No hay también. —Vera cerró la libreta con el dedo dentro—. Un tabique que aguanta lo que no le toca no es un héroe. Es un fallo de proyecto que todavía no ha reventado.

Martín se levantó y se limpió las rodillas.

—Vale —dijo Vera—. Pues vamos a mirar el muro.

Comieron los cuatro bajo el limonero. A las cuatro llegó el audio de Lucía, tres minutos y medio, mientras Vera estaba sola en la planta alta comprobando las cotas del apoyo.

Hija, que Nacho ha montado la cuna. Bueno, la ha montado torcida, pero la ha montado, y yo he decidido que lo importante es el gesto y no la escuadra, mírame qué madura.

Oye, que te llamo por otra cosa. Que me contó Tono, el de la cuadrilla, que es primo de la mujer de mi cuñado, ya sabes cómo es esto, que estáis para septiembre y que la casa va bien.

Y que también me contó otra cosa, que no te voy a decir porque no es asunto mío, pero vamos, que en este pueblo el que no corre vuela.

Una pausa, ruido de bolsa.

Vera, yo no te voy a decir lo que tienes que hacer. Tú sabrás lo que haces.

Otra pausa.

Que es lo peor que se le puede decir a nadie, ya lo sé. Pero es que las otras cosas que se me ocurren son peores. Un beso, guapa, y llámame cuando puedas, que estoy sola en un tercero con un ventilador.

Vera escuchó el audio dos veces, la segunda con los ojos en el hueco de la ventana.

Luego bajó, terminó el replanteo con Martín, cerraron la posición del perfil, dieron la orden del hormigonado para el viernes, y a las ocho menos cuarto, cuando Rachid y Tono ya se habían ido y Martín estaba cargando la furgoneta, Vera se quedó sola delante del tablón de obra que había colgado en la pared del salón.

Era una hoja A2 plastificada con las cuatro semanas de julio y las cuatro de agosto en cuadrículas, y dentro de las cuadrículas, escritas en rotulador negro por ella, todas las fechas que importaban.

Hormigonado 17. Curado siete días. Instalaciones desde el 24.

Solados desde el 3 de agosto. Alicatado.

Carpinterías, con una flecha larga que empezaba el 20 de julio y terminaba el 31 de agosto.

Destapó el rotulador y buscó el domingo dos de agosto.

Y ahí se detuvo, porque lo primero que le salió fue escribir el nombre completo, y lo segundo fue calcular que aquella hoja la miraban cada mañana cuatro personas, y lo tercero fue darse cuenta de que estaba calculando eso.

Escribió una K y un punto.

Y se quedó así, con el rotulador destapado en la mano, a treinta centímetros de la hoja, sin escribir nada más y sin taparlo, delante de un calendario en el que todo lo demás tenía nombre y apellidos técnicos.