La casa donde nunca vivimos Capítulo 3
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Capítulo 3

En la sala de espera del administrador concursal había ocho sillas de polipiel y siete personas mayores.

Vera lo entendió a los dos minutos: eran del pleito, del otro, del de los que sí resolvieron.

Un matrimonio de Vinaròs con una carpeta de anillas llena de separadores de colores.

Una señora sola con una bolsa de tela y un bolígrafo en la mano por si acaso.

Hablaban de fases y de porcentajes y de una sentencia de la Audiencia con la familiaridad de quien lleva diez años hablando de lo mismo en la misma sala.

Cuando llamaron a Vera por su apellido, todos levantaron la cabeza a la vez y volvieron a bajarla a la vez.

El despacho olía a fotocopiadora y a ambientador de coche. Estaba en un séptimo de la avenida del Rey Don Jaime, en Castellón, y desde la ventana se veía la parte de atrás de un centro comercial.

—¿Y si uno de los dos no quiere? —preguntó Vera.

—Entonces no hay nada que hacer y usted ha viajado en balde. —Embid lo dijo sin ninguna crueldad, con el cansancio del que ha dicho cosas peores esa misma mañana—. Es una copropiedad, señora Lozano. En una copropiedad no se avanza en contra del otro. Solo se avanza junto al otro o no se avanza.

Vera pasó una hoja.

—¿La licencia es viable? Porque si la urbanización no está recepcionada, no hay primera ocupación ni con la casa terminada ni con la casa amueblada.

Embid la miró por primera vez con algo parecido al interés.

—Es usted del oficio.

—Soy arquitecta.

—Entonces ya sabe que es la única pregunta buena.

—Buscó en la pila de la derecha sin dudar, lo que quería decir que la pila no era desorden sino sistema—.

La fase uno se recepcionó en 2013. Agua, luz, saneamiento y viario, hasta la calle B.

Su unidad está dentro. La fase dos no, y por eso la mitad de esa urbanización no se terminará nunca.

—Le pasó el papel—. Y por eso, exactamente por eso, el fondo quiere las de la fase uno.

Llamaron a la puerta. Entró Martín.

Vera se levantó porque había que levantarse y se dieron la mano.

Fue exactamente eso: se dieron la mano. Él dijo su nombre y ella dijo el suyo, que era una barbaridad y ninguno de los dos lo notó hasta después.

Tenía más cuerpo que a los veinticinco, el pelo con canas en las sienes y las manos de siempre, con dos dedos de la derecha más gruesos en la última falange, cosa de años de sargento y de formón.

Olía a taller. Vera registró todo eso en un segundo y medio con la eficacia con la que se lee un plano de otro estudio, y se sentó, y se puso a mirar el anexo tercero, que se sabía de memoria.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Y no hubo más. Doce años, y las dos personas que mejor se conocían en aquel edificio se saludaron como dos peritos.

Él se sentó en la silla de al lado, no en la de enfrente, porque era la que quedaba, y durante el resto de la reunión Vera tuvo a treinta centímetros un antebrazo con serrín pegado al vello y una manga remangada dos vueltas, que es como se remanga la gente que se remanga a diario y no la que se remanga para una reunión.

Embid repitió para él lo del párrafo. Martín asintió en los sitios correctos.

No hizo ni una sola pregunta, y Vera anotó eso también, en la parte de la cabeza donde anota las cosas que no encajan.

Sonia Roig llegó cinco minutos después y pidió disculpas por el tráfico de la ronda. Cuarenta y tantos, camisa de lino, una carpeta fina.

—Levantia Capital —dijo, y les dio una tarjeta a cada uno—. Antes de nada: enhorabuena. Sé que suena raro decírselo, pero después de doce años les han dado ustedes algo, y eso en este expediente no le ha pasado a casi nadie.

Puso la carpeta sobre la mesa y no la abrió.

—Tenemos una oferta por la unidad. Está ahí dentro y prefiero que la lean con calma y sin mí delante.

Solo les digo dos cosas y me marcho. La primera es que la oferta es por la casa como está hoy, sin obra y sin riesgo para ustedes.

La segunda es que a mí me pagan por comprar, no por convencer, así que no les voy a llamar todos los días.

—Se puso de pie—. Si terminan, terminan y me alegraré de verdad.

Yo he visto acabar tres casas en esa urbanización en once años.

—Una pregunta —dijo Vera—. Si terminamos y no vendemos, ¿qué hacen ustedes?

—Nada. —Sonia se colgó el bolso—. Reordenamos el plan de fase uno con una casa menos y me llevo una regañina pequeña. No somos una película, señora Lozano. Somos una hoja de cálculo con abogados.

Se fue. Embid miró la carpeta y no dijo nada. Martín tampoco.

Vera la abrió en el ascensor. Eran dos folios y una cifra, y la cifra estaba bien: no era un abuso, no era una limosna, era exactamente lo que valía aquello y ni un euro más. Esa era la parte desagradable.

La notaría era en el mismo edificio, dos plantas más abajo. Bajaron por la escalera porque el ascensor tardaba, y los cuatro tramos los hicieron sin decir nada, con el ruido de los zapatos de ella marcando el paso de los dos.

A la una y cuarto estaban delante de un oficial que tecleaba con dos dedos y una velocidad asombrosa.

Vera abrió su carpeta.

—Antes de la aceptación quiero revocar un poder.

El oficial levantó la vista.

—¿Poder de qué fecha?

—Doce de mayo de 2012. Notaría de Alcalà. Poder especial recíproco para actos de gestión relativos a la compraventa. —Deslizó la copia por la mesa—. Está aquí. Lo revoco yo y él revoca el suyo, supongo, si quiere. Prefiero firmar yo lo mío.

Lo dijo mirando al oficial, no a Martín. Era una frase que se había preparado en el coche, y en el coche sonaba a trámite, y allí sonó a lo que era.

Hubo un silencio de tres segundos. Martín se pasó el pulgar por el canto de la mesa, de ida y de vuelta.

—Claro —dijo—. Lo mío también, si hace falta.

Nada más. No se defendió, no explicó, no preguntó por qué después de doce años ni por qué justo eso primero. Firmó donde le señalaron con una firma corta que Vera conocía de las cartas de 2013 y que era la única cosa de él que no había cambiado.

Ella había ensayado dos respuestas para lo que él dijera. Una para si se ofendía y otra para si preguntaba. No había preparado ninguna para aquello, y se quedó con las dos en la boca todo el rato que el oficial tardó en sellar.

El oficial imprimió, grapó y empezó con los datos de la escritura de aceptación.

—Vamos allá. Nombre y apellidos, DNI, domicilio... —Pasó el dedo por la pantalla y no levantó la cabeza—. Estado civil.

—Soltera.

—Soltero.

Los dos a la vez, en el mismo tono, con la misma prisa por acabar el trámite.

El oficial tecleó y no se enteró de nada.