Capítulo 4
Quedaron el miércoles a las diez en la casa, y a las diez y dos minutos Vera ya había desplegado un plano sobre el hueco de la ventana del salón, sujeto con dos piedras.
—Te lo he impreso —dijo—. Estado actual, cotas comprobadas ayer con láser. Hay veintiséis centímetros de diferencia con el plano de proyecto en el hueco de la escalera, cosa que no me sorprende.
Martín miró el papel. Estaba todo: los espesores reales, las mermas, la cubierta con el faldón norte rayado y una nube de anotaciones a lápiz en el margen con la letra de imprenta de ella, que seguía escribiendo las eses como si las dibujara.
Había venido sola, el día anterior, y había medido la casa entera.
Cuarenta y tantos huecos y paños, uno por uno, con el láser, sin decírselo a nadie.
Le costó un momento apartar la vista, y no fue por las cotas.
—Bien —dijo.
—Bien no. Bien es una palabra de comercial. —Vera puso el dedo en la esquina inferior derecha, donde había una cifra—. Esto es lo que cuesta terminarla con empresa. Esto es lo que ofrece Levantia. Y esto es lo que sale a cada uno si aceptamos hoy y nos vamos a casa el viernes.
—Yo ya estoy en mi casa.
—Ya me entiendes.
Martín se apoyó en el cerco de ladrillo. Fuera, en la parcela, las chicharras habían empezado a media mañana y no iban a parar hasta la noche.
—Tu número está bien —dijo—. El de la venta también. Lo que pasa es que le falta una columna.
—Dime cuál.
—Una casa terminada, con licencia, en la costa, aunque sea en una urbanización a medio hacer, se vende por un cuarenta por ciento más que un cascarón con un pleito colgando.
Eso no es un cálculo mío. Eso lo sabe la señora de la carpeta, y por eso viene con el talón en junio y no en octubre.
Nos está comprando el trabajo antes de que lo hagamos.
—El cuarenta por ciento de más se lo come la obra.
—Según quién la haga.
—Según quién la haga y según cuántas veces haya que rehacerla. —Vera dio dos golpes en el plano con el dorso de la uña—. Yo he visto muchas obras baratas. Todas eran carísimas.
—Y yo he visto muchos presupuestos de empresa. En todos había una partida que se llamaba imprevistos y era el sueldo de alguien.
—No, si la obra no se paga a precio de obra.
—Levantó la barbilla hacia el papel—. Ahí has metido carpintería exterior a mil quinientos el hueco.
Yo te la pongo a coste de material. Doce huecos.
Ahí tienes trece mil euros que no aparecen en ninguna oferta.
Y ahí has metido dirección de obra, y proyecto de legalización, y las visitas del técnico municipal, y eso son otros diez o doce mil que no vas a pagar tú si los firmas tú.
Vera no dijo nada durante unos segundos. Estaba haciendo la cuenta y él lo sabía porque siempre se le movía un poco la mandíbula cuando hacía cuentas, y eso tampoco había cambiado.
—Me estás proponiendo trabajar contigo tres meses y medio.
—Te estoy proponiendo terminar la casa y venderla mejor. Es distinto.
—No es distinto para mí.
—Ya lo sé.
Ella se dio la vuelta y anduvo hasta el centro del salón, donde las amapolas secas, y desde allí, de espaldas, empezó a hablar en el tono en que dictaba a los aparejadores.
—Si hacemos esto, hay reglas. Una: no hablamos del pasado. Ni una vez. No hay nada ahí que sirva para poner una ventana.
—Vale.
—Dos: esto es una obra y yo soy la dirección facultativa. Si tú y yo discutimos por una solución constructiva, gano yo, y no porque tenga razón, sino porque firmo yo. Cuando firmes tú algo, mandarás tú.
—Vale.
—Tres: presupuesto cerrado y cuenta común. Todo lo que entre y salga, apuntado. No quiero sorpresas de dinero.
Martín tardó medio segundo de más.
—Vale.
—Y cuatro: el treinta de septiembre esto se acaba. Con licencia o sin licencia, con venta o sin venta, el uno de octubre yo estoy en Róterdam. —Se giró—. Eso no es negociable y no quiero que a mitad de agosto nadie se haga ilusiones sobre el calendario.
Nadie. Lo había dicho en tercera persona, con una limpieza de arquitecta.
Martín hizo la cuenta de días sin querer, igual que contaba las tejas de un faldón desde la calle.
Ciento catorce. Sacó otra cuenta encima, la mala, la de cuántos días de trabajo eran ciento catorce descontando domingos, la inspección, la tramitación y las dos semanas de agosto en que el ayuntamiento cierra a mediodía. Le salieron menos.
—Vale —dijo él por cuarta vez.
—¿No vas a discutir ninguna?
—¿Para qué? Son buenas reglas. —Se separó del cerco y recogió el metro del suelo—.
Solo una cosa. La cubierta hay que empezarla esta semana, porque las tormentas de verano aquí vienen sin avisar y si entra agua ahora, todo lo que hagamos después se pudre.
Pero si tú prefieres empezar por dentro, empezamos por dentro. Es tu decisión.
Lo dijo sin ninguna intención. Recogiendo el metro, con la voz de alguien que cede un detalle menor a la persona que manda en la obra.
Vera lo miró un segundo más de la cuenta.
—Empezamos por la cubierta —dijo.
Y añadió, ya de camino a la puerta, sin volverse:
—Una cosa más. La cocina.
Martín se paró con el metro en la mano.
—¿Qué pasa con la cocina?
Ahí estaba: la pregunta entera, formada, a un centímetro de la boca. Vera tenía la fotografía del cajón en el móvil y tenía el nombre de la carpintería en la cabeza desde las siete y media de la tarde anterior. Podía hacerla allí mismo y terminar con aquello antes de subir una sola teja.
Y no la hizo, y la razón fue tan poco noble que decidió no examinarla: quería ver qué contaba él primero.
—Que no la toques —dijo—. Está entera y hay que protegerla antes de tirar tabiques. Plástico y cinta de carrocero, no de la otra, que deja pegamento.
—Ya lo sé.
—Ya sé que lo sabes.
Bajaron a la furgoneta a por las escaleras.
Él subió al faldón norte y ella se quedó abajo cargando, y en veinte minutos habían encontrado el ritmo: dos tejas, la mano, dos tejas, la mano, sin mirar, sin avisar.
A la media hora Vera cayó en que llevaba media hora sin pensar en nada y subió la escalera para no darse cuenta del todo.
Arriba había mierda de pájaro de doce años y una vista que en 2012 les habían vendido a peso: el monte, la línea de la carretera, y al fondo, si uno se ponía de pie en el caballete y se estiraba, una raya de mar del ancho de un dedo.
Estuvieron cuatro horas subiendo tejas y contando las rotas.
Ciento treinta y seis rotas de mil doscientas, que era mejor de lo esperado, y a las dos y media, cuando Vera se sentó en el bordillo con la espalda contra la rueda de la furgoneta y las manos llenas de polvo de mortero, le vibró el móvil.
Era un número de Castellón.
—Señora Lozano, Sonia Roig. Perdone que la moleste un miércoles.
—De fondo se oía una autovía—. He estado revisando el expediente esta mañana y hemos actualizado la oferta que les dejé el lunes.
Le he mandado el detalle por correo. Son doce mil euros más para cada uno de ustedes, con las mismas condiciones y sin plazo de respuesta.
Vera miró hacia arriba. En el faldón norte, contra el cielo blanco de las dos y media, Martín estaba de rodillas colocando la última hilada del día, y le llegaba el ruido de la teja al asentar, ese chasquido corto, doce veces por minuto.
—No se lo hemos pedido.
—No —dijo Sonia—. Por eso se lo digo yo. Cuando la gente empieza a subirse al tejado es cuando conviene recordarle que hay otra manera.
Colgó primero ella.