Capítulo 12
La tormenta se vio venir desde las seis de la tarde, por el mar, con esa panza morada que en la costa significa lo que significa, y a las nueve y media descargó encima de Miravent con una violencia que en la radio local llamaron episodio y en el pueblo llamaron por fin.
Martín estaba cenando cuando le entró la llamada.
—Entra agua.
—Voy.
—No te lo estoy pidiendo, te estoy avisando.
—Que voy.
Tardó catorce minutos, con los limpiaparabrisas al máximo y el agua saltando de las cunetas a la calzada en la subida.
En la rotonda había un río de dos palmos bajando por la calle A, arrastrando zahorra y cañas, y la farola parpadeaba dentro de la cortina de agua como una cosa averiada dentro de otra cosa averiada.
Aparcó de morro contra el portón para tener las luces largas apuntando a la fachada.
Cuando llegó, las luces del coche barrieron la fachada y la vio a ella en el porche con el chubasquero puesto y una linterna frontal, y detrás, dentro de la casa, el brillo del agua en el suelo.
La gotera estaba en el faldón sur, en la parte que aún no habían tocado, y entraba por un solape de tela asfáltica levantado, y caía en el arranque de la crujía y corría por el mortero, y el mortero tenía la pendiente que tenía.
Corría directamente hacia la puerta de la cocina.
—Se está metiendo por debajo —dijo Vera—. Llevo veinte minutos con la escoba y voy perdiendo.
—Espera.
Hicieron dos cosas a la vez, porque no había tiempo de hacer una y luego otra.
Ella se puso a abrir un canal en el mortero con la maceta y el cortafríos, un surco de dos centímetros en diagonal para desviar el agua hacia el hueco de la ventana del office.
Él subió al altillo con el rollo de lona y las tablas, y desde dentro, con medio cuerpo fuera por el hueco de la escalera, tapó el solape por encima y lo lastró con lo que encontró: dos sacos de mortero y una viga de apeo.
Después apuntalaron. El faldón, con el peso del agua embalsada, había cedido dos centímetros en el centro.
Metieron dos puntales metálicos desde abajo, con sus durmientes de tabla para no punzonar el forjado, y los apretaron a mano, girando la tuerca por turnos porque a partir de cierto punto hace falta más brazo del que tiene una persona sola.
Ella medía la flecha con el metro apoyado en el techo y cantaba los milímetros, y él giraba.
—Once.
—Sigue.
—Ocho. Seis. —Vera bajó el metro—. Para. Si sigues lo levantas más de lo que estaba y se te raja el tabique de arriba.
—¿Seguro?
—Seguro. Un forjado no se devuelve a su sitio en una noche. Se sujeta y se le da tiempo.
Y luego achicaron. Con la escoba de goma, en paralelo, empujando el agua hacia el surco, empapados los dos hasta la ropa interior, con el frontal de ella iluminando el suelo y el móvil de él iluminando el techo.
A las once y cuarto la tormenta se abrió y paró de golpe, como paran allí.
Se quedaron los dos de pie en mitad del salón, con las escobas, chorreando, escuchando el goteo de la casa desaguándose sola.
—Ya está. —Y dejó la escoba contra la pared.
Y a Vera le salió la risa.
No fue un chiste ni un gesto: fue la risa fea que sale después del susto, con el diafragma todavía descolocado, y se tuvo que apoyar en el palo de la escoba, y a él se le contagió, y estuvieron así medio minuto, dos personas adultas riéndose en una casa mojada, a oscuras, un martes.
Se sentaron en el arranque de la escalera, que era el único sitio seco. Bebieron de la garrafa. Fuera, el aire olía a tierra y a asfalto de la carretera, ese olor que dura veinte minutos.
—Esto en Róterdam no pasa.
—¿No llueve?
—Llueve doscientos días al año y nunca pasa nada. Llueve como una avería pequeña. —Se apretó el bajo del pantalón y le salió un chorro—. Allí no hay tormentas de estas. Hay un cielo gris que baja un poco y luego sube.
—Suena aburrido.
—Es descansado. Que no es lo mismo, pero se le parece bastante a los treinta y ocho.
Martín se rio por la nariz y no dijo lo que estaba pensando, que era que ella acababa de defender su vida sin que nadie se la atacara.
—Ha entrado justo por encima de la cocina.
—Ya.
—De toda la casa.
—Ya.
Vera se apartó el pelo mojado de la cara.
—Te voy a hacer una pregunta y no es del pasado, es de números.
—Dime.
—En 2014, con el poder que tenías, podías haber resuelto el contrato por los dos.
Como hicieron cuarenta y ocho de sesenta y dos.
Reclamas al banco por el aval, cobras los sesenta y ocho mil con intereses en 2023 y te olvidas.
—Lo dijo despacio, como se lee una partida—.
Era lo razonable. Lo hizo todo el mundo. ¿Por qué no lo hiciste?
Martín miró la garrafa.
—Porque el aval de la fase uno era una póliza y estaba mal constituida. Había riesgo de no cobrar nada.
—Eso lo sabemos ahora. En 2014 no lo sabía nadie.
—Yo tenía la información de mi padre.
—Tu padre era proveedor, no comprador.
—Ya. —Se frotó la cara de arriba abajo y se quedó con la mano en la barbilla—. Pues no sé qué decirte. Me pareció que no.
—Te pareció que no.
—Sí.
—Vale.
Fue la peor respuesta que le había dado en veintidós días, y él lo sabía, y ella no insistió, y esa fue la parte mala.
Lo que pasó después no lo empezó ninguno de los dos, o lo empezaron los dos, que a esos efectos es lo mismo.
Vera se giró para dejar la garrafa en el escalón de arriba y al girarse quedó de frente.
Estaban sentados en un escalón de setenta centímetros de ancho y llevaban dos horas trabajando a diez centímetros el uno del otro sin que eso significara nada, y de repente los mismos diez centímetros significaban.
Martín le vio la clavícula con una gota bajando y la línea del cuello y no apartó la vista, que es lo que había estado haciendo desde el nueve de junio.
Ella tampoco.
Nadie se movió durante unos segundos y después se movieron los dos, poco: él bajó la cabeza dos dedos, ella subió la barbilla, y quedaron a la distancia en la que ya no hay más que decidir, la distancia en la que se oye respirar al otro.
Vera tenía la mano izquierda apoyada en el escalón y él tenía la derecha a cuatro centímetros de esa mano, y ninguna de las dos manos se movió.
Y Martín pensó, con una claridad que le pareció una crueldad: si esto pasa ahora, se lo tengo que contar todo mañana.
No era una idea noble ni se la tomó como tal.
Era aritmética. Se puede besar a una mujer a la que le has mentido una vez hace doce años, o eso se cuentan los hombres.
No se puede besar a una mujer a la que le mentiste el sábado pasado sobre una cocina, y otra vez ayer sobre unas rayas de lápiz, y a la que le vas a mentir mañana sobre por qué no resolviste el contrato.
A partir de cierto número de veces la mentira deja de ser una cosa que uno hizo y pasa a ser el sitio donde uno vive, y él vivía allí, y no se puede invitar a nadie a una casa así.
Se echó atrás.
Fue un movimiento pequeño, de tres centímetros, pero fue hacia atrás y fue suyo.
Vera lo entendió al momento, y lo entendió mal, que era lo previsible: entendió que el que se había echado atrás era él y que las razones de un hombre que se echa atrás son suyas y no se preguntan.
Cogió la garrafa otra vez, la enroscó, y se puso de pie con las dos manos en las rodillas, como se levanta la gente cansada.
Se quedó un momento de espaldas, mirando el agua que todavía bajaba por el surco que había abierto ella con el cortafríos.
—Mañana hay que ver el forjado con luz —dijo.
—Sí.
—Y hay que quitar el mortero del canal antes de que fragüe, porque si no lo tenemos ahí para siempre.
—Lo quito yo mañana a primera hora.
En ese momento se apagó la farola de la rotonda.
No parpadeó: se apagó. Y con ella se fue la única claridad que entraba por el hueco del salón, y la casa se quedó negra del todo, y los dos se quedaron quietos donde estaban porque en una obra a oscuras no se anda.
Estuvieron así unos segundos, sin verse, oyéndose.
—Los puntales aguantan hasta mañana —dijo Martín en la oscuridad—. Lo que no aguanta es dejarlos puestos toda la temporada.