Capítulo 7
El ayuntamiento de Miravent abría de nueve a dos y a las nueve y cinco ya había cuatro personas delante de Vera: una mujer con una carpeta de plásticos, un señor que venía a por un certificado de empadronamiento, otra mujer que solo quería preguntar una cosa y estuvo veinte minutos preguntándola.
El técnico municipal se llamaba Quique Montoliu, tenía el despacho al fondo, una ventana que daba al patio del colegio y un ventilador de pie que giraba sobre unas pilas de expedientes en las que había un orden que solo entendía él.
En el corcho tenía un dibujo de un dinosaurio firmado con letras enormes por un tal Pau y un calendario de una casa de áridos.
—Mar de Azahar, parcela veintisiete —dijo Vera—. Vengo a preguntar por la cédula de habitabilidad.
—Licencia de primera ocupación. —Quique lo dijo sin levantar la vista, con la naturalidad del que corrige una palabra ochenta veces al año—. Aquí es primera ocupación. La cédula es otra comunidad y otra época.
—Primera ocupación.
—Eso. —Ya la miró—. ¿Ustedes son de los del auto de mayo?
—Somos los del auto de mayo.
Quique se echó hacia atrás en la silla y el respaldo hizo un ruido de nueve años de respaldo.
Le explicó el calendario con una hoja y un boli, sin florituras.
Certificado final de obra firmado por técnico competente.
Boletines de las instalaciones, los tres.
Fotografías de fachada terminada. Visita de inspección, que la hacía él, y que no se pide por teléfono ni por correo: se pide en instancia, con registro de entrada, porque si no hay registro de entrada no hay nada.
—Y luego está el detalle importante, que es la agenda.
—Dio dos golpecitos con el boli en el último recuadro—.
Yo soy el único técnico de este ayuntamiento y en septiembre tengo la vuelta al cole, los presupuestos y las fiestas.
Si usted me entra la instancia el veintiocho de septiembre para que le inspeccione el treinta, la respuesta es que no.
Si me la entra a mediados de mes, hay inspección.
No me pida usted que le prometa un día concreto porque no se lo voy a prometer, pero si me la entra a mediados de mes, hay inspección.
—Entendido.
—¿Usted es la que firma? —Quique se puso las gafas para mirar la hoja que acababa de escribir él mismo—.
Porque le voy a decir una cosa. En esa urbanización yo he tramitado dos primeras ocupaciones en once años.
Las dos me las llevó un despacho de Valencia que cobraba una barbaridad y las dos las tuve que devolver tres veces.
Si usted es la que firma y usted sabe lo que firma, esto sale.
—Soy la que firma.
—Pues ya vamos ganando.
—Y una cosa que le digo yo a todo el mundo y no me hace caso nadie: no dejen la fachada para el final.
La gente termina el interior primorosamente y me llama con la casa impecable por dentro y la fachada a medio revocar, y yo tengo que decirles que no, y se lo tomen como algo personal.
—Se encogió de hombros—. La primera ocupación se llama así por algo. Lo que se ocupa es una casa entera.
Antes de irse, Vera pidió ver el expediente municipal de la parcela, que era su derecho, y se lo dejaron consultar en una mesa del pasillo con la condición de no sacar nada de la carpeta.
Era una carpeta gruesa. Licencia de obras de 2011. Actas de replanteo. La recepción parcial de la urbanización de 2013, con el sello. Un requerimiento de vallado de 2014. Un expediente de disciplina abierto en 2015 por el estado del solar y archivado seis meses después.
Y luego, al final, la parte aburrida: doce hojas de recibos.
Tasa de conservación, 2015. Tasa de conservación, 2016. IBI urbano, todos los años, con el número de referencia catastral y una anotación en el margen hecha con sello de caucho: GESTIONES DEL TITULAR. Basuras. Y otra vez conservación, y otra vez IBI, hasta 2025.
Todos pagados. Todos en plazo. Ninguno reclamado, ninguno en vía ejecutiva, ni un solo recargo en doce años.
Cogió el de 2019 y lo miró de cerca. Era un impreso de la Diputación con el código de barras y el sello de la entidad colaboradora abajo a la derecha, de esos que ponen las cajas de ahorros que ya no se llaman así.
Pagado en ventanilla. En efectivo o con libreta, en ventanilla, en una oficina de Miravent, un veintitrés de mayo por la mañana.
No por domiciliación bancaria. No por internet.
Alguien había ido andando a pagarlo.
Vera se quedó mirando la pila con las dos manos planas encima de la mesa.
No le cuadraba, y le costó un minuto entender por qué no le cuadraba, porque lo lógico habría sido no darle importancia: un expediente en orden es una buena noticia.
Lo que pasa es que Vera había visto muchos expedientes de fincas en concurso.
Los expedientes de las fincas en concurso están sucios.
Tienen recargos, tienen embargos preventivos, tienen cartas devueltas.
La administración concursal paga lo que le obliga el juzgado y lo paga tarde, porque tiene doscientas fincas y un presupuesto.
Aquello no era un expediente de finca abandonada. Aquello era el expediente de una casa que alguien tenía al día.
Le dio dos vueltas de camino al coche y encontró la explicación aburrida, que casi siempre es la buena: el administrador.
Embid era ordenado. Se le veía en el despacho, en cómo cogía los papeles de la pila sin dudar.
Un administrador meticuloso con una unidad que sabe que va a adjudicar, protegiendo el activo. Tenía sentido.
Lo de la ventanilla no encajaba del todo, pero eso también tenía explicación: una gestoría de las de pueblo, con una chica que hace los recados de veinte expedientes a la vez. Lo archivó ahí.
Llamó Koen ya de noche.
Vera estaba en el cuarto de su madre que había sido su cuarto, con los pies encima de la colcha y el ordenador en las rodillas.
Había cenado abajo, en la mesa camilla, viendo un concurso: veinticinco minutos, tortilla y ensalada, dos frases sobre el calor y una sobre una prima de Amparo que se ha operado de la cadera.
Ni una pregunta sobre la casa. Amparo llevaba doce días sin preguntar por la casa, y eso, en una mujer que preguntaba por todo, era un trabajo a jornada completa.
—¿Muy mal? —dijo él.
—Muy mal no. Mal medido, que es peor. —Vera giró la pantalla aunque él no podía verla—. La estructura está bien. El forjado de planta primera me da un canto raro en dos zonas y hay que abrir cata. La cubierta la hemos empezado. Y el técnico municipal es competente, que es la mejor noticia del día.
—¿Y el plazo?
—El plazo es una tontería. Ciento diez días.
—Es una tontería para otra gente. —La voz de Koen tenía siempre el mismo volumen, hiciera lo que hiciera—. ¿Has dormido?
—Seis horas.
—Eso, en tu escala, es haber dormido.
Hablaron de un puente sobre el Mosa que tenía un problema de juntas de dilatación y de la hermana de él, que se compraba un perro.
Koen contó lo del perro con detalle, la raza, el criador, la discusión familiar sobre el nombre, y Vera lo escuchó entero, y le vino a la cabeza una cosa que sabía de él desde el primer año: que Koen contaba las cosas pequeñas con todo el tiempo del mundo porque había entendido antes que ella que las cosas pequeñas son la mayoría de las cosas.
Al final, cuando ya se despedían, dijo, sin ninguna carga en la voz:
—¿Seguimos sin hablar de octubre?
—Seguimos.
—Vale.
Colgaron. Vera se quedó un rato con el ordenador encendido en las rodillas y luego lo apagó y volvió a abrir la libreta, y en la última página, debajo de la partida jota, escribió una línea que no era una partida.
Sello de conservación, ejercicio 2016.
En 2016 ella llevaba dos años viviendo a dos mil kilómetros. No había firmado un papel de aquella casa, ni había pagado un euro, ni había abierto una carta.
Alguien sí.