La casa donde nunca vivimos La casa, año tres
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La casa, año tres

La casa, año tres

Año tres.

El temporal entró el nueve de enero por levante y estuvo cuarenta horas. No fue el viento, que en enero es normal, sino la combinación: el viento levantó la ola y la ola trajo la sal, y la sal se metió tierra adentro dos kilómetros y se quedó pegada a todo lo que encontró.

En la cubierta, el faldón norte perdió nueve tejas.

Seis se rompieron contra el suelo y tres se quedaron enteras encima de las amapolas, boca arriba, llenándose de agua.

Por el hueco que dejaron entró la lluvia durante cuarenta horas seguidas y bajó por el interior del muro hasta la planta baja, y en el mortero de la planta baja quedó una mancha con forma de mapa que ya no se fue en todo el año.

En marzo el limonero echó flor por primera vez.

Fueron doce flores y cuajó una. El fruto tardó ocho meses en hacerse y en noviembre estaba amarillo del todo, colgando a la altura de un hombre, en la rama que da al este.

Nadie lo cogió. En enero del año siguiente se cayó solo y se pudrió en tres semanas al pie del tronco, que es donde le servía al árbol.

Aquel año, en octubre, un hombre descargó cajas de un almacén de Vinaròs a las doce de la noche.

Fueron dieciocho cajas de cartón reforzado con esquineras, marcadas con rotulador en un costado, y las bajó de una en una de una furgoneta blanca aparcada de morro contra el portón.

Tardó dos horas. Las metió en la habitación que da al norte y las tapó con un plástico.

Nueve días después, a las once de la noche, en esa casa se encendió una luz.

Fue una luz de trabajo, de las de trípode, apuntada al techo para que no se viera desde fuera, y aun así se vio, porque una casa sin ventanas no guarda nada. Estuvo encendida hasta las tres y diez. Luego se apagó y hubo un motor y hubo silencio, y a la semana siguiente pasó otra vez.

Aquel año, dos mil kilómetros al norte, una mujer terminó un anteproyecto de vivienda unifamiliar para un matrimonio de Delft y en la memoria escribió que la cocina debía abrirse al sur con un hueco de dos metros sesenta.

El cliente preguntó si no era mucho para una cocina.

Ella contestó que en una casa la gente vive donde se cocina y que eso no lo dice ningún manual.

Ese mismo año, en septiembre, esa mujer se despidió de un hombre bueno en la puerta de un portal, sin gritos, y los dos dijeron cosas correctas y ninguno dijo nada que no fuera verdad.

Un limón amarillo colgando de una rama en noviembre. Una luz encendida a las once de la noche. Aquel año la casa tuvo las dos cosas y no supo qué hacer con ninguna.