CAPÍTULO 10 #2
Sofía levantó la mirada.
—Necesitamos a Adrián.
Elena salió con su vía.
—Usa la mía.
—La credencial ejecutiva no sustituye al administrador de la vivienda.
Mi padre se acercó despacio.
La casa había sido construida para obedecerle incluso después de que todos los demás dejasen de hacerlo.
Colocó la muñeca en el lector.
—Abrir airlock para equipos de emergencia.
—La apertura finalizará el aislamiento integral de Casa Cero.
Adrián observó el Atrio Azul, el Núcleo abierto y las fotografías dentro de la caja de Julián.
—Confirme.
—Confirmo.
El sellado comenzó a retirarse.
Las puertas que habían permanecido cerradas desde medianoche se desbloquearon una a una.
Primero la cámara blanca. Después el corredor de servicio.
El Ala Violeta quedó conectada al resto de la casa.
Los paneles del Comedor Ámbar recuperaron su transparencia.
La Clínica Roja dejó de funcionar como compartimento independiente.
Por último, la puerta exterior del airlock se abrió.
Entró aire frío.
No estaba filtrado ni medido con la precisión de Casa Cero. Olía a humo lejano, tierra mojada y combustible de los vehículos que ascendían por el camino.
La voz del sistema cambió.
—Aislamiento finalizado. Arquitectura abierta.
Las luces de los siete sectores se encendieron al mismo tiempo.
Azul. Ámbar. Verde. Violeta. Rojo. Negro. Blanco.
Durante unos segundos, la casa de mi madre apareció bajo la fortaleza.
Los equipos de emergencia llegaron a las 03:19.
Entraron por el airlock con máscaras, camillas y equipos de medición. Detrás de los sanitarios venían bomberos, dos policías y una inspectora que llevaba la orden judicial de San Gregorio dentro de una funda transparente.
La casa comenzó a contar.
—Diez patrones respiratorios detectados.
Entraron tres personas más.
—Trece patrones respiratorios.
Otros cruzaron el atrio.
—Dieciséis patrones respiratorios. Advertencia: discrepancia de credenciales.
Sofía apagó el audio.
La casa siguió contando en la pantalla, incapaz de comprender que la puerta estaba abierta y que ya no importaba quién pertenecía dentro.
Los sanitarios evaluaron a Elena y a Adrián. Sus plaquetas continuaban cayendo, aunque más despacio. Los trasladarían juntos al hospital.
Un policía se acercó a mi padre.
—Señor Varela, su dispositivo de acceso queda incautado como parte de la investigación.
Adrián miró su pulsera.
—Contiene información médica.
—El hospital recibirá una copia. Necesito que se la quite.
Mi padre abrió el cierre.
La marca pálida alrededor de su muñeca parecía la huella de algo que hubiese llevado durante demasiado tiempo.
Entregó la pulsera.
La casa perdió a su administrador.
—Credencial principal no disponible —mostró la consola.
Nadie intentó sustituirlo.
La inspectora habló con Alma dentro del Núcleo. Le pidió la unidad original, el índice de los archivos sustraídos y una descripción del acceso por el túnel. Alma no ocultó su entrada ni la ayuda de Sofía.
—La posible responsabilidad por la intrusión se evaluará después —dijo la inspectora—. Ahora necesito preservar esto.
—Hay una copia externa —respondió Alma.
—Lo sabemos.
—Y otra programada si la unidad pierde contacto.
—Desactívela.
Alma miró hacia mí.
—Desactívala —dije.
Introdujo una clave y canceló el envío automático.
Entregó el dispositivo.
No pareció aliviada al soltarlo. Durante meses, quizá años, había reducido su vida a conservar aquella caja negra. Al quedarse sin ella tuvo que sujetarse a la mesa.
La inspectora la sostuvo por el brazo.
—Necesita atención médica.
—Necesito acompañar el archivo.
—El archivo tiene más escolta que usted.
Inés permitió que mi padre entrara en la clínica cuando Tomás estuvo preparado.
Adrián permaneció allí dos minutos.
Al salir no dijo nada. Elena entró después y cerró la puerta. Tampoco quiso compañía.
Yo fui la última.
Tomás parecía más joven sin los cables ni la sangre. Inés le había lavado el rostro y peinado el pelo con los dedos. Tenía las manos colocadas sobre el abdomen.
El anillo de boda ya no estaba.
Inés lo llevaba colgado de una cadena alrededor del cuello.
—Quieren trasladarlo —dije.
—Ya lo sé.
—Puedo ir con él.
—Voy yo.
—Claro.
Inés observó a Tomás.
—En el funeral no quiero que digan que murió luchando contra Lázaro.
—No lo diré.
—Ni que fue sólo una víctima.
—No.
—Firmó. Calló. Después intentó corregirlo. Las tres cosas son verdad.
—Sí.
—No dejéis que su muerte lo vuelva sencillo.
Me acerqué a ella.
Inés permitió que la abrazara, pero mantuvo los brazos junto al cuerpo. Después de unos segundos apoyó la frente en mi hombro.
—Tendría que haberlo obligado a hablar —dijo.
—No era tu responsabilidad.
—Sabía cuándo mentía.
—No sabías sobre qué.
—Sabía que algo lo estaba consumiendo.
Miró las manchas bajo la piel de Tomás.
—Sólo me equivoqué de enfermedad.
Los sanitarios entraron con la camilla.
Inés caminó junto a su marido cuando lo sacaron de la Clínica Roja. La casa no emitió ningún aviso al perder su peso, su temperatura ni la respiración mecánica que había contado durante los últimos minutos.
El cuerpo de Tomás cruzó el Atrio Azul.
Nadie habló.
Al pasar junto al canal, Julián abrió la caja y colocó encima la fotografía de Damián Requena. No supe si lo hizo por Tomás o por los demás. Tal vez la distinción ya no servía.
Elena y Adrián salieron después en camillas separadas.
Antes de entrar en la ambulancia, mi padre me llamó.
Me acerqué.
La mascarilla de oxígeno cubría parte de su rostro.
—Avísame cuando Nico despierte.
—El hospital lo hará.
—Quiero que me lo digas tú.
—No sé si podré verlo.
—Te dejarán.
—No me refiero al hospital.
Adrián entendió.
—Lo que hice no cambia que sea mi nieto.
—No.
—Ni que intentara salvarlo.
—Tampoco.
Pareció esperar algo más.
—Sabías suficiente para detenerte —dije—. Ésa es la parte que no va a cambiar.
Mi padre miró hacia Casa Cero.
El Jardín Verde seguía abierto al cielo. Las luces de emergencia teñían las ramas del fresno, y el interior de la vivienda era visible desde la puerta blanca.
—Pensé que podía corregirlo después.
—Siempre había un después mientras le ocurría a otra persona.
El sanitario cerró la ambulancia.
Adrián se marchó vivo.
Tendría tiempo para explicar cada firma.
Nico despertó treinta y seis horas después.
Para entonces, Lázaro-7 estaba suspendido en once países. Los centros habían localizado a todos los participantes activos salvo dos. Cuatro pacientes presentaban alteraciones hematológicas y habían recibido el protocolo de rescate antes de desarrollar una hemorragia grave.
La fiscalía intervino San Gregorio y los servidores de Varela Biotec. Aureon suspendió la operación antes de que abrieran los mercados. El consejo aceptó la renuncia de Elena como directora ejecutiva y nombró una administración provisional que ya no respondía a nadie de la familia.
Gabriel permanecía en cuidados intensivos. Sus plaquetas habían comenzado a recuperarse, pero necesitó una sesión de diálisis. Grabó una segunda declaración desde la cama y entregó sus cuadernos de laboratorio.
Alma pasó una noche hospitalizada por la herida y una infección leve. Al salir, la esperaba una citación como testigo y otra relacionada con la intrusión en Casa Cero. Guardó ambas en el mismo bolsillo.
Sofía declaró durante nueve horas.
Julián entregó las grabaciones, su arma y un informe que comenzaba a medianoche y terminaba con la apertura del airlock. En el apartado dedicado al uso de la fuerza escribió que había inmovilizado al propietario para preservar vidas y pruebas. No añadió ninguna justificación.
Inés no habló con la prensa. Organizó el funeral de Tomás y envió su historia clínica completa a la investigación. Cuando le preguntaron si deseaba retirar la declaración grabada por su marido, contestó que Tomás había pasado demasiado tiempo sin hacerse oír.
Yo declaré tres veces.
La primera ante la fiscalía.
La segunda ante la agencia de medicamentos.
La tercera delante de las familias cuyos nombres había aprendido dentro de la casa.
Andrés Otero estaba entre ellas. No me permitió leer una disculpa preparada. Me pidió que explicara quién había ordenado responder a su correo mediante una advertencia jurídica.
Le dije que había sido yo.
No me perdonó.
No se lo pedí.
Cuando me autorizaron a entrar en la habitación de Nico, Elena dormía en una silla junto a la ventana. Tenía una vía todavía conectada y el blanco del ojo cubierto por una mancha roja. Sus plaquetas se habían estabilizado, pero se negaba a dejar la planta mientras su hijo siguiera allí.
Nico estaba despierto.
Tenía el rostro hinchado por la medicación y un catéter en el cuello. La pantalla a su lado mostraba cifras que no entendí hasta encontrar la palabra plaquetas.
Cincuenta y nueve mil.
—Subiendo —dijo.
Su voz era débil.
—Te queda mucho para presumir.
—Tomás presumiría con veinte.
El nombre quedó entre nosotros.
Nico miró a su madre dormida.
—Me lo dijeron esta mañana.
—Lo siento.
—Yo también.
No lloró. Quizá ya lo había hecho. Quizá el cuerpo no le permitía perder más líquido.
—¿Inés está sola? —preguntó.
—No quiere ver a nadie.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
Nico arqueó una ceja.
—Te pareces a mi madre.
—Es la cosa más cruel que me han dicho esta semana.
Elena abrió los ojos.
No protestó.
—¿Cómo está el abuelo? —preguntó Nico.
—Estable —respondió ella—. La medicación funcionó. Tiene daño renal, pero no necesitará diálisis si continúa mejorando.
—¿Está detenido?
—Está bajo custodia hospitalaria mientras los jueces deciden.
—Entonces no.
—Entonces no.
Nico miró hacia la ventana.
—¿Y tú?
Elena se incorporó.
—He renunciado.
—No he preguntado por el trabajo.
Ella tardó en responder.
—No lo sé.
Nico asintió.