Capítulo 5
Un metro amarillo, una libreta y cuarenta y dos partidas por escribir.
La obra empezó de verdad así, el doce de junio, y empezó con Vera sola, porque Martín había salido a Castellón a por sacos y una radial nueva.
Trabajó cuatro horas seguidas con la libreta y el metro.
Lo que hacía no era complicado y era exactamente lo que sabe hacer: bajar una ruina a una lista de partidas con precios al lado.
Fachada sur, revestimiento: doscientos once metros cuadrados.
Rejuntado de fábrica en el testero este: treinta y cuatro.
Sustitución de dintel en el hueco del office, uno.
A las once y media iba por la letra jota y se dio cuenta de que llevaba media hora haciendo otro inventario debajo del inventario.
En el arranque de la escalera había una firma de albañil en el mortero, de las de repasar con el dedo: JC 13.
Ese hombre habría hecho cuatro obras más desde entonces, o habría dejado el oficio, o estaría jubilado.
En el alféizar del hueco del salón, alguien había apagado un cigarro.
En la pared del office quedaba pegado un trozo de cinta de carrocero con una anotación a boli, una medida y una flecha, escrita para un lunes que llegó hace doce años.
Debajo del hueco de la escalera había una botella de plástico de dos litros con dos dedos de agua verde, de las que se llevaba la gente a la obra antes de que existieran las neveras portátiles en todas las furgonetas.
Y en un rincón del que iba a ser el dormitorio pequeño, medio tapado de escombro, un periódico deportivo doblado por la página de la clasificación, con las hojas del color de la miel y una liga que terminó hace once años y que ganó alguien.
La casa estaba llena de encargos pendientes de gente que ya no existía como esa gente.
Vera apuntó la partida jota, cerró la libreta y salió a la parcela a beber agua.
—A ver, señora. Eso está precintado.
El hombre había cruzado desde la calle B con una azada al hombro y unas botas de agua verdes en junio. Ochenta y tantos, camisa de manga larga abrochada hasta arriba, gorra de una casa de piensos.
—Buenos días —dijo Vera.
—Buenos días y todo lo que usted quiera, pero eso está precintado y hay un cartel.
—La azada bajó del hombro y se apoyó en el suelo, que era una manera de decir que él tenía tiempo—.
Aquí vienen dos clases de gente. Los que vienen a mirar para comprar barato y los que vienen a llevarse el hierro.
Usted no trae furgoneta, así que es de las primeras, y a las primeras les digo lo mismo: aquí no hay ninguna ganga, hay un pleito.
—Y a las segundas ¿qué les dice?
—A esas les digo que ya he llamado.
Vera dejó la botella en el bordillo.
—Soy la titular. Una de los dos.
El hombre entrecerró los ojos. Miró la libreta, miró el metro amarillo, miró el coche blanco, y luego, con una lentitud administrativa, giró la cabeza hacia el limonero.
—La del limonero —dijo.
—¿Perdón?
—Usted es la del limonero. La que lo plantó el día que firmaron, con un vestido azul y unos zapatos que no eran para eso. —Se ajustó la gorra—. Yo no estaba, che. Me lo contó la comercial en 2013, cuando venía a enseñar la casa piloto y le sobraba conversación. Fermín Ballester, parcela nueve.
Le dio la mano. Tenía la mano de la gente que ha trabajado con las manos toda la vida y luego ha seguido trabajando con ellas de balde.
—Vera.
—Ya sé cómo se llama. Está en el buzón del portón, en un papel del juzgado que lleva desde mayo y que se va a comer el sol.
La invitó a ver el huerto y no era una invitación, era un traslado. Caminaron por la calle B hasta la nueve, y Fermín fue nombrando las parcelas al pasar como quien lee una lista de bajas.
—La treinta, del incendio no, del otro año.
La veintidós, esos sí que llegaron a poner ventanas, mírelas, ahí siguen, comidas.
La quince es de un matrimonio de Zaragoza que se separó y ahora es de los dos y no se hablan, así que esa no se acaba ni en cien años.
—Señaló con la barbilla un solar limpio, sin nada—.
Y esa es la mía de verdad. La nueve. Yo compré en 2007, cuando esto era un plano y una comida con paella, y a mí me la entregaron. Fui el único de sesenta y dos.
—¿Y por qué se vino?
—Porque mi mujer se murió en el diecisiete y en el piso del pueblo estaba yo todo el día oyendo a los vecinos vivir. —Lo dijo igual que había dicho lo del matrimonio de Zaragoza—. Aquí no se oye a nadie. Es un descanso y es un asco, según el día.
El chalet de Fermín era la única casa terminada a la vista, blanca, con un toldo verde y una regadera colgada de un palo. Detrás tenía un huerto de unos ochocientos metros perfectamente alineado.
—Esto es mi parcela y esto de aquí no —dijo, señalando la raya invisible—. La once es de un señor de Zaragoza que compró en 2011 y que no ha venido nunca. Le pongo tomates. Si viene algún día, se los doy.
—¿Y si no viene?
—Pues me los como yo y él se queda con la satisfacción.
Le dio dos, de los grandes, de esos que se cortan con cuchillo de sierra. Vera se los quedó en la mano como se quedan las cosas que a uno le dan sin pedirlas.
—Fermín, una pregunta. La cocina de mi casa está puesta.
—Buena cocina.
—Muy buena. ¿Sabe usted quién la montó?
—La montaría el que la montara. —Fermín se agachó a arrancar una hierba que llevaba ahí desde antes que la pregunta—. Yo aquí me vine en 2018, hija. Cuando yo llegué, ya estaba todo como está.
—¿Y no ha visto entrar a nadie en doce años?
—En doce años yo he visto entrar aquí a los del cobre, a los del ayuntamiento, a un fotógrafo de una revista que vino a hacer un reportaje de la crisis, y a dos parejas de jóvenes que buscaban sitio para lo que buscan los jóvenes.
—Se levantó con la hierba en la mano y la tiró fuera del bancal, sin mirarla a ella ni una vez—.
La memoria a mi edad es como el agua de riego. Se va por donde le apetece.
—Fermín.
—Dígame.
—No le he preguntado por su memoria. Le he preguntado si ha visto entrar a alguien.
El viejo se limpió las manos en el pantalón, despacio, una y luego la otra.
—Pues mire, le voy a contestar con la verdad —dijo—. Yo de noche me acuesto a las diez y duermo del tirón, que es lo único bueno de hacerse viejo. Lo que pase aquí a partir de las diez, no me pregunte, porque no me he enterado nunca.
Y se puso a hablar de la mosca del olivo.
Volvieron. En el portón, Fermín se paró y miró la urbanización entera, las calles trazadas, los catorce esqueletos, la farola.
—Sesenta y dos casas iban a ser —dijo—. Yo he estado aquí ocho años y he oído la palabra "obra" tres veces. Hoy es la tercera. —Se echó la azada al hombro—. Así que ustedes hagan el favor de terminarla, aunque sea para que yo tenga con quién discutir por la basura.
Se fue por la calle B sin despedirse, que era su forma de despedirse.
Vera se quedó sola en la parcela con dos tomates en la mano. Se acercó al limonero por primera vez desde que llegó.
Lo compró ella, aquel día, en un vivero de la carretera de Alcalà, por dieciocho euros, y estuvo discutiendo con la dependienta sobre si un limonero de dos años agarraba mejor que uno de cuatro.
Lo plantó a las siete de la tarde, con la escritura todavía en el coche y los zapatos en la mano, y el hoyo lo hizo con una azada prestada, y le salió torcido, y alguien le dijo que daba igual, que el árbol se endereza solo buscando la luz.
Se había enderezado solo. Buscando la luz.
Se metió los tomates en el bolsillo del pantalón de obra, puso las dos manos en el tronco y las abrió todo lo que dio de sí.
No le llegaban. Le faltaba un palmo largo por cada lado.