La casa, año uno
La casa, año uno
Año uno.
En febrero vinieron a poner la valla. Trajeron malla galvanizada de dos metros, postes cada tres, y la clavaron con hormigón rápido en agujeros hechos con una barrena de gasolina que se oyó en toda la calle A.
En el portón colgaron un cartel plastificado con un teléfono y un candado que olía a fábrica.
Tardaron una mañana en cerrar lo que había estado abierto veintidós meses.
En octubre entraron por el lado del monte, donde la malla se corta con una tenaza normal.
Fueron dos y estuvieron cuatro horas. No se llevaron nada que pesara: abrieron las cajas, cortaron los tubos corrugados por el arranque y tiraron del cobre como se tira de un nervio, y el cobre salió entero de veintiséis metros de pared.
Antes de irse dejaron la puerta de la cocina como estaba, cerrada, porque una puerta cerrada dentro de una casa sin ventanas no parece que guarde nada.
Después vino el silencio, que no es la ausencia de ruido.
En una obra parada el silencio tiene capas: el viento en los cañizos del vecino, las chicharras de junio a septiembre, el goteo del faldón norte los tres días de lluvia del año, un helicóptero en agosto por los incendios.
Lo que no hay es voces. Estuvo cinco meses sin oír una voz humana, de octubre a marzo, y luego volvió a estarlo.
Aquel año, en el polígono de Miravent, un hombre y su padre vaciaron una nave.
Tardaron nueve días. Sacaron una escuadradora, dos bancos, una lijadora de banda y setenta y cuatro tableros que no eran suyos, porque nada de lo que había allí dentro era suyo desde marzo, y lo fueron cargando en una furgoneta blanca que hacía cuatro viajes diarios.
El último día el padre se sentó en el banco de su propio padre, que era la única pieza que se quedaron, y no se levantó hasta que se hizo de noche.
Ese mismo hombre, en abril, entró en un juzgado de Castellón con un papel firmado ante notario dos años antes en Alcalà.
Tenía una casilla para marcar entre dos opciones.
Marcó la de abajo. Firmó dos veces, una con su nombre y otra por poder, y salió a la calle, y en la acera de enfrente había una churrería y no entró.
Y en el norte, en una ciudad llana donde llueve fino y de lado, una mujer no deshizo la maleta grande hasta marzo.
La pequeña sí, el primer día. La grande estuvo cinco meses en un pasillo de una casa compartida con tres desconocidos, y cada uno de los tres, en algún momento, se ofreció a ayudarla a subirla al armario, y ella dijo que no hacía falta.
Ese año no vino nadie a la veintisiete. Ni una vez.