Capítulo 14
Vera Lozano entró en la casa de la calle de la Sènia con un ramo de tomates de Fermín y una caja de rosquilletas, el sábado cuatro por la tarde.
Martín llevaba desde el jueves preparándose para eso.
No se había puesto nervioso por la casa, que estaba limpia porque siempre estaba limpia. Se había puesto nervioso por dos cosas: por su padre, que era una lotería que se juega cada día a las seis de la tarde, y por lo que había en las paredes.
En aquella casa no había un solo mueble comprado.
Un carpintero soltero de treinta y nueve años que ha estado doce años sin salir de noche fabrica muebles, porque las horas hay que meterlas en algún sitio, y Martín supo desde el jueves que Vera iba a entrar por aquella puerta y a leer la casa entera de una pasada, porque leer una casa es exactamente su oficio.
Y eso fue lo que hizo. Entró, saludó a Ginés, dejó los tomates en la cocina, y luego, mientras él ponía el agua, la oyó ir por el pasillo despacio, parándose.
—Esta librería es preciosa.
—Es de mi padre.
—Ya lo sé. Se ve. —Vera pasó el dedo por el canto redondeado de una balda—. ¿Y la mesa del salón?
—Mía.
—¿De cuándo?
—No me acuerdo.
Se acordaba. Del invierno de 2016, y de que la empezó un martes.
Ella siguió. La estantería del rincón. El mueble del televisor, con las puertas de correderas de madera, que es una manera antigua de resolverlo y bastante más difícil que la moderna. Un banquito de dos plazas en el recibidor, con el asiento de anea, hecho para un sitio donde nadie se sienta nunca.
—¿Y esto?
—También.
—Martín.
—Dime.
—¿Cuántos muebles has hecho para esta casa?
Él sacó las tazas del armario y las puso en la bandeja, una al lado de la otra.
—Los que hacían falta.
No era eso lo que ella había preguntado y los dos lo sabían. Vera se quedó un momento en la puerta de la cocina, con el hombro apoyado en el marco, y no repitió la pregunta.
Ginés estaba bien aquel día. Estaba de los buenos.
La reconoció en cuanto la vio, sin dudar medio segundo, sin ese repaso de arriba abajo que hace cuando busca en el archivo y no encuentra.
—Vera —dijo, y levantó las dos manos de los brazos del sillón—. La hija de Andrés.
Y a Martín se le quedó el pecho parado en la mitad, porque hacía cuatro meses que su padre no producía un nombre y un apellido y un parentesco seguidos, en ese orden, a la primera.
Estuvieron una hora larga en el comedor con el té y las rosquilletas.
Ginés preguntó por Amparo. Preguntó por el bar de la plaza, que ya no existe.
Contó dos veces la misma anécdota de un encargo de 1994 y las dos veces la contó bien, y Vera se rio las dos veces igual, y en la segunda le hizo una pregunta técnica que no le había hecho en la primera, y Martín vio a su padre erguirse en la silla para contestarla.
—El barniz de poliuretano en una puerta exterior es un disparate —dijo Ginés—. Sella. Y la madera tiene que respirar como respiramos nosotros. Le pones aceite y le pones una mano cada dos años y esa puerta se muere después que tú.
—Eso mismo le he dicho yo a su hijo esta semana.
—Pues hágale caso, que es muy suyo.
Vera se rio y le preguntó por el taller de la nave, y Ginés se lo contó: los tres bancos, la escuadradora del setenta y ocho, la chapa del techo que en agosto convertía aquello en un horno y por eso empezaban a las seis de la mañana.
Contó que llegó a tener a cuatro hombres.
Contó los nombres de los cuatro y se equivocó en uno, y se corrigió solo.
—Y a mí lo que me gustaba era la cocina —dijo—. La cocina de una casa es lo único que se usa todos los días. Un armario lo abres, una puerta la cruzas. La cocina la vives.
—En eso estamos de acuerdo.
—Pues claro que estamos de acuerdo, si es de cajón. —Ginés cogió una rosquilleta y la partió—. Yo por eso las hacía yo. Las de la fase uno las corté yo, una por una, en el ochenta y ocho.
—En el 2013, papá.
—En el 2013.
Lo aceptó sin ninguna violencia, como se acepta que llueva. Aquella era la parte que a Martín le costaba explicar a la gente: que su padre no se resistía. Que le corregías la década y decía que sí y seguía, y que esa docilidad era mil veces peor que si hubiera discutido.
Fue la hora más fácil que Martín había pasado en aquella casa en tres años.
Y por eso, cuando se torció, no lo vio venir.
Se torció a las siete y veinte, con la naturalidad con la que se tuercen estas cosas: sin cambio de tono, sin pausa, en mitad de una frase amable. Ginés dejó la taza en el plato, miró a Vera y luego a su hijo, y preguntó, con la cara de quien se acuerda de un asunto pendiente:
—¿Ya os han dado la casa?
—Nos la han dado, papá. En mayo.
—Ah, bueno. —Asintió, satisfecho—. Ya era hora. Porque las cocinas están pagadas con creces.
Martín no se movió.
Fue lo único que se le ocurrió: no moverse, no mirar a Vera, no corregir, no reír, no cambiar de tema deprisa. Alargó la mano hacia la tetera con una lentitud de submarinista.
—¿Quieres más, papá?
—No, hijo.
—¿Y usted, Vera?
—No, gracias.
Vera lo dijo con una amabilidad perfecta y no dijo nada más.
No preguntó qué cocinas. No preguntó pagadas por quién.
No preguntó con creces por qué. No hizo ni una sola de las cuatro preguntas que cualquier persona normal habría hecho en ese segundo, y Martín, que llevaba tres semanas agradeciendo cada vez que ella no preguntaba, entendió aquella tarde en el comedor de su padre que las veces que no preguntaba eran justamente las peligrosas.
Ginés siguió a lo suyo, que era ya otra cosa, un asunto de una furgoneta.
Martín recogió las tazas. Fue a la cocina, las dejó en el fregadero, abrió el grifo y las lavó las tres, despacio, de espaldas a la puerta, y mientras las lavaba hizo la cuenta de lo que su padre había dicho exactamente.
Las cocinas están pagadas con creces.
Se podía leer de dos maneras. La buena: que la promotora dejó a deber ciento cuarenta mil euros por unas cocinas que ya estaban entregadas, o sea, cobradas de más por quien no las pagó.
Un viejo carpintero arruinado quejándose de una deuda de 2014.
Cualquiera lo entendería así, y era además la verdad.
Y la otra.
Cerró el grifo. Cuando volvió al comedor, Vera estaba enseñándole a su padre una foto del refuerzo del forjado en el móvil y Ginés opinaba, y no había pasado nada, y esa fue exactamente la sensación con la que Martín se quedó toda la noche: que no había pasado nada, igual que no pasa nada cuando se abre una fisura de dos décimas en un tabique.
A las ocho menos veinte Vera dijo que se iba.
Ginés se levantó a despedirla, apoyándose en el brazo del sillón, y le dio la mano, y le cogió los dedos con las dos suyas.
Y no la soltó.
Se la quedó un momento, girándosela un poco hacia la luz de la ventana, mirándole el dorso y luego la palma, con las yemas encima de los callos nuevos que le habían salido a Vera en tres semanas de pala y de andamio.
Le pasó el pulgar por la base de los dedos, una vez, de fuera adentro.
Igual que pasaba la mano por el canto de un tablón para saber de dónde venía.