La casa donde nunca vivimos Capítulo 6
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Capítulo 6

Tiraron el tabique del office el domingo catorce, y esa fue la primera vez en doce años que Martín trabajó al lado de ella.

Empezó mal, además. Ella llegó con una carpeta y una pregunta.

—Quiero saber lo de la cocina.

Martín estaba cargando la maza y los cubos y no se dio la vuelta.

—¿El qué de la cocina?

—Que quién la puso. —Vera dejó la carpeta encima del hueco de la ventana, con dos piedras, como el otro día.

Dentro había cuatro fotografías impresas en A4, que era la clase de gesto que ella hacía cuando quería que una conversación no se le fuera—.

Es una cocina hecha a medida, con las juntas a inglete, cola de milano vista en los veinte cajones y un vasar corrido de haya que a día de hoy no monta ni Dios.

Está en una casa sin acometidas. Y está limpia.

—La dejó montada la promotora.

Le salió del tirón, sin pensarla, porque la llevaba pensada doce años.

—¿La promotora.

—En las casas piloto ponían una cocina para enseñar.

Era el reclamo. —Cogió la maza—. La nuestra la suministraba mi padre, la fase uno entera, así que la de exposición la montamos nosotros.

Luego vino lo que vino y ahí se quedó. Nadie iba a desmontar una cocina para llevársela a un almacén embargado.

Vera no dijo nada durante tres o cuatro segundos.

En esos tres o cuatro segundos, Martín supo con precisión de metro que ella no se lo había creído.

Lo supo porque Vera hacía una cosa muy suya cuando le daban una respuesta mala: se quedaba quieta, con la barbilla un poco baja, mirando un punto que no era la cara del que hablaba, y esperaba.

No para pensar. Para ver si el otro seguía hablando y se caía solo.

Él no siguió hablando.

—¿Cuántas casas piloto había? —preguntó ella.

—Tres. La ocho, la diecinueve y la nuestra.

Eso era verdad, y por eso lo dijo con la voz fácil.

Había tres casas piloto y una de ellas era la veintisiete, y esa era la piedra sobre la que llevaba doce años apoyando lo demás: si algún día alguien tiraba del hilo, encontraría un documento de 2013 que decía exactamente eso.

Lo que no decía ningún documento es que en 2013 la cocina piloto de la veintisiete se montó a medias y se desmontó en septiembre para llevarla a una feria de Valencia, y que las piezas que hay hoy ahí dentro se cortaron después, mucho después, de noche, y no todas el mismo año.

—Vale —dijo ella—. Pues protégela bien antes de darle a la maza, que el polvo de yeso se mete en los cajones y luego raya la madera al abrir.

Y ahí acabó. Se puso los guantes.

Fue peor que si hubiera discutido.

Antes de tocar el tabique protegieron la cocina.

Martín cortó el plástico a medida en el suelo del salón, con el cúter y la regla, en vez de graparlo por encima como se hace siempre.

Encintó el cerco de la puerta por los cuatro lados.

Metió una tira doblada por debajo del hueco, en el umbral, para el polvo que entra por abajo, que es el que nadie tiene en cuenta.

Luego entró y tapó también los frentes de los cajones por dentro, uno a uno.

Tardó cuarenta minutos.

Vera lo esperó fuera, sentada en un palé, con los guantes puestos y las manos quietas encima de las rodillas. No dijo ni una palabra en cuarenta minutos, y cuando él salió y dijo que ya, se levantó y cogió la pala.

El tabique del office era de ladrillo hueco de siete, cogido con pegote, y tenía que caer entero porque el salón nuevo se comía esa crujía. Martín picó el arranque y Vera fue detrás con la pala, y a la media hora funcionaban.

Eso fue lo que le desordenó el día: que funcionaran.

Un tabique se tira desde abajo y por el centro, para que caiga hacia donde uno quiere y no hacia donde le apetezca a él.

Martín abrió el hueco a la altura de la rodilla, sacó tres hiladas y dejó los machones de los extremos para el final.

Vera entendió la jugada a la segunda maza y se colocó a su izquierda, fuera de la línea de caída, sin que él tuviera que decírselo.

No hablaron. No hizo falta. Cuando él se paraba para respirar, ella ya estaba entrando con el cubo; cuando ella llenaba el segundo cubo, él ya había soltado la maza para cargarlo, porque un cubo de escombro lleno lo carga el que no lo ha llenado.

Vera hacía un ruido corto con la boca, un chasquido, cuando quería que él parara.

Lo hacía en 2013, en la reforma del bar del padre de un amigo, donde se conocieron trabajando antes de conocerse de la otra manera.

Doce años después seguía haciéndolo y él seguía parando, y no lo comentó nadie.

El tabique cayó a la una y cuarto. Martín picó los dos machones y le dijo que se apartara, y ella se apartó justo lo necesario y ni un paso más, con esa confianza de la gente que ha visto caer cosas.

El paño se vino entero, de una pieza, y reventó contra el suelo con un ruido sordo que se oyó en toda la calle A, y detrás vino la nube.

Se quedaron los dos quietos dentro de la nube, a metro y medio uno del otro, esperando a que bajara, porque no se puede hacer otra cosa.

—Ha caído limpio —dijo ella, cuando se pudo hablar.

—Ha caído donde tenía que caer.

A la una y media el tabique estaba en el suelo y ellos dos estaban blancos hasta las pestañas.

Salieron a la sombra del limonero a comer un bocadillo. Vera se quitó los guantes y tenía las palmas rojas de la pala.

—Te vas a hacer una ampolla. —Martín le señaló la palma con la barbilla.

—Ya me la he hecho.

—Pues no la revientes.

—Ya la he reventado.

Le hubiera podido decir que se pusiera esparadrapo en el arranque de los dedos antes de coger nada, que era lo que había que decirle, y que era lo que le habría dicho hace trece años en el bar aquel.

No se lo dijo, porque para decirle eso hay que cogerle la mano, y ese era el tipo de cuenta que Martín llevaba haciendo desde el miércoles.

—Vamos a necesitar gente —dijo ella—. Con dos no salen los solados ni de broma.

—Rachid y Tono. Trabajan juntos, son buenos y están libres desde que se paró lo del hotel de Oropesa. —Martín partió el bocadillo por la mitad sin preguntar y le dio la parte de arriba, que era la que ella siempre quería—. Julio y agosto enteros, si los cogemos ya.

—Cógelos.

—Cuestan.

—Cógelos igual. Lo que cuesta de verdad es septiembre. —Vera miró la casa desde la sombra, entornando los ojos por el sol—. Otra cosa. Tu padre. ¿Está bien para que yo vaya un día a verlo?

Martín tardó en contestar lo que tarda un hombre en decidir cuánto contar.

—Está. Unos días más que otros. —Masticó—. Le va a hacer ilusión.

—Pues voy.

—Vale.

Volvieron después de comer. Barrieron.

Y mientras barría el arranque del tabique caído, Martín vio lo que había debajo: el ladrillo de la fábrica original, el de 2013, con el mortero pegado y la línea de nivel a lápiz azul todavía visible, tan recta como el día que la tiró alguien.

—Mira —dijo.

Vera se acercó.

—Es la línea de replanteo.

—Sí.

—Está clavada.

—Estaba bien hecho todo, ¿eh? —Martín siguió barriendo, hacia la puerta, con el cepillo grande—. Esto aguanta más de lo que parece.

Nadie contestó.