CAPÍTULO 10
La casa abierta
El helicóptero se alejó hacia el norte.
Durante unos segundos, el foco continuó barriendo la cubierta de Casa Cero. Después desapareció detrás del humo, llevándose a Nico y a Gabriel.
La casa actualizó el recuento.
—Siete patrones respiratorios detectados.
Tomás seguía en la clínica.
El sistema no lo contaba.
El fresno del Jardín Verde continuaba agitándose bajo la abertura.
Las hojas arrancadas por las hélices habían quedado esparcidas sobre el suelo, pegadas a las paredes húmedas y atrapadas en las rejillas de ventilación.
El aire exterior entraba por el techo y era expulsado a través de los filtros sin alcanzar el resto de la casa.
Sofía intentó cerrar uno de los paneles para reducir la contaminación. El motor oeste no respondió.
—Déjalo abierto —dijo Inés.
Estaba sentada junto a la cama de Tomás, todavía con sangre en la ropa. Había retirado el tubo y las vías, pero no había tocado las manchas secas alrededor de su boca.
—El jardín no puede permanecer así —respondió Sofía.
—Esta noche sí.
Sofía apartó las manos de la consola.
La segunda unidad aeromédica no estaba confirmada.
El perímetro de San Gregorio continuaba cerrado para vehículos terrestres y la concentración exterior sólo había descendido en la parte sur de la finca.
Según la última respuesta de emergencias, tendríamos que esperar entre cuarenta minutos y dos horas.
Elena y Adrián necesitaban el inhibidor antes.
Uno de los sanitarios había dejado seis viales, antibióticos y las instrucciones de administración. Inés los preparó en silencio. No pidió ayuda hasta que tuvo las dos dosis distribuidas en bandejas separadas.
—Elena primero —dijo.
Mi hermana seguía junto a Tomás.
—Puedo esperar.
—No era una invitación.
—Papá tiene menos plaquetas.
—Estáis lo bastante cerca para que el orden no cambie el resultado. Tú tienes sangre en el ojo y has hecho compresiones durante ocho minutos.
Elena miró sus brazos. Habían aparecido hematomas alrededor de los codos y las muñecas.
Se sentó en el segundo cubículo.
Inés le conectó la medicación con movimientos precisos. No se hablaron mientras preparaba la vía. Cuando terminó, Elena intentó sujetarle la mano.
Inés la retiró.
—No esta noche.
Elena asintió.
—Lo entiendo.
—No digas eso. Tu familia utiliza esa frase cuando quiere saltarse la parte difícil.
—No sé qué decir.
—Entonces no digas nada.
Mi padre esperaba en el Atrio Azul. Se había sentado en el banco circular que rodeaba el canal seco. A sus pies seguían las fotografías de los veintisiete casos.
No había tocado ninguna.
Cuando Inés terminó con Elena, fue a buscarlo.
—Te toca.
—Estoy bien.
—Tienes cincuenta y un mil plaquetas, hematomas espontáneos y sangre en la orina.
Adrián miró a su nuera.
—¿Cómo sabes lo último?
—La casa analiza los baños.
—Ana odiaba ese sistema.
—Ana está muerta. Tomás también. Levántate.
Mi padre obedeció.
Al pasar junto a la clínica, no miró hacia el cubículo. Entró en la sala de procedimientos y se sentó en la misma camilla donde habían cosido a Alma.
Inés le colocó la vía.
—El inhibidor puede detener el proceso —explicó—. No reparará lo que ya haya ocurrido. Necesitas monitorización renal y neurológica.
—¿Elena?
—También.
—¿Nico recibió la dosis completa?
—Sí.
—¿A tiempo?
Inés fijó el catéter con una tira de adhesivo.
—No lo sé.
Adrián miró el líquido transparente dentro de la bolsa.
—Tienes que ir con él.
—Tengo que preparar a Tomás.
—Puedo encargarme de eso.
Inés se quedó inmóvil.
—No volverás a encargarte de él.
Abrió la perfusión y salió.
Mi padre no intentó detenerla.
Encontré a Alma en el Núcleo Negro. Se había sentado frente a la maqueta de Ana y retiraba con cuidado la bata adherida a la herida. Dos puntos se habían abierto. La sangre no era abundante, pero había empapado la ropa térmica.
—Inés tiene pacientes —dijo antes de que preguntara.
—También eres una.
—No inmediata.
Busqué gasas en el botiquín de mantenimiento. Alma se dejó limpiar la herida mientras comprobaba el estado de la unidad de transferencia.
—El archivo llegó completo a la agencia —dijo—. La fiscalía confirmó recepción. El paquete público se ha replicado en tres servidores externos.
—¿Eso estaba programado?
—Sí.
—¿Aunque Elena no hubiese firmado?
—Si perdía contacto con la unidad durante más de seis horas.
La miré.
—Un seguro.
—Una amenaza.
—¿Sofía lo sabía?
—No.
—Dijiste que no la habías manipulado.
—Sofía dijo que la había manipulado un poco.
—Te ayudó sin saber que habías preparado una filtración automática.
—Si se lo decía, se convertía en cómplice de todo lo que yo hiciera después.
—La convertiste en cómplice de entrar.
—De eso necesitaba que fuese responsable.
—Qué consideración.
Alma apretó los dientes cuando la gasa rozó los puntos abiertos.
—No soy la persona buena de esta historia, Nora.
—Eso ya lo había entendido.
—Bien.
—Tampoco puedes utilizar haber tenido razón para justificarlo todo.
—No.
Alma miró hacia el Atrio Azul. Desde allí se veía a Sofía trabajando en los controles y a Julián recogiendo las fotografías del canal.
—Creí que si le enseñaba todos los riesgos, diría que no. Y necesitaba entrar.
—Podríais haber muerto en el túnel.
—Sí.
—También podrías haber contaminado la casa con el humo de San Gregorio.
—Sí.
—¿Y lo habrías hecho otra vez?
Alma tardó en contestar.
—Habría elegido otra noche.
No pude evitar reírme.
Ella también sonrió, aunque el gesto le provocó dolor.
—No lo sé —añadió—. Es la respuesta que debería haber dado antes de entrar.
Le coloqué una venda limpia.
—Inés tendrá que coserte otra vez.
—Cuando termine.
—No va a terminar.
Alma miró la puerta roja.
—No.
Julián apareció con las hojas de los pacientes dentro de una caja transparente.
—Esto queda bajo custodia —dijo—. No toquéis nada más.
—¿Custodia de quién? —pregunté.
—Hasta que lleguen las autoridades, mía. Después espero no volver a escuchar esa pregunta.
Colocó la caja junto a la unidad de Alma.
—He guardado una copia del registro de accesos, las cámaras y las comunicaciones internas. También la declaración de Tomás.
—¿Incluiste que ayudaste a abrir el Núcleo? —preguntó Alma.
—Sí.
—¿Y que inmovilizaste a Adrián?
—Sí.
—No vas a conservar tu empleo.
Julián miró hacia la sala de procedimientos, donde mi padre recibía el tratamiento.
—Hace horas que no trabajo para él. Sólo nadie se había molestado en decírmelo.
Sofía nos llamó desde el atrio.
—Tenemos conexión con el hospital.
El canal no atravesaba ya la infraestructura de Varela Biotec. El equipo aeromédico había dejado una estación portátil en el jardín, enlazada a la red de emergencias.
Elena salió de la clínica empujando el soporte de su medicación. Adrián se reunió con ella. Inés permaneció junto a Tomás, pero activó el altavoz del cubículo.
Una médica apareció en la pantalla.
—Nicolás Varela ha llegado consciente —informó—. Presentó una breve pérdida de respuesta durante el traslado, sin signos de hemorragia cerebral en la tomografía inicial. El recuento de plaquetas es de treinta y dos mil.
Elena se sujetó al soporte.
—¿Ha subido?
—Ha dejado de descender. Es pronto para atribuirlo al tratamiento. Tiene signos de daño renal y hemólisis, pero la presión se mantiene estable. Vamos a ingresarlo en cuidados intensivos.
—Quiero hablar con él.
—Ahora está sedado para colocar un catéter. Cuando despierte, le comunicaremos que ha llamado.
—No he llamado. Estoy aquí.
La médica miró el nombre de la conexión.
—Le comunicaremos que ha preguntado por él.
Elena cerró los ojos.
—¿Gabriel?
—Estable. Treinta y siete mil plaquetas. Menor daño renal, sin hemorragia activa.
—¿Han recibido los archivos? —preguntó Inés.
—Sí. El equipo de hematología está revisándolos.
—No administren más plaquetas sin bloqueo de complemento, salvo hemorragia vital. El modelo preclínico mostró consumo inmediato.
—Lo tenemos. También hemos avisado a nefrología y neurología.
—Necesitará seguimiento de la enfermedad original —dijo Adrián—. Su última dosis—
La médica lo interrumpió.
—La prioridad inmediata es la microangiopatía. Cualquier nueva administración de Lázaro está suspendida.
Mi padre no volvió a hablar.
—¿Podemos trasladar a los otros pacientes? —pregunté.
—Una unidad terrestre está esperando que se reduzca el perímetro. Tiempo estimado: cincuenta minutos. Si alguno empeora, soliciten otra evacuación vertical.
La conexión terminó.
Elena se sentó en el suelo.
No lloró de alivio. La palabra estable era demasiado pequeña y provisional para sostener nada.
Mi padre permaneció de pie ante la pantalla apagada.
—Está vivo —dijo.
Elena levantó la cabeza.
—Tomás también lo estaba hace una hora.
Adrián miró hacia la clínica.
Esta vez entró.
Inés había colocado una sábana limpia sobre mi hermano y cerrado la cortina que daba al atrio. Mi padre se detuvo en el umbral.
—Quiero verlo.
—No.
—Era mi hijo.
—También era mi marido.
—Inés.
—Le pediste que firmara. Utilizaste su miedo por Nico. Le diste un certificado que ocultaba la desviación y después intentaste borrar el archivo mientras él sangraba.
—No sabía que el lote iba a—
—No termines esa frase.
Inés salió del cubículo y cerró la puerta detrás de sí.
—No quiero oír todo lo que no sabías. Esta noche he visto hasta dónde llegaba lo que sí sabías.
Adrián no cruzó la puerta.
—Sólo quiero despedirme.
—Llevas años despidiéndote de él cada vez que elegías la empresa.
Mi padre bajó la vista.
Inés respiró despacio.
—Cuando termine de prepararlo, podrás entrar. No antes.
Regresó al cubículo.
Adrián se quedó en el corredor rojo, solo, con la medicación suspendida a su lado.
A las 03:06, la concentración exterior descendió por debajo del límite de emergencia.
Sofía inició la apertura del Airlock Blanco.
El sistema protestó.
—Aislamiento activo. Apertura exterior no recomendada.
—Autorizar acceso de equipos de emergencia —dijo.
—Se requiere confirmación administrativa.
Mi padre oyó la petición desde el corredor.
No respondió.
Apoyé mi pulsera en la consola.
—Nora Varela. Acceso fiduciario de emergencia.
—Credenciales insuficientes para apertura exterior.