La casa, año dos
La casa, año dos
Año dos.
En abril anidaron las golondrinas en el porche.
Eligieron el encuentro del forjado con el muro, donde hay sombra todo el día y el viento no entra, y levantaron tres nidos de barro pegados uno al lado del otro.
Trajeron el barro de la balsa de la parcela treinta y cuatro en viajes de trescientos metros.
Sacaron dos puestas y en septiembre se fueron todas a la vez, en una mañana, y debajo de los nidos quedó la mancha vertical que iba a quedarse.
En julio vinieron los del grafiti. Tres, de madrugada, con una linterna en la boca y un coche parado en la rotonda con el motor en marcha.
Pintaron el muro oeste entero, once metros, con unas letras plateadas de metro y medio de alto que no decían ninguna palabra.
Tardaron cuarenta minutos y dejaron seis botes vacíos entre las amapolas.
Fue la primera vez en dos años que alguien tocó la casa para poner algo encima en vez de para llevarse algo de dentro.
Aquel invierno, en enero, se heló dos noches seguidas y el agua que había quedado en un cubo del porche amaneció con una placa de hielo del grosor de una moneda.
El limonero perdió hoja y la recuperó en marzo.
Nadie lo podó, nadie lo abonó y nadie le quitó los chupones, y creció torcido hacia el sur, que es donde estaba la luz y también donde estaba la casa.
Aquel año, en Miravent, un hombre compró en la papelería de la plaza un cuaderno de hule verde con una goma elástica.
No era el primero que miró: cogió tres, los sopesó, y se quedó con el que tenía las hojas cuadriculadas.
En la primera página escribió una fecha, una cifra y una línea, y luego cerró la goma.
Ese mismo año, un martes de mayo por la mañana, ese hombre fue andando desde la calle de la Sènia hasta la oficina de la plaza y pagó en ventanilla un recibo de conservación que no venía a su nombre.
Pagó también el que sí venía a su nombre.
Pidió los dos sellados y se guardó los dos justificantes en el mismo bolsillo, y por el camino de vuelta se paró en la ferretería a por una escuadra.
Y en el norte, en la ciudad llana, una mujer que llevaba dos años sin volver estuvo un miércoles de noviembre en la inauguración de una biblioteca de barrio.
Era pequeña, tenía ciento veinte metros de sala de lectura y una placa junto a la puerta con cuatro nombres, y el suyo estaba el tercero.
Salió en una foto del periódico local, de lado, mirando hacia arriba.
En diciembre no cogió el avión. Llamó el veinticinco por la mañana, habló once minutos y colgó.
La casa aquel año no supo nada de esto. La casa aquel año tuvo golondrinas y tuvo letras plateadas, y en mayo, un martes, no tuvo nada.