La casa donde nunca vivimos Capítulo 2
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Capítulo 2

A las siete y media Martín estaba encolando el marco de un espejo.

Su padre estaba sentado en la puerta del garaje, en la silla de anea, mirando la calle. Ginés se pasaba allí las tardes desde abril, cuando empezaba el buen tiempo. No hablaba mucho. De vez en cuando decía el nombre de una madera y se quedaba tan tranquilo.

—Sapeli —dijo, por ejemplo.

—Eso es pino, papá.

—Ya.

Un minuto después alargó la mano hacia el banco, sin levantarse, y le dio dos golpecitos con el nudillo al listón de recorte que había caído al suelo. Sonó hueco por la parte del nudo.

—Ese no.

Y tenía razón. Martín lo apartó y cogió otro.

Su padre llevaba dos años sin acordarse de si había comido, y seguía sabiendo por el sonido dónde tenía un nudo una tabla de tres cuartos.

Los médicos le habían explicado a Martín por qué pasa eso, con palabras largas, y Martín se había quedado con lo único que le servía: que había cosas que su padre no iba a perder porque no las tenía en la cabeza, las tenía en las manos.

En el corcho, encima del banco, entre el albarán de la ferretería y una foto de un aparador que hizo su abuelo en el cincuenta y ocho, estaba la carta.

Llevaba allí desde el catorce de mayo. Membrete del juzgado de lo mercantil, dos folios y un anexo, y la palabra adjudicación en el segundo párrafo.

Martín la había leído seis o siete veces la primera semana y ninguna desde entonces.

No hacía falta. Se la sabía como se sabe una cifra que se debe.

Lo del anexo sí lo miraba a veces, porque el anexo era una lista y las listas tranquilizan.

Titulares: dos. Cuota: cincuenta por ciento indiviso cada uno.

Condición resolutoria: licencia de primera ocupación con fecha límite treinta de septiembre de dos mil veintiséis.

Y debajo, en la parte de notificaciones, dos direcciones.

La suya, la de siempre, calle de la Sènia número 4.

Y una calle de Róterdam que él había tenido que copiar letra a letra de un correo, en abril, delante del funcionario, y que se escribía de una manera que no se parecía a como suena.

A las ocho menos cuarto bajó al estanco a por tabaco para su padre, que ya no fumaba pero quería el paquete encima de la mesilla, y Amelia le dijo, mientras le daba el cambio:

—Ha llegado la chica de Amparo.

Martín se guardó las monedas.

—Ah.

—Esta tarde. Con un coche blanco de alquiler. —Amelia era una mujer que informaba, no que insinuaba, y eso era lo mejor que se podía decir de ella—. Ha subido para arriba.

Para arriba era la urbanización. En Miravent no hacía falta más.

—Está muy guapa —añadió Amelia, y se puso a colocar los décimos de lotería—. Se ha cortado el pelo.

Martín dijo que ya, dio las gracias y salió a la calle con el paquete en la mano.

Volvió andando despacio, por la sombra. En el bar de la plaza había cuatro hombres viendo un telediario que no miraba nadie.

La panadería tenía puesto el cartel de cerrado por vacaciones desde hacía dos años, y en la esquina del ayuntamiento seguía la pintada de la asociación de afectados, medio borrada por una capa de cal que alguien echó por encima sin ganas.

Hizo la cuenta sin querer: si había subido esa tarde, había entrado.

Si había entrado, había hecho lo que hace ella, que es mirarlo todo por orden.

Y si lo había mirado todo por orden, había abierto la puerta de la cocina.

La puerta. Ese era el fallo, y lo sabía desde el primer año.

Una cocina cerrada dentro de una ruina abierta es una pregunta con patas.

Había pensado muchas veces en descolgarla y dejar el hueco como los demás, y no lo había hecho nunca, y la razón no era práctica: sin puerta entraba el polvo.

Con eso se había conformado durante doce años, y era mentira, porque un plástico grapado al cerco también para el polvo y cuesta cuatro euros.

Se paró en la esquina de la calle Mayor con una idea muy clara y muy pequeña en la cabeza: no se lo iba a contar.

No se lo iba a contar mañana en la notaría, ni pasado, ni la semana siguiente.

Se lo contaría cuando ella hubiera visto cómo estaba la casa entera y hubiera hecho números y hubiera decidido.

Después. Se lo diría después. Doce años sosteniendo esa palabra y la palabra seguía aguantando peso, como un puntal que uno sabe que está mal puesto pero que todavía no se ha caído.

En casa, dio de cenar a su padre, tortilla francesa y tomate del huerto de Fermín, y lo dejó con el partido de a saber quién contra a saber quién. Luego se sentó en el banco del taller con el cuaderno de obra y una calculadora del banco.

La partida gorda era la carpintería exterior: doce huecos.

Presupuestado a precio de mercado, con instalación, dieciocho mil.

Fontanería y sanitarios, once. Electricidad completa, nueve y medio.

Solados y alicatados, catorce. Revestimiento de fachada, doce.

Cubierta, siete. La cifra de abajo del todo tenía seis dígitos y ninguna posibilidad.

Se quedó mirándola un rato. Era la clase de cifra que en 2013 le habría parecido un chiste y que en 2014 aprendió a mirar de frente, sentado en una nave vacía con su padre al lado, mientras un hombre con una carpeta les explicaba lo que significa ser acreedor ordinario.

Empezó otra vez. Puso las doce ventanas a cero de mano de obra, porque él tenía manos, y a coste de material, y bajó de dieciocho mil a cinco mil doscientos.

La madera la tenía media comprada desde hacía años, aunque eso no lo escribió.

Puso los solados con cuadrilla de dos y las tardes de agosto que no piensa trabajar nadie.

Puso la dirección de obra a cero, y ahí se quedó parado un rato con el bolígrafo en el aire, porque una dirección de obra a cero significa una arquitecta a cero, y una arquitecta a cero significa una arquitecta.

Escribió la cifra nueva. Le faltaban veintidós mil euros para cuadrar y no tenía veintidós mil euros, pero era la primera vez en doce años que la distancia entre aquella casa y una casa terminada cabía en un número que se podía decir en voz alta.

Debajo de la calculadora estaba el otro cuaderno, el de hule verde, con la goma. Ese no lo abrió. Lo apartó a un lado del banco con dos dedos, como se aparta una herramienta que no toca en ese paso.

A las once y media apagó el transistor y la luz del taller.

Antes de subir descolgó del clavo la llave vieja de la veintisiete, la de la arandela de cartón con el 27 escrito a rotulador. La sopesó en la palma. Pesaba lo que pesa una llave, que es nada.

La volvió a colgar del clavo.