La casa dice que somos diez CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Aquella respuesta pareció satisfacerlo más que cualquiera de las certezas con las que lo había criado.

—Alma vino ayer —dijo.

—No estaba cuando yo llegué.

—Le pidieron que no regresara sin autorización. Discutió durante cuarenta minutos.

—Eso suena a Alma.

—Dice que la primera formulación sigue en el archivo.

Elena se tensó.

—No vamos a hablar de tratamientos ahora.

—No estoy hablando de volver a ponérmelo.

—Nico.

—Pregunté si lo que funcionó conmigo puede servir a otros.

—¿Y qué dijo?

—Que no mientras pertenezca a una empresa que necesita venderlo antes de entenderlo.

Elena bajó la vista.

—Tiene razón.

Nico miró la cifra de plaquetas.

—Eso debe dolerte.

—Mucho.

—Bien.

La palabra no fue amable, pero tampoco cerró la conversación.

—La enfermedad original sigue ahí —dijo Nico—. Lázaro no la eliminó. La retrasó. Cuando salga de esto, seguirá siendo una decisión.

—No tienes que tomarla ahora —respondí.

—No. Pero esta vez quiero estar en la habitación cuando la tomen.

Elena le sujetó la mano.

Esperó a que él decidiera si retirarla.

Nico la dejó allí.

—¿Qué pasó con la casa? —preguntó.

—Está bajo custodia judicial.

—¿Sigue contando?

—Sofía desconectó el audio.

—No es lo mismo.

—Mañana vuelvo con los técnicos para entregar el Núcleo. Puedo comprobarlo.

Nico golpeó dos veces la barandilla de la cama.

Esperó.

Golpeó otras dos.

—Dile que sigo aquí —dijo.

Regresé a Casa Cero seis días después de que se sellara.

Las cintas judiciales cruzaban el airlock y el camino estaba lleno de vehículos de investigación. El humo de San Gregorio había desaparecido, pero el aire conservaba un olor tenue a plástico quemado cuando el viento llegaba desde el este.

Sofía me esperaba en el Atrio Azul.

Ya no llevaba la ropa de la empresa. Tenía una mochila, una caja de herramientas y la credencial temporal que le había entregado el juzgado.

—Van a clonar otra vez el archivo —dijo—. Después apagarán el Núcleo.

—¿Para siempre?

—Hasta que decidan quién puede conservarlo.

—¿Y la casa?

—Nadie lo ha preguntado.

Cruzamos el atrio.

Los siete sectores permanecían abiertos.

Las puertas habían quedado inmóviles dentro de las paredes, y las rutas luminosas del suelo estaban apagadas.

El Comedor Ámbar olía a la cena abandonada.

En el Ala Violeta seguía la cama donde Tomás había intentado dormir.

La Clínica Roja había sido vaciada, salvo por una cinta que marcaba la posición de cada equipo.

En el Jardín Verde había llovido.

El techo continuaba retraído y el agua cubría las losas. El fresno había perdido una rama pequeña durante la extracción. Las hojas flotaban dentro del canal de riego.

Ana habría odiado los daños.

También habría dejado el techo abierto.

Alma estaba en el Núcleo con dos técnicos judiciales. Había vuelto para verificar la nueva copia y explicar el índice que había construido. Cuando me vio, levantó una mano.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

—¿Cómo está Nico?

—Cincuenta y nueve mil y subiendo.

—Eso era ayer.

—Ochenta y uno esta mañana.

Alma sonrió.

—Bien.

—Dice que la primera formulación sigue aquí.

La sonrisa desapareció.

—Sí.

—¿Puede reconstruirse?

—Con tiempo. Bajo otro protocolo, otra supervisión y sin garantías.

—¿Quién decide?

Alma miró los servidores.

—Ésa es la pregunta que todos evitamos cuando funcionó por primera vez.

Uno de los técnicos cerró la copia.

—Archivo preservado —anunció—. Podemos apagar.

Sofía fue hasta la consola.

El sistema solicitó una credencial administrativa que ya no existía. Utilizó la orden judicial para entrar en modo de mantenimiento.

—¿Quieres hacerlo? —me preguntó.

—No es mi casa.

—Legalmente, una parte sí.

—Ése fue el problema.

Sofía aceptó la orden de apagado.

Los servidores fueron silenciándose por filas. El ruido descendió hasta dejar al descubierto sonidos que el Núcleo llevaba años ocultando: la lluvia en el jardín, las voces de los técnicos, el agua circulando por los viejos canales bajo el suelo.

La maqueta de Ana permanecía sobre la mesa.

La figura del patio rojo seguía caída.

La coloqué de pie.

Alma me observó, pero no dijo nada.

Cuando el último servidor se apagó, las luces negras se extinguieron. La biblioteca recuperó unas proporciones que no había visto desde mi adolescencia. La mesa parecía demasiado grande para la sala, y los tres estantes de libros demasiado pequeños.

Salimos al Atrio Azul.

Sofía abrió desde su tableta la configuración de los sectores. Eliminó el aislamiento automático, desactivó el reconocimiento respiratorio y dejó activas únicamente las alarmas de incendio, fugas y acceso exterior.

—La casa seguirá ventilando —explicó—. Ya no decidirá quién puede atravesar cada puerta.

—¿Y el recuento?

—Míralo.

La pantalla del vestíbulo había sustituido la cifra por dos líneas.

PATIOS ABIERTOS. OCUPACIÓN INDETERMINADA.

Saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de Nico: un audio de cuatro golpes.

Dos.

Una pausa.

Dos.

Lo reproduje otra vez.

En la pantalla, Casa Cero no decía que fuéramos siete, nueve ni diez.

Por una vez, nadie le pidió que volviera a contar.