La casa, año cuatro
La casa, año cuatro
Año cuatro.
El seis de abril, por la mañana, entró un camión pequeño por la calle B y paró delante de la parcela nueve.
Bajaron dos hombres y estuvieron cuatro horas.
Sacaron un sofá de tres plazas envuelto en plástico, una mesa camilla, un colchón, ocho cajas de cartón con letras escritas en el costado, dos maletas, una televisión, una bicicleta estática que no se volvió a usar, un armario desmontado en piezas numeradas y una regadera de plástico verde que uno de ellos llevó en la mano hasta la puerta, aparte, porque no cabía en ningún sitio.
A la una y media el camión se fue vacío y en la parcela nueve quedó un hombre solo de pie en su porche.
Aquella noche, a las nueve y veinte, se encendió la bombilla de ese porche.
Era una bombilla de cuarenta vatios en un portalámparas de porcelana bajo un tulipa de cristal. Se veía desde la rotonda, se veía desde la curva de la carretera del mar y se veía desde los doce huecos de ventana de la casa de la parcela veintisiete, que estaba a cuatrocientos metros en línea recta.
Se quedó encendida toda la noche. La noche siguiente también. Y la siguiente.
Fue, en cuatro años, la primera luz que hubo en Mar de Azahar que no se apagó a las tres de la madrugada.
Aquel año, en junio, en una casa de la calle de la Sènia, un hombre de sesenta y seis años se cayó en el pasillo un jueves por la tarde y estuvo veinte minutos en el suelo sin poder levantarse ni entender del todo por qué.
Once días después salió del hospital hablando bien y andando mal, y ya no volvió a su piso.
Su hijo le montó la habitación de abajo, la que daba al patio, con la cama del lado de la pared buena, y le quitó las dos alfombras del pasillo, y puso un asidero en la ducha, y aprendió a cortarle el pan en cuadrados porque con las rebanadas se cansaba.
Aquel verano ese hombre no bajó ni una sola noche al garaje a ver qué hacía su hijo con la furgoneta cargada, porque se acostaba a las nueve y media, y ese fue el año en que las noches empezaron a rendir de verdad.
Y en el norte, aquel año, una mujer recibió por correo un documento con un sello en relieve y una apostilla, y con ese papel dejó de ser una arquitecta extranjera para pasar a ser una arquitecta.
En noviembre entregaron su primer edificio construido de principio a fin con su firma: veinticuatro viviendas de alquiler en un barrio de ladrillo oscuro, con los tendederos hacia el patio.
En la fotografía de la entrega salía en la segunda fila, con abrigo.
La casa aquel año no tuvo obra, ni robos, ni temporal. Tuvo, desde abril, una luz encendida a cuatrocientos metros, hacia el oeste, todas las noches, que le entraba por el hueco del salón y le llegaba al suelo.