Capítulo 13
La veintisiete todavía olía a la tormenta.
Aquel uno de julio Vera empezó por el canal del mortero, como habían quedado, pero Martín ya lo había picado a las seis y media y lo había recogido en un cubo, así que se pasó a lo siguiente de la lista: revisar mueble por mueble el interior de la cocina, que había estado dos horas con veinte centímetros de agua en el suelo del salón a cuatro metros.
Abrió el bajo de la izquierda. Seco. El segundo, seco. El tercero, seco: los zócalos eran de veinte milímetros y estaban rebajados por abajo, lo cual era una previsión de alguien que sabía que aquel suelo iba a estar mojado alguna vez.
En el cuarto, en el fondo, contra la trasera, había una viruta.
Vera la cogió con dos dedos.
Era una viruta de cepillo de mano, larga, enroscada como un muelle, de las que salen cuando la cuchilla está bien afilada y el hombre que empuja sabe empujar.
Y era clara. La madera, cuando se corta, tiene un color y a las tres semanas tiene otro; el aire la oscurece igual que oscurece una manzana.
Aquella viruta era del color de la madera recién abierta.
La olió. Olía.
Se quedó un momento agachada delante del mueble bajo, con la viruta en la mano, y luego la dejó otra vez en el fondo del cajón exactamente donde estaba, cerró, y salió al porche.
Martín estaba cargando el cubo de escombro en la furgoneta.
—Oye. ¿Has estado trabajando aquí?
—¿Aquí dónde?
—Dentro. En la cocina.
—No.
—Es que hay una viruta de cepillo en un cajón. Reciente.
Martín dejó el cubo en el suelo de la furgoneta y lo empujó hasta el fondo con el pie antes de contestar, y ese medio segundo fue lo que a Vera se le quedó, más que la respuesta.
—Fermín guarda trastos ahí a veces —dijo—. Tiene la llave del portón desde hace años, para regar cuando yo no vengo. Se mete a hacer cosas suyas. El otro día le arreglé un mango de azada.
—¿Aquí?
—En la furgoneta, con la garlopa pequeña. Y luego entró a por agua.
Era razonable. Era plenamente razonable, y encajaba con el hombre de la parcela nueve y con su huerto y con su costumbre de estar en todas partes, y una viruta de garlopa puede viajar en una manga y caer en un cajón.
Lo único que no encajaba era el cepillo. Una garlopa de banco no se usa de pie en la caja de una furgoneta para rebajar un mango de azada: para eso se usa una escofina o una lija, y sale polvo, no una viruta enroscada de veinticinco centímetros.
Vera estuvo a punto de decirlo. Lo tenía formulado y le habría llevado once palabras.
—Vale —dijo.
Y se guardó las once palabras, y se sorprendió a sí misma guardándoselas, porque a Vera Lozano se le podían reprochar muchas cosas y ninguna era callarse una objeción técnica.
A las ocho llegaron Rachid y Tono en un Ibiza con la baca puesta.
Rachid tenía cuarenta y dos años, era de Tetuán, llevaba en Miravent desde los diecinueve y hablaba castellano con acento de Castellón y valenciano de tajo.
Tono tenía veintiséis, era hijo de un albañil de Torreblanca y no había hecho otra cosa en su vida.
Trabajaban juntos desde hacía cuatro años y funcionaban como funcionan las cuadrillas viejas: uno hablaba todo el rato y el otro no hablaba nunca, y aquel día Vera todavía no sabía cuál era cuál.
Bajaron la hormigonera, el andamio de dos cuerpos y una radio.
—Radio no.
—¿Cómo que radio no?
—Que hay una en la cocina.
Y era verdad. Vera no lo había registrado hasta ese momento, y cuando entró detrás de él lo vio: en la balda del vasar, a la derecha, un transistor de plástico beis con la antena torcida, salpicado de esmalte blanco y de barniz, con el cable enrollado en un gancho de la pared.
Estaba puesto ahí como está puesto un tornillo de banco en un taller: con la naturalidad de las cosas que llevan años en su sitio.
Martín lo enchufó al generador y lo encendió sin mirar y sonó la emisora de la provincia.
—Esa radio es del año de la polca.
—Esa radio ha visto más obras que tú.
A las nueve Vera los reunió a los tres en el salón con el plano encima de dos borriquetas.
Y ahí empezó su mejor hora del mes.
Repartió: Rachid y Tono, andamio y fachada norte, rejuntado y saneado del cara vista hasta el ángulo; Martín, replanteo del refuerzo del forjado; ella, arriba, con el nivel láser y las cotas de los apoyos.
Explicó el orden y explicó por qué ese orden, que es la diferencia entre un jefe de obra y un capataz.
Dio la fecha del hormigonado. Dijo lo que no se tocaba: la cocina, cerrada, con el plástico puesto, y el paño de ladrillo con las rayas de lápiz, del que dio la medida exacta y ninguna explicación.
—Metro veinte desde el ángulo. Ahí no entra el revoco. Ni una llana.
—¿Y eso por qué? —dijo Tono.
—Porque lo digo yo, que soy la que firma.
Rachid se rio.
—Esta va a durar —dijo.
A media mañana subió Fermín con la azada, como cada día, a supervisar sin que nadie se lo hubiera pedido.
Se quedó veinte minutos mirando montar el andamio con las manos en la espalda y luego dictaminó que el segundo cuerpo estaba bajo de nivel por el lado del limonero, y tenía razón, y hubo que meter dos calces.
—Yo he trabajado en la vía cuarenta y un años —dijo, sin que nadie le preguntara—. Y en la vía, o está a nivel, o descarrila.
A la una y media pararon a comer bajo el limonero, los cuatro, con la radio puesta.
Vera aprovechó para decir lo otro, y lo dijo delante de la cuadrilla a propósito, porque las cosas que se dicen delante de testigos se cumplen mejor.
—Tres cosas nuevas ahora que somos cuatro.
Una: el andamio se revisa cada mañana antes de subir, y lo reviso yo.
Dos: nadie trabaja solo en altura, ni a las ocho de la mañana ni a las nueve de la noche.
—Miró a Martín medio segundo—. Y tres: en esta obra no se duerme.
Se cierra a las ocho y se va todo el mundo a su casa.
—¿No dormías tú aquí? —preguntó Tono, con la boca llena.
—Dormía. Y a partir de hoy, no.
Nadie preguntó por qué, que era lo que ella quería.
Por la tarde subió al andamio a comprobar el arranque del rejuntado y estuvo veinte minutos arriba con Rachid, discutiendo la dosificación del mortero de cal, y en algún momento se olvidó del calor y de la casa y de todo lo demás, porque discutir dosificaciones a cuatro metros del suelo con alguien que sabe es una de las pocas cosas que a Vera le habían gustado siempre sin ninguna reserva.
Cuando bajó, Martín estaba abajo con el metro en la mano, parado, mirándola.
No fue nada. Fue un segundo y medio, y en cuanto ella tocó suelo él se giró hacia el plano.
Pero Rachid iba detrás de ella por la escalera del andamio y lo vio entero, y no dijo nada, y se puso a silbar.
Eso fue peor.
A las ocho se fueron todos. Vera cargó el colchón hinchable en el maletero, con el hinchador, el saco y la manta de su madre, y arrancó la última.
Antes de arrancar sacó del bolsillo del pantalón de obra la viruta, que se había vuelto a guardar a media tarde sin decidirlo, y la miró un momento a la luz del salpicadero.
Seguía clara. Doce horas al aire y seguía clara, lo que quería decir que cuando ella la encontró por la mañana no tenía ni un día. Y además tenía el rizo apretado y regular de principio a fin, sin saltos, que es lo que sale de una pasada larga sobre una pieza larga: no de rebajar un mango.
La dejó dentro del bolsillo.