Capítulo 9
La videollamada era a la hora de Róterdam, que allí y aquí es la misma, pero en Miravent el sol ya llevaba tres horas trabajando.
Vera la cogió sentada en el capó del coche, con el portón de la veintisiete a la espalda y el móvil apoyado en el parabrisas. Al otro lado estaban Joris Anker, que tenía sesenta y un años y una camisa blanca, y Saskia, que llevaba la parte de administración y hablaba siempre la última.
Repasaron el concurso de Deventer, que iban segundos y había que decidir si recurrían la valoración.
Repasaron el equipo de verano y el hueco que dejaba Vera en agosto, que Saskia había cubierto repartiendo su cartera entre dos personas y una becaria, y que Saskia describió con una lista de nombres y fechas y sin una sola queja, que era su manera de quejarse.
Repasaron un cliente que quería cambiar el ladrillo por otro más barato, y Vera dijo que no en el mismo tono en que decía que no a los aparejadores.
—Es que ese ladrillo lo hemos elegido por la junta, no por el color. Si cambiamos el formato, hay que redibujar los huecos. Si redibujamos los huecos, hay que revisar los dinteles. Dile que le sale más caro ahorrar.
—Se lo digo tal cual —dijo Saskia.
—Díselo mejor.
—Bien. —Anker miró un papel—. Y lo último, que es formalidad. Saskia necesita el número de tu asesor para lo de octubre. La escritura de la sociedad la firmamos el uno. Está en la agenda desde marzo.
—Se lo mando esta tarde.
—No hay prisa. —Anker se acercó a la pantalla como hace la gente de sesenta años cuando quiere decir algo que no es de la reunión—. ¿Cómo va la casa?
—Va.
—¿Va bien o va?
—Va. —Vera movió el móvil para que se viera la fachada por encima de su hombro—. Cubierta hecha en un cuarenta por ciento. El resto es un solar con paredes.
Anker miró tres segundos y volvió a su sitio.
—Bonita luz tenéis ahí —dijo, y colgó.
A la una comió con Lucía en Castellón, en un sitio del centro con aire acondicionado que Lucía había elegido por el aire acondicionado.
—Veintisiete semanas —dijo, dejándose caer en la silla—. Y no me preguntes cómo estoy, que llevo cuatro meses contestando eso. Pregúntame cualquier otra cosa.
—¿Qué tal el trabajo?
—De baja desde el jueves, gracias a Dios y a una tensión de doce y medio. —Se abanicó con la carta—. Y no me mires así, que no ha pasado nada. Me han mandado a casa porque en una farmacia se está de pie ocho horas y yo ya no soy una persona, soy un mueble con piernas.
Comieron. Lucía contó lo de su hermana, lo del piso que se les había caído, lo de que Nacho quería llamar a la niña como la abuela y ella se negaba en redondo.
—Y lo del cuarto —dijo—. Que llevo tres meses con el cuarto.
Hemos tirado el armario empotrado, que era de los de puerta corredera que no corría, y ahora tengo un agujero en la pared y una cuna sin montar apoyada en el agujero.
Nacho dice que lo hace este fin de semana.
Lleva seis fines de semana diciendo eso.
—¿Quieres que vaya y te lo monte?
—Quiero que vaya y se lo montes a él en la cabeza. —Lucía se echó atrás en la silla, con las dos manos encima de la barriga—. Es broma. Es buen hombre. Es que un armario empotrado saca lo peor de cualquier matrimonio.
—Eso es verdad.
—A ti te salió bien —dijo Lucía, y lo dijo sin filo, con la boca llena—. Lo de irte, digo. Yo lo pensé mucho en su momento. Todo el mundo lo pensó, en el pueblo, ya sabes cómo es esto. Y ahora te veo y digo, pues mira, aquella se fue y le salió bien.
Vera dejó el tenedor.
—Me salió bien.
Y en algún momento entre el segundo y el postre, Lucía dijo, sin darle importancia:
—A mí me da mucha rabia una cosa.
—Dime.
—Que tú y yo tenemos treinta y ocho las dos y tú estás construyendo una casa que vas a vender y yo estoy montando una cuna en un tercero sin ascensor. —Se rio—. No es envidia, ¿eh? Es que me parece muy gracioso que hayamos salido del mismo instituto.
—A mí también me lo parece.
—¿Y estás bien?
—Estoy ocupada.
—Ya. —Lucía cogió el pan—. Eso lo he dicho yo muchas veces y siempre quería decir otra cosa.
Vera volvió a Miravent a media tarde. A las siete y media cargó en el maletero un colchón hinchable, un hinchador de pie, un saco, una linterna de camping y dos garrafas de agua, y a las ocho se lo dijo a su madre en la cocina, de pie, con las llaves ya en la mano.
—Me voy a quedar a dormir arriba. Por logística.
Amparo estaba fregando y no se giró.
—¿En la casa?
—En la casa.
—No tiene agua.
—Tengo garrafas. Y en el pueblo hay una gasolinera con duchas para camioneros a cuatro kilómetros.
—Ah.
Vera esperó de pie diez segundos, que en una cocina de cuatro metros son muchos.
—Es que empezamos a las siete y me ahorro cuarenta minutos al día.
—Si no te he dicho nada. —Amparo aclaró un plato—. Llévate una manta, que de madrugada refresca aunque no lo parezca.
Vera subió a por sus cosas. Cuando bajó con la bolsa, su madre había dejado encima de la mesa de la entrada una manta doblada, una toalla y un paquete de galletas.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
Se dieron un beso de esos que se dan de lado. En la puerta, Amparo dijo, ya con la mano en el picaporte para cerrar:
—¿Está tu padre en el cementerio o está en esa casa?
—¿Qué?
—Nada. —Cerró un poco—. Que conduzcas con cuidado, que la subida está sin arreglar.
La casa de noche no estaba en silencio.
Vera lo descubrió tumbada en el colchón en mitad del salón, con la linterna apagada.
La cubierta nueva crujía al enfriarse, tac, tac, cada pocos minutos, las tejas asentando.
Fuera, las chicharras habían parado y las había sustituido otra cosa, un grillo o dos, y el aire movía un plástico en la planta de arriba con un ruido de bolsa.
Por el hueco de la ventana del salón entraba una claridad azul que no era luz de nada concreto: era el cielo, que en junio no se apaga del todo hasta muy tarde.
Y a lo lejos, entre los troncos, se veía la farola de la rotonda. Dos destellos, pausa, otro destello. Desde dentro se veía distinto que desde el coche: dentro, el parpadeo se le metía en el techo.
A la una y veinte se levantó. No encendió la linterna.
Fue descalza, por el mortero, notando la arenilla en las plantas de los pies, y por el camino contó los pasos sin querer, porque en una casa que uno ha dibujado los pasos están calculados desde antes de existir: nueve del salón a la puerta de la cocina, once si se rodea el pilar. Eran nueve.
La abrió. El plástico de protección estaba retirado desde el domingo.
Se quedó en el umbral. No entró y no encendió la luz de camping que llevaba en la mano, y estuvo así el tiempo que se está en un sitio al que uno no ha decidido ir.
De la cocina venía un aire distinto del resto de la casa: más quieto, más seco, con olor a madera y a cera.
Era la única habitación de aquella ruina donde el aire era aire de habitación.
Después volvió al colchón.
A las tres notó que el colchón perdía. Lo comprobó con la palma en la costura y luego con la oreja: la fuga no estaba en el material, estaba en la válvula, en la junta de goma, y una junta se cambia por cuarenta céntimos.
Calculó el caudal por el hundimiento de la cadera y le salió que aguantaba hasta las seis.
Con eso bastaba.