Capítulo 15
El expediente del concurso de Promociones Azahar Levante S.L. ocupaba, en el archivo del juzgado de lo mercantil número dos de Castellón, cuatro cajas de cartón, y el miércoles ocho de julio Vera Lozano pidió las cuatro.
Le dieron una mesa en la sala de consulta, una silla y hasta las dos.
No iba buscando nada. Eso es lo que se dijo a sí misma en el coche y lo que le habría dicho a cualquiera que se lo preguntase: iba a mirar los antecedentes de la unidad para preparar la legalización, porque una licencia de primera ocupación de una obra parada doce años necesita un relato administrativo coherente y ese relato estaba en aquellas cajas.
Empezó por el final y fue hacia atrás.
Y lo que encontró, en cinco horas, fue una anomalía sin dramatismo ninguno: su mitad de aquella casa era, de lejos, el trozo de aquel concurso mejor cuidado.
Personación en tiempo y forma, abril de 2015, con el poder de 2012 protocolizado y unido.
Escrito de opción por el mantenimiento del contrato, mayo de 2015, dos folios secos.
Comparecencias en los incidentes que tocaban y en ninguno de los que no tocaban.
Aportación de justificantes de tasas cada ejercicio, con sello.
Un escrito de 2018 solicitando copia del acta de recepción parcial de la urbanización.
Otro de 2021 pidiendo que se requiriera a la administración concursal para que repusiera el vallado del lindero norte, con dos fotografías grapadas del boquete de la malla.
Doce años de alguien haciendo, cada primavera, exactamente lo que había que hacer.
Vera se detuvo en el escrito de 2021, el del vallado, porque era el único que tenía algo que no era administrativo.
Las dos fotografías estaban tomadas con un móvil malo, a contraluz, y en una de ellas, al fondo, detrás del boquete de la malla, se veía la esquina sur de la veintisiete y el limonero.
Quien hizo la foto se había colocado a propósito para que en el encuadre entrara el árbol. Un perito no lo habría hecho: un perito encuadra el daño.
Lo pensó dos segundos y siguió pasando hojas, porque en un archivo judicial una fotografía torcida no significa nada y ella tenía cuatro cajas y hasta las dos.
Y en la caja cuarta, en el tomo del año en curso, en una diligencia de ordenación de dieciséis de abril de 2026, dos líneas:
Se hace constar el cambio de domicilio a efectos de notificaciones respecto de la cotitular Sra. Lozano Gil, instado por el cotitular Sr. Sanchís Ferrer, quedando fijado el que consta en el escrito presentado.
Y debajo, la dirección de Róterdam, con el número, la letra, el código postal y todo.
Vera la leyó tres veces.
Lo que entendió fue lo siguiente: que hasta abril de 2026 el juzgado no tenía su dirección, y que si el auto de mayo le había llegado a Róterdam era porque en abril alguien se había preocupado de que le llegara.
Eso, en frío, no significaba nada raro: el cotitular tiene que comunicar los domicilios y a él le convenía que ella recibiera la notificación, porque sin las dos firmas no había adjudicación.
Le convenía. Ahí estaba la explicación. Le convenía.
Lo apuntó en la libreta con esa palabra y siguió.
A la una llamó al despacho que llevaba el pleito colectivo, que era un despacho de Valencia con seis abogados y una centralita. La pasaron con un letrado joven que estuvo muy amable ocho minutos.
—Ustedes no son de los nuestros, claro. Ustedes mantuvieron el contrato.
—Eso es.
—Entonces yo poco puedo decirle. Nosotros llevamos la reclamación de cantidades contra la entidad avalista de los que resolvieron.
—Solo quiero saber una cosa. En estos doce años, ¿ha habido alguna asociación de afectados que pagara tasas o gastos de los compradores que se quedaron fuera?
—Hubo una asociación, sí, la de Mar de Azahar, muy activa entre 2015 y 2018. —Se oyó teclear—. Pero no. La asociación pagaba la cuota y con la cuota se pagaba a nosotros. No pagaba los gastos particulares de nadie. Eso sería, además, bastante irregular.
—¿Y la administración concursal? ¿Puede haber pagado ella el IBI de una unidad concreta?
—Podría, si estuviera en la masa. Pero es que su unidad no está en la masa desde 2015, señora Lozano. Su contrato estaba vivo. Los gastos de una unidad con contrato vivo los paga el comprador.
—El comprador.
—Los compradores, en su caso. Ustedes dos.
Vera dio las gracias y colgó, y estuvo sentada en el coche, en el aparcamiento del juzgado, con las llaves en la mano, unos tres minutos.
Después construyó, con la eficacia con la que construía todo, una explicación que le sirviera.
Era esta: Martín había ido pagando la conservación y el IBI de la casa entera todos estos años, incluida la parte que le correspondía a ella, porque una casa a medias no se puede pagar a medias cuando la otra mitad está en otro país y no coge el teléfono.
Y no le había pasado la factura porque los hombres como él no pasan facturas: la guardan en un cajón y la sacan cuando les conviene, o no la sacan nunca y se quedan con la razón, que es lo que de verdad querían.
Eso era feo, era propio de un pueblo, y era perfectamente asumible.
Le tranquilizó tanto que llegó a hacer un número: doce años de IBI y conservación de una parcela así, con la casa sin terminar, no debía de pasar de mil quinientos, dos mil euros.
Se lo devolvería con el primer pago de la venta y punto.
Lo apuntó en la libreta, en la columna de gastos pendientes, y hasta le puso un signo de interrogación al lado de la cifra.
A las tres y media, en el coche, le entró un mensaje de Koen.
Buenos días, arquitecta. Aquí llueve como una avería pequeña.
He mirado vuelos y hay uno bueno el 2 de agosto por la mañana, vuelvo el 6 o el 9, como te venga mejor a ti y a tu tejado.
No compro nada hasta que me digas. Ayer estuve en la exposición de maquetas del museo y me acordé de ti todo el rato: había una de una ciudad que nunca se construyó.
Vera leyó el mensaje entero dos veces.
Era un mensaje bueno. Era exactamente el mensaje que escribe un hombre que acordó en mayo no hablar de octubre y lo está cumpliendo, que pregunta sin pedir, que ofrece dos fechas de vuelta en vez de una, y que además ha visto una cosa en un museo y ha pensado en ella.
Se podía contestar en catorce segundos y con tres palabras.
Luego arrancó, condujo a Miravent, estuvo cuatro horas en el andamio con Rachid rejuntando el testero este, bajó, revisó el replanteo del refuerzo con Martín, discutió con él sobre el anclaje del perfil, ganó la discusión, cerró la obra, se despidió de los tres y se subió al coche.
A las siete y cuarenta minutos de la tarde contestó al mensaje.
El 2 me va bien. Compra.
Volvió a casa de su madre, cenó, se metió en su cuarto y abrió el ordenador para pasar a limpio las notas del juzgado.
Puso una a una las fechas: mayo de 2015, la opción por el contrato.
Abril de 2026, la diligencia. Y las dos del final, las suyas: treinta de septiembre, licencia.
Uno de octubre, escritura de la sociedad en Róterdam.
Las dos fechas quedaron una debajo de la otra en la pantalla, separadas por menos de un centímetro y por catorce horas de avión, y Vera las miró un rato y luego cerró el portátil sin apagarlo.
Al lado tenía la carpeta de las fotocopias que le habían dejado sacar del juzgado. La abrió por la última.
Era el justificante de la tasa de conservación del ejercicio 2019, el de ventanilla, el que había pagado alguien un martes de mayo por la mañana en la oficina de la plaza.
En el reverso, en el recuadro del que presenta, había una firma manuscrita.
No era la suya.
Era corta, dos trazos y un remate hacia abajo, y Vera la conocía, y estuvo mirándola quince segundos con la certeza absoluta de haberla visto antes y sin saber decir dónde, porque la memoria funciona así de mal con las cosas que uno tiene delante todos los días.