La casa donde nunca vivimos Capítulo 11
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Capítulo 11

Quedaba la caseta de ventas.

—¿Y sigue ahí?

—Sigue todo ahí. Eso no lo ha abierto nadie en doce años.

La puerta estaba cerrada con una cadena y un candado de los baratos, de los que se abren con una radial en ocho segundos o con un destornillador y paciencia. Martín usó el destornillador.

Dentro hacía cuarenta grados y olía a moqueta vieja y a plástico caliente.

La persiana estaba echada, así que abrieron la puerta del todo y trabajaron con la luz que entraba por el hueco.

Había dos mesas, cuatro sillas apiladas, un dispensador de agua sin garrafa, una papelera con papeles, un calendario de 2014 abierto por marzo y un archivador metálico de cuatro cajones.

En el corcho de la pared quedaban tres cosas: un cuadro de disponibilidad de la fase uno con pegatinas de colores, verde vendido y amarillo reservado, y de sesenta y dos casillas había cuarenta y una verdes.

Una circular interna sobre el horario de agosto.

Y una foto de grupo de la comercial y dos hombres de traje delante de la caseta el día de la inauguración, con una cinta y unas tijeras grandes, todos sonriendo hacia la derecha porque el fotógrafo estaba a la derecha.

En la papelera había folletos, una revista del corazón de febrero de 2014 y un tique de una cafetería de Torreblanca.

Y en el centro, encima de una mesa de tablero, tapada con un plástico transparente que se había puesto lechoso y con dos dedos de polvo por encima del plástico, la maqueta.

Vera se paró.

Martín se puso con el archivador. Tiró del primer cajón, que chirrió, y empezó a sacar carpetas y a leer las pestañas en voz alta, y ella no le contestó ni una vez, y al cuarto o quinto se calló él también.

La maqueta era de las buenas. Escala uno a doscientos, dos metros por metro y medio, con el monte modelado en capas de cartón pluma y las calles de cartulina gris con las líneas blancas pintadas a mano.

Sesenta y dos casas iguales, de metacrilato pintado de color arena, con el tejado de una cartulina roja recortada teja a teja.

Los árboles eran de esponja verde. La piscina comunitaria era un rectángulo de resina azul de una profundidad de dos milímetros, y en el borde había cuatro tumbonas del tamaño de una uña.

Vera pasó la mano por encima del plástico y se le quedó el polvo pegado en la palma.

—Está toda —dijo.

—Está toda.

Se agachó hasta poner los ojos a la altura de las calles y fue avanzando: la rotonda, con su farola de alambre.

La caseta de ventas, que estaba dentro de la maqueta, con su banderola.

La calle A. La calle B. La nueve, la de Fermín, con sus tumbonas de uña y sin huerto, porque en 2011 nadie había previsto un huerto.

Y la veintisiete, la última de la fila, con el tejado puesto.

Estuvieron un rato largo así, uno a cada lado de la mesa.

—El acceso a la parcela lo dibujaron por el sur —dijo ella—. Nosotros lo tenemos por el este.

—Se cambió en obra. Por la pendiente.

—Ya. Y el garaje aquí no aparece.

—El garaje se quitó en el proyecto de ejecución.

—Lo sé. Lo estoy diciendo.

Y luego, más bajo:

—Aquí las casas están todas iguales.

—Es una maqueta.

—Ya, pero es que están todas iguales. —Vera seguía con los ojos a la altura de la calle—. Y luego resulta que hay sesenta y dos historias distintas ahí dentro y ninguna se parece a esta.

—La ocho la acabaron.

—¿La acabaron?

—En 2019. Un señor de Madrid que compró el suelo al concurso y metió una empresa de Vinaròs. La tuvo dos años en alquiler y la vendió el año pasado. —Martín se encogió de hombros—. Está bien hecha. No tiene nada que ver con el proyecto.

—¿Nada?

—Le puso porche de aluminio y le quitó la chimenea.

Vera se rio con la nariz, una vez.

—O sea que se puede.

—Se puede si tienes el dinero delante y ninguna historia detrás.

Ella no contestó a eso, y no contestar fue contestar.

Se quedaron mirando la maqueta, uno a cada lado, y siguieron hablando de la maqueta un rato más, del acceso, de las pendientes, de por qué el proyecto original ponía el office al norte, que es una barbaridad en esta costa, y todo lo que se dijeron era estrictamente técnico y ninguna de las dos personas que estaban allí dentro habría podido explicar por qué lo decían en voz baja.

Martín se apoyó en el borde de la mesa con las dos manos, mirando el mismo trozo de cartón que ella y sin ver lo mismo. Él estaba mirando la fila de la fase uno, la ocho, la diecinueve, la veintisiete, tres casas piloto de metacrilato, y estaba pensando que había estado dentro de las tres.

—Yo esto lo vi el día de la firma —dijo Vera—. Estaba destapada y la comercial nos dejó tocarla. Cogí la nuestra y la levanté para ver si tenía habitaciones dentro.

—¿Y tenía?

—No. Es un bloque macizo pintado por fuera.

Lo dijo con voz de arquitecta, con voz de dato, y en el hueco de la puerta se recortó una sombra.

—Buenos días. Perdonad la irrupción.

Sonia Roig llevaba una carpeta y unas gafas de sol en la mano, y aquel día no venía de camisa de lino sino de camiseta y vaqueros, lo cual era, en su oficio, una forma de vestirse igualmente.

—Me ha dicho el señor Ballester que estabais aquí. He venido dando un paseo por la fase uno con un compañero que hace las mediciones. —Miró la maqueta un segundo, sin ninguna emoción, y luego a ellos—. Traigo una cosa y me voy.

—Dijo usted que no llamaría todos los días.

—Y no llamo. He venido. —Puso la carpeta en la esquina de la mesa, junto a la maqueta—.

Es la oferta que le comuniqué por teléfono, ahora por escrito y con dos cambios.

El primero es que sube un cuatro por ciento.

El segundo es que tiene fecha: el treinta y uno de julio.

A partir del uno de agosto vuelve a la cifra de junio.

—¿Por qué?

—Porque el uno de agosto ustedes ya habrán gastado dinero en la obra y me costará más caro convencerlos, y porque a mí me interesa comprar en julio y no en septiembre.

—Sonia se puso las gafas en la cabeza—. Se lo digo con estas palabras porque me parece que a ustedes dos las otras palabras les sientan mal.

—¿Y si no contestamos?

—Entonces el uno de agosto vuelve la cifra de junio y seguimos hablando en septiembre, con menos margen los tres.

—Sonia miró la maqueta otra vez, esta vez un poco más—.

Yo estas cosas las he visto muchas, ¿saben?

Yo entré a trabajar en esto en 2010. Me he pasado quince años entrando en casetas como esta.

Siempre está el calendario parado en el mes malo.

Se fue.

Martín volvió al archivador y, dos cajones después, encontró el tubo con los planos de instalaciones. Lo abrió allí mismo, sacó el rollo y lo extendió sobre la mesa de al lado, sujetándolo por los cuatro cantos con lo que había: un grapador, un cenicero, dos folletos.

Estaban completos. Fontanería, saneamiento, electricidad y la ventilación, con el visado y todo, y con los recorridos de la instalación enterrada bajo la solera, que era exactamente el papel del que dependía que no tuvieran que picar el suelo a ciegas en agosto.

—¿Está? —preguntó Vera desde la maqueta, sin girarse.

—Está entero.

—Vale. —Y entonces sí se giró, y tenía otra cara—. Vale. Eso son dos semanas.

Salieron pasadas las dos. Vera se paró en la puerta, dio media vuelta y volvió a la mesa.

Sopló el polvo del tejado de la veintisiete.

Solo de esa. El resto de la maqueta se quedó como estaba.