La casa donde nunca vivimos
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Capítulo 1
La farola de la rotonda seguía parpadeando.
Antes de la calle B estaba la caseta de ventas, un prefabricado blanco con la puerta encadenada y las banderolas convertidas en tiras.
En el lateral aguantaba todavía el cartel grande, el del render: una fachada color arena, una piscina de un azul que no existe en la naturaleza, una pareja joven de espaldas mirando un mar que desde allí no se veía ni se vería nunca, porque el mar quedaba detrás del monte.
Debajo, en letra grande: MAR DE AZAHAR. VIVE DONDE OTROS VERANEAN.
Debajo de eso, en letra pequeña, el nombre de la promotora y el número de registro.
La valla de la veintisiete era de malla galvanizada, más nueva que todo lo demás. Colgaba un cartel de la administración concursal con un teléfono de nueve dígitos y un candado con la etiqueta amarilla del juzgado.
Se bajó. El calor de junio le subió por las piernas desde el asfalto que allí ya no era asfalto sino zahorra, y le llegó el olor: azahar pasado, ese que ya no huele a flor sino a lo que queda después de la flor. Sacó el llavero.
La llave de 2012 llevaba doce años en aquel llavero.
Se la había dado la comercial de Promociones Azahar Levante el día de la firma, con una arandela de cartón donde alguien había escrito a rotulador un 27.
La comercial hizo una broma sobre estrenar antes de tiempo y ellos dos se rieron mucho, porque tenían veinticuatro y veinticinco años y se reían de cualquier cosa.
La llave no había abierto nunca nada. Era un regalo de empresa, como un llavero de hotel.
Vera la había cambiado de llavero cuatro veces, de casa tres, de país una, y nunca había llegado a tirarla, y ese era exactamente el tipo de cosa sobre la que no le apetecía pensar a las siete y veinte de la tarde.
La probó igualmente en el candado nuevo. No entraba ni un milímetro.
Entonces abrió el sobre del juzgado, sacó la llave con el precinto numerado y esa sí giró a la primera.
Dentro, se puso a trabajar. Fue una decisión consciente y la tomó en el mismo umbral: entrar como técnico. Sacó el móvil, abrió notas, y empezó por la cubierta, como se empieza siempre, porque el agua manda.
Fotografía general desde el sur. Fotografía general desde el oeste.
Detalle de cada patología con un metro amarillo apoyado al lado para dar escala, porque una fisura sin escala no vale nada en un informe y porque poner el metro obliga a acercarse, y acercarse ocupa las manos.
Vera llevaba once años haciendo eso mismo en edificios de otros.
El procedimiento tenía la ventaja de no dejar hueco.
Cubierta: sin impermeabilización terminada.
Tejas movidas en el faldón norte, aproximadamente un doce por ciento.
Sin canalones. Sin bajantes: los habían arrancado, y los tacos seguían allí, seis pares de tacos huérfanos en la fachada, contando el robo con la exactitud con que cuentan las cosas los objetos.
Cerramientos: ladrillo perforado a cara vista donde tendría que haber ido el revestimiento. Huecos de ventana sin carpintería, doce, todos, algunos con restos del listón provisional que puso la obra en 2013 y que ahora era un flequillo de madera gris.
Instalación eléctrica: los tubos corrugados, vacíos. En la caja general, un boquete. El cobre se había ido el primer año. Eso lo sabía por las cartas que en su día no había querido leer del todo.
Escalera: sin barandilla, con el zanquín visto y una eflorescencia blanca en el arranque que hablaba de una humedad de años. Subió, porque la humedad se mira de cerca o no se mira.
Desde la planta alta se veía la urbanización entera, las calles trazadas sobre el monte como las líneas de una mano abierta que no llegó a cerrarse. Y se veía el limonero.
Estaba en el sitio donde ella lo había plantado, a cuatro metros y medio de la fachada sur, cuatro y medio porque un limonero adulto quiere ese espacio y ella ya entonces medía las cosas.
Era enorme. No lo había regado nadie y era enorme; los limoneros de allí aguantan lo que les echen si les toca el freático.
Tenía fruta. Vera lo miró el tiempo que se mira una cosa que no se ha pedido ver y luego bajó a terminar el inventario, porque en la planta baja quedaba el salón, el aseo, el hueco de la escalera y la cocina.
En el porche había nidos de golondrina, tres, con la mancha vertical de doce primaveras debajo.
En el muro oeste, un grafiti grande, unas letras hinchadas de plata y azul que no decían nada legible.
En el suelo del salón, entre el mortero, amapolas secas de mayo que habían encontrado una junta y habían tirado para arriba.
Todo estaba en el estado exacto que Vera había venido a certificar. Ruina útil, valor de suelo, tres semanas de peritaje y una firma. Lo había pensado así en el avión, con esas palabras.
La puerta de la cocina estaba puesta.
Se detuvo. En una casa sin una sola carpintería, sin ventanas, sin cerco en ninguno de los huecos, había una puerta de madera maciza, colgada, aplomada, con sus tres pernios y su manilla, cerrada.
La abrió.
La cocina estaba terminada.
No terminada como una promesa comercial, no terminada de escaparate.
Terminada. Muebles bajos con tirador de cuero, encimera de madera tratada, un frente de azulejo blanco puesto con junta fina, los altos hasta el techo, un vasar corrido, la campana encajada en su hueco.
La instalación asomaba por dos pasamuros esperando un fontanero que llegaría algún día.
La ventana, la única de la casa que tenía carpintería, era de cuarterones y estaba cerrada.
No había polvo.
En una casa abierta por doce huecos, en un monte de junio, sobre un suelo de mortero sin pulir, no había polvo.
Vera lo comprobó con la yema en el canto de la encimera y luego en el alto de la campana, que es donde el polvo va primero y se queda siempre.
Nada. Ni telarañas en el ángulo del techo.
Ni una hoja seca, y a doce metros había un limonero que soltaba hoja todo el año.
Se quedó parada en el marco. Su cabeza hizo lo que hace siempre, que es buscar la explicación aburrida: casa piloto, promoción, muestra para enseñar a compradores.
La descartó en cuatro segundos, y los cuatro segundos fueron técnicos.
Una cocina de casa piloto se monta en la caseta de ventas, no en una vivienda sin acometidas.
Una cocina de casa piloto no se pone en la unidad veintisiete de sesenta y dos, la última de la fila, la que no se ve desde la entrada.
Una cocina de casa piloto no lleva un vasar corrido, que es una cosa que ya no hace nadie porque no la pide nadie.
Y ninguna cocina de casa piloto sobrevive doce años en una obra parada, con la valla reventada dos veces por los del cobre. Se habrían llevado el fregadero. Se habrían llevado los tiradores. Alguien había estado allí después que ellos.
Se acercó a la isla de muebles bajos, tiró de un cajón y lo sacó del todo.
Pasó el dedo por el canto.
Cola de milano. Vista, hecha a mano, ocho colas por costado, con los pines finos como los hace quien tiene el pulso educado.
Eso no lo monta un catálogo. Eso no lo monta una promotora.
Eso lo hace un carpintero, de pie, con una sierra de costilla y un formón, y le lleva su tiempo, y luego repite la operación diecinueve veces más porque una cocina tiene veinte cajones.
Carpintería Sanchís. La cocina de la fase 1 la suministraba la carpintería Sanchís, y en la carpintería Sanchís trabajaban dos hombres, y uno de ellos se llamaba Martín.
Vera empujó el cajón hasta el fondo. Corrió sin ruido, con esa succión de aire de los cajones que están bien hechos.
En la encimera había un limón.
No estaba seco.