Capítulo 16
Las fiestas de Miravent son del nueve al doce de julio y el sábado once es el día grande, con vaquillas por la mañana, paella popular a las dos y orquesta en la plaza a las once y media de la noche.
Martín llevaba sin ir cuatro años. Aquel año fue por dos razones que no se dijo seguidas: porque Rachid y Tono se lo pidieron delante de ella, y porque ella dijo que sí antes de que él contestara.
Llegaron a la plaza cuando ya no cabía nadie. La orquesta era una de las que van por el Maestrat con seis músicos y dos cantantes que se cambian de ropa tres veces, y estaba montado el escenario contra la fachada del ayuntamiento, tapando el reloj.
Y el pueblo hizo lo que hace un pueblo.
No los miró. Eso fue lo peor. Un pueblo que no te mira es un pueblo que ya ha decidido.
—Los de la casa —dijo el del bar, poniéndoles dos cervezas sin preguntar—. ¿Qué, para agosto?
—Para septiembre.
—Bien, bien. Ya era hora de que se acabara aquello.
Y siguió sirviendo. Ni una pregunta más, ni un titubeo, ni un vistazo a Vera de reojo.
En veinte minutos les pasó cuatro veces: la del estanco, un primo de Tono, una señora que había ido al colegio con Amparo y el concejal de fiestas.
Los de la casa. Todos con la misma naturalidad, todos con la misma expresión de estar hablando de un asunto municipal de largo recorrido que por fin se resuelve, y ninguno, ni uno, con la más mínima intención.
Y sin embargo cada vez que lo decían, dos personas que llevaban un mes trabajando juntas se quedaban medio segundo sin saber dónde poner la cara.
Tono estaba insoportable, que era su estado natural en fiestas.
Había corrido delante de una vaquilla por la mañana, lo tenía grabado en el móvil desde cuatro ángulos distintos y lo estaba enseñando por orden cronológico a todo el que se paraba.
Rachid llevaba a su hija pequeña a hombros hasta que la madre se la llevó a dormir, y luego se sentó en el escalón del ayuntamiento con una gaseosa y se dedicó a mirar a la gente, que era lo que le gustaba.
—¿Tú no bebes? —le preguntó Vera.
—Yo no. Pero vengo, porque si no vienes un año, al siguiente ya no eres del pueblo. —Se encogió de hombros—. Y yo aquí llevo veintitrés años.
Nuria apareció con la camiseta de la peña y un cubata.
—¡Anda! —Le dio un abrazo a Martín, de los cortos y fuertes—. Si sales de casa y todo.
—Una vez al año.
—Cada cuatro. —Se giró hacia Vera y le tendió la mano con una sonrisa entera—. Nuria. Yo tengo la clínica veterinaria de la carretera.
—Vera.
—Ya sé quién eres. —Y lo dijo tan bien, tan sin doblez, que a Martín se le pasó el susto en el sitio—. Aquí lo sabemos todos, hija, esto tiene cuatro mil habitantes y dos de ellos son interesantes.
Estuvieron un rato los tres. Nuria contó una historia larguísima de un galgo con una espiga en la oreja. Preguntó por Ginés con esa manera de preguntar de la gente que ha estado en la casa y sabe lo que hay. Se metió con Martín por lo de la furgoneta, que era la misma de 2013.
Y en algún momento, hablando de otra cosa, mirando a la orquesta, dijo:
—Este hombre es que no sale. Yo estuve con él dos años y creo que salimos de noche cinco veces. —Le dio con el codo—. Se acostaba a las diez y media como los pájaros. Bueno, se acostaba no. Se iba.
—¿Cómo que se iba? —dijo Vera.
—Al taller, decía. —Nuria se encogió de hombros y se bebió lo que le quedaba—. A saber. Yo dejé de preguntar. Dos años preguntando y siempre era el taller.
Y ya estaba hablando del galgo otra vez.
Martín se quedó con la cerveza en la mano, sin girar la cabeza hacia Vera, mirando al cantante que en ese momento se cambiaba el sombrero por otro sombrero, y por dentro hizo una cosa que había hecho pocas veces en su vida: contar hacia atrás desde cien.
La orquesta arrancó el pasodoble de la una y la plaza se llenó.
—Va —dijo Tono—. A bailar.
—No.
—Que es el pasodoble.
—Que no, Tono.
—Jefa, dígale usted algo.
—Yo bailo peor que él —dijo Vera—. Y a mí me han visto.
—¿Y a él no?
—A él lo han visto peor.
Se rieron todos y se salvó por el humor, que es como se salvan estas cosas en un pueblo, y Martín entendió que ella le había dado la salida antes de que él la buscara.
Se fueron a la una y cuarto andando, porque el coche lo había dejado él en la esquina de la calle de la Sènia y a ella la llevaba a casa de Amparo, que estaba en la otra punta, y porque en una noche de julio, después de las vaquillas y la paella y el pasodoble, andar es lo único que apetece.
Cogieron la carretera del mar, que sube y baja y va sin farolas los últimos ochocientos metros.
—Tu amiga es maja.
—Nuria es de las mejores personas que conozco.
—Se nota que lo dices en serio y eso también se nota poco.
Anduvieron un rato sin hablar. Se oía la música de la plaza detrás, cada vez más de bajos y menos de melodía, que es como se oye la verbena desde fuera, y delante, el mar, que no se veía y se oía.
—¿Tú qué serías? —preguntó ella.
—¿Cómo que qué sería?
—Si no hubieras sido carpintero. Si en 2005 alguien te llega a dar a elegir.
Martín anduvo veinte metros pensándolo, porque era una pregunta seria y a las preguntas serias hay que contestarlas o no contestarlas, pero no despacharlas.
—Lo mismo —dijo—. Pero en otro sitio. Yo lo que quería era el oficio. El pueblo vino de regalo.
—¿Y te lo habrías llevado a otro sitio?
—A los veintiséis, sí. A los treinta y dos ya tenía a mi padre. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Y tú?
—Yo lo mismo también. —Vera iba mirando el suelo—. Yo habría hecho exactamente lo que he hecho. Esa es la parte que no le gusta a nadie cuando la digo en voz alta.
—A mí no me molesta.
—Ya. A ti no.
Bajaron la cuesta. A la izquierda quedaban los invernaderos viejos, con los plásticos rotos moviéndose.
—Te voy a decir una cosa y no te la tomes a mal —dijo ella—. Aquella noche, cuando yo dije lo de Róterdam, lo de que es descansado. Lo dije como si fuera poca cosa.
—No lo dijiste como si fuera poca cosa.
—Un poco sí. —Vera anduvo unos pasos—. Y no lo es.
Yo allí tengo una vida entera. Tengo un estudio en el que se me escucha, tengo amigos, tengo un hombre que me quiere bien y al que quiero bien, y tengo doce años de haberme construido todo eso sola en un idioma que no era el mío.
Eso no es descansado. Eso me ha costado.
Martín miró la carretera.
—Ya lo sé.
—No, si no te lo estoy discutiendo. Te lo estoy contando. —Se apartó el pelo de la cara—. Es que me he dado cuenta de que aquí, en este mes, lo he estado contando todo en pequeñito. Como si fuera un paréntesis. Y no lo es.
—Vale.
—Vale.
—Pues me alegro.
Y lo dijo de verdad, que fue lo que le fastidió a él mismo.
Llegaron al alto desde donde se ve la urbanización, que es el punto en el que la carretera hace la curva y se abre el valle.
Mar de Azahar estaba negra del todo. Sesenta y dos parcelas, catorce ruinas, dos kilómetros de calles trazadas, y desde la avería de la tormenta ni una farola encendida en toda la extensión.
Solo había una luz, chiquitita, abajo a la izquierda: la bombilla del porche de la parcela nueve, que Fermín dejaba puesta toda la noche desde 2018 y que se veía desde la carretera como se ve un barco.
Se quedaron los dos parados mirándola sin decir que se paraban.
—Hay que ver lo que alumbra una bombilla de cuarenta.
—Cuando no hay otra cosa.
—Lleva puesta desde el dieciocho. Ocho años.
—¿Y no la apaga?
—Dice que la deja por si alguien sube de noche y se pierde. —Martín se quedó mirándola un momento más—. En ocho años no ha subido nadie.
Siguieron andando. Ninguno de los dos tocó al otro en toda la noche, ni al despedirse en el portal de Amparo, donde se dijeron hasta el lunes y nada más.
Y ninguno de los dos repitió en voz alta lo que había dicho el concejal de fiestas a las doce y media, delante de la barra, con el vaso en la mano y sin ninguna malicia, mientras señalaba a los dos con la barbilla:
Se os ve bien juntos.