La casa donde nunca vivimos Capítulo 8
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Capítulo 8

El grafiti del muro oeste había que quitarlo porque debajo iba el revoco, y el revoco no agarra sobre pintura plástica.

Empezaron el sábado veinte temprano, con la hidrolimpiadora enchufada al grupo y dos espátulas, y a media mañana ya estaba claro que la hidrolimpiadora sola no iba a poder: aquella pintura llevaba diez veranos cociéndose sobre el ladrillo y se había metido en el poro.

—Disolvente y espátula —dijo Martín—. Y paciencia.

—Y mascarilla.

—Y mascarilla.

Se pusieron uno en cada extremo del muro, once metros. El disolvente olía a lo que huele el disolvente y el sol daba de plano a partir de las once, así que se fueron moviendo con la sombra del limonero como se mueve la gente que trabaja fuera en junio, sin decidirlo, un metro cada media hora.

Aquello era trabajo tonto y agradecido: no hay que pensar, se ve el avance y cada media hora el muro está mejor que hace media hora.

Empapaban el paño con la brocha gorda, esperaban los tres minutos que dice el bote y que en la pared son cinco, y raspaban en diagonal, siempre en el mismo sentido, porque si uno cruza el rascado se lleva el mortero de la junta.

A las once y media Martín le tuvo que decir dos veces que no apretara tanto la espátula.

A la tercera no se lo dijo, porque ya no apretaba.

Las letras plateadas salieron primero. Después la sombra azul. Debajo había una capa gris de imprimación de otro grafiti anterior, más antiguo, y debajo de todo eso apareció el ladrillo original de 2013, limpio, con su mortero, y con unas rayas de lápiz.

Martín las vio antes que ella y no dijo nada. Siguió raspando hacia arriba con la espátula y se le fue el pulso, y arrancó una lasca de mortero que no tenía que haber arrancado.

—Aquí hay algo escrito —dijo Vera desde el otro extremo.

Estaba a la altura del pecho, cerca del ángulo.

Cuarenta rayas de lápiz de carpintero, ese lápiz gordo de mina plana, agrupadas de cinco en cinco, tachadas en diagonal.

La última no estaba tachada del todo: la diagonal se quedaba a media raya, como si a alguien lo hubieran llamado a mitad del gesto.

Al lado, con la misma mina, un número: 41.

Vera se acercó con el trapo en la mano y estuvo un rato largo mirando aquello sin tocarlo.

—Cuarenta y una semanas —dijo—. La fecha de entrega.

—El diecinueve de marzo de 2014.

Lo dijo sin pensar, y en cuanto lo dijo supo que acababa de decir la fecha exacta doce años después y sin dudar medio segundo, y que ella lo había notado, y no había manera de recogerlo.

—¿Tú venías a tachar una raya cada semana.

—Venía a muchas cosas. Estaba aquí todos los sábados, con mi padre, viendo cómo iban con las cocinas. —Martín se agachó a mojar el trapo en el cubo—. Y algún sábado me aburría.

—Cuarenta sábados aburrido.

—Cuarenta y uno menos uno.

Vera no se rio, pero hizo un ruido con la nariz que en ella era casi lo mismo.

—¿Y la última por qué está a medias?

Martín miró la raya. Estaba a medias porque el sábado siguiente no bajó. El sábado siguiente era el veintidós de marzo de 2014 y su padre llevaba tres días sin salir de la habitación, y él estuvo toda la mañana en el polígono contando tableros para un abogado.

—Se me acabó el lápiz —dijo.

Era una respuesta mala y los dos lo sabían, y ella hizo con la cara lo que había hecho el domingo anterior con lo de la cocina, que es no hacer nada, y él aguantó el tirón mirando el muro, que era más fácil.

Después se quedó callada, y la calidad de aquel silencio fue distinta de todos los silencios de la semana.

Martín siguió con la espátula. Sabía perfectamente lo que estaba pasando en la cabeza de ella, y era esto: que ella no sabía que él contaba.

En 2013 ella hablaba de la casa todo el rato, hacía listas, elegía colores, discutía con la comercial por el ancho de un pasillo.

Él escuchaba y decía que sí y bajaba los sábados a mirar la obra en silencio, y ella se había ido de aquí en 2014 pensando, entre otras cosas, que aquella casa era un proyecto de ella al que él se había apuntado por no discutir.

Cuarenta rayas en un muro dicen otra cosa. Eso es lo que estaba pasando en su cabeza. Y él no podía tocarlo, porque la regla uno era no hablar del pasado, y porque la regla uno la había puesto ella, y porque a él le convenía muchísimo la regla uno.

—Se puede conservar —dijo Vera al cabo de un rato, con voz de técnico—. Si el revoco lo llevamos hasta el ángulo y dejamos este paño visto, con un hidrofugante, aguanta. Queda un paño de ladrillo cara vista de metro veinte. No es ninguna barbaridad.

—El encuentro va a ser feo.

—El encuentro lo resolvemos con una junta de sombra y un goterón. —Ya lo estaba dibujando en el aire con el dedo, encima del muro—. Y aunque fuera feo. Es fachada norte, no la ve nadie más que quien entra por detrás.

—Y quien viva aquí.

—Y quien viva aquí. —Vera bajó la mano—. Que a día de hoy no es nadie.

—Tú firmas.

—Yo firmo.

Trabajaron hasta las nueve y media de la noche, que en junio allí es todavía de día, con esa luz naranja que sale de lado y hace que cualquier pared parezca mejor de lo que es. El muro quedó limpio en tres cuartas partes.

A las nueve le sonó el móvil a Vera. Miró la pantalla antes de cogerlo y lo cogió a la segunda, no a la primera, que es la diferencia entre una llamada que se espera y una que no. Se apartó cuatro pasos, hacia el limonero, y contestó.

Martín oyó desde donde estaba una voz de hombre, tranquila, con acento, hablando en inglés. Oyó también el cambio en la voz de ella, que no fue un cambio de cariño sino de idioma y de músculos: la mandíbula se le puso de otra manera para hablar en otra lengua. Se reía distinto en inglés. Más corto.

De la conversación entendió cuatro palabras, y una de ellas la entendió porque era la misma en los dos idiomas: septiembre.

Martín cogió la brocha del hidrofugante y se puso a dar la primera mano en el paño de prueba, despacio, cargando poco, cruzando bien. Cuando uno da una mano de fondo, lo que importa es no dejar charcos y no dejar calvas, y eso pide toda la atención de un hombre.

Estuvo doce minutos con eso.

Cuando ella colgó y volvió, ya estaba oscureciendo y recogieron sin hablar del asunto, porque no había ningún asunto del que hablar.

Ella lavó las brochas en el cubo y él plegó el plástico.

Vera se subió al coche, bajó la ventanilla y dijo que el lunes traía el estudio de la cata del forjado, y arrancó, y las luces traseras bajaron por la calle A y desaparecieron en la rotonda.

Martín cerró el portón con el candado del juzgado. Antes de irse volvió al muro con la linterna del móvil, aunque no hacía falta, aunque llevaba la furgoneta abierta y el motor por arrancar.

Cuarenta rayas. Las contó otra vez, de cinco en cinco, como se cuenta el dinero.

Puso el pulgar encima de la última, la cuarenta, la que se quedó tachada a medias.

La repasó una vez, de arriba abajo, y terminó la diagonal con la uña.