La casa donde nunca vivimos Capítulo 10
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Capítulo 10

Aquel verano hubo muchas conversaciones.

La del abogado, que duró cuarenta minutos y de la que Martín salió sabiendo dos palabras nuevas y ninguna cosa buena.

La del banco, con un director joven que les explicó tres veces la misma cosa con distintas palabras porque ninguna de las tres se podía decir de frente.

La de su padre a las once de la noche en la cocina de la calle de la Sènia, con la persiana bajada y el ventilador puesto, diciéndole que la nave iba a caer y que la casa de ellos dos también, porque las dos colgaban del mismo hilo, y que él se lo había buscado por firmar un suministro sin aval.

Aquella conversación fue la única en la que su padre levantó la voz, y en aquella época su padre todavía tenía la cabeza entera, que es lo que la hacía peor.

Y hubo una conversación más, un sábado de agosto, en el coche, aparcados en la playa de cantos, con las ventanillas bajadas y ella hablando de Róterdam, de una beca que había aplazado un año y que le habían vuelto a ofrecer y que iba a rechazar otra vez.

Lo decía sin darle importancia, mirando el mar, con el codo fuera de la ventanilla.

Decía nosotros muchas veces. Nosotros aguantamos, nosotros esperamos, nosotros ya veremos.

Ahí Martín cerró el cajón del banco.

Volvió a los números, que era a lo que se había sentado.

El presupuesto de carpinterías no cuadraba.

No cuadraba desde el primer día, pero hasta esa semana había sido una cifra en un papel y ahora era doce huecos, con sus medidas reales tomadas por ella con láser, y un plazo.

Había pedido tres presupuestos de taller.

El más barato le daba nueve semanas de plazo y catorce mil doscientos euros.

Las nueve semanas eran el problema mayor que los catorce mil, y los catorce mil no los tenían.

Cogió el lápiz y escribió en la hoja: doce huecos. Hoja y contrahoja. Herrajes comprados. Pino melis para los cercos, que lo tenía. Iroko para las hojas exteriores, que no lo tenía, y que a precio de hoy son cuatro mil y pico.

Horas: entre trescientas y trescientas cincuenta.

Lo desglosó, porque un número redondo no se sostiene solo.

Cerco y contracerco, dos horas y media por hueco.

Hoja: canteado, escuadrado, ensambles de espiga y escopleadura, cuatro por hoja, seis horas.

Molduras y junquillos, dos. Herrajes y ajuste en obra, tres.

Dos manos de fondo y dos de acabado, con los tiempos de secado en medio, otras cuatro repartidas.

Por doce huecos, y las dos hojas del salón contadas como tres.

Miró el número un rato. Trescientas horas son cincuenta días de seis horas, y él tenía los días ocupados en la obra de arriba, así que no eran días: eran noches. Diez de la noche a dos de la madrugada, de lunes a sábado, hasta finales de agosto.

Lo había hecho antes. Sabía exactamente cómo se hace y cómo se paga, y sabía que a la tercera semana uno deja de notarlo y que a la sexta lo nota todo el rato.

Sabía también lo que pasa a las tres de la mañana con una máquina en marcha y un hombre cansado, que es por lo que su abuelo tenía nueve dedos y medio.

Escribió abajo, subrayado: las hago yo.

Después sacó el cuaderno de hule verde, quitó la goma, pasó a la primera hoja libre y anotó cuatro palabras y una cifra. Tardó doce segundos. Volvió a cerrar la goma y lo puso donde estaba, debajo de la caja de las brocas.

Su padre apareció en la puerta del garaje con el pijama y las zapatillas, y se quedó mirando cómo Martín subía a la furgoneta dos tablones de melis del altillo.

—Eso es melis.

—Eso es melis.

—Para cercos.

—Para cercos. —Martín acabó de subir el segundo tablón y lo dejó bien apoyado antes de girarse—. ¿Qué haces levantado?

Ginés no contestó a eso. Se quedó con la mano en el marco de la puerta, mirando la furgoneta cargada, y algo se le ordenó por dentro y salió ordenado.

—¿Otra vez a deshoras? —dijo—. Como entonces.

Martín bajó del estribo. Fue hasta él, le puso la mano en el hombro y lo giró hacia la escalera.

—Anda, vamos a la cama.

—Es que tú siempre igual.

—Ya.

—Y luego el que no duerme soy yo.

—Ya, papá.

Lo subió, le dejó el vaso de agua en la mesilla y el paquete de tabaco al lado, apagó y cerró la puerta.

En el rellano se quedó parado unos segundos con la mano en el interruptor.

Como entonces podía querer decir tres o cuatro cosas distintas, y dos de ellas eran inofensivas.

Su padre lo había visto trabajar de noche en el taller mil veces, en el 2009, en el 2012, cuando había pedidos.

Pero Ginés no había dicho de noche. Había dicho a deshoras, que es otra cosa, y la había dicho mirando una furgoneta cargada de madera a las once y cuarto.

Y había también la posibilidad de que su padre no estuviera hablando del taller.

A la mañana siguiente, en la obra, Vera lo llamó desde el ayuntamiento por lo del boletín de fontanería, y al final de la llamada dijo:

—Otra cosa. Los presupuestos de carpintería.

—Los he mirado.

—Yo también. El de Vall d'Uixó es el único que da el plazo, y aun así llegamos con lo justo.

—No vamos a coger ninguno. Las hago yo.

Hubo un silencio de dos segundos al otro lado, con ruido de pasillo de ayuntamiento detrás.

—¿Trescientas horas?

—Trescientas veinte.

—¿Sacadas de dónde?

—De donde salen las horas.

—Martín, tú estás en la obra de siete a siete.

—Y a las siete se acaba la obra.

—Y luego está tu padre.

—Mi padre se acuesta a las diez y media.

Otro silencio, más largo. De fondo, alguien en el ayuntamiento decía un número en voz alta y una puerta se cerraba.

—Yo lo que no quiero es que a mediados de agosto se nos caiga el carpintero —dijo ella—. Y lo digo como dirección de obra, que es lo que soy aquí.

—No se te va a caer nadie.

—Vale.

—Vale.

—Ya. —La voz de Vera se puso plana, esa voz suya de cuando decide no discutir porque discutir sería entrar en un sitio—. Pues nada. Es tu decisión.

Y colgó.

Martín se quedó con el móvil en la mano, en mitad del salón sin tabique, y lo que se le quedó dentro no fue la frase de ella.

Fue la de su padre. Como entonces.

Aquella noche, antes de bajar al taller, subió al altillo con la linterna y apartó los listones de la pila del fondo.

Contó los tablones de iroko de uno en uno, tocando cada canto con el dedo para no saltarse ninguno.

Veintiséis. Los mismos que había subido en 2015 y los mismos que había contado en 2017 y en 2019, porque un hombre que compra madera sin saber para qué la cuenta de vez en cuando.

Se quedó con la mano abierta encima de la pila, en el calor del altillo, sin bajar ninguno todavía.