La casa dice que somos diez CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Agradecí que no intentara absolverme. Lo odié por la misma razón.

—Después volví a casa —continuó—. Inés había hecho pasta.

Mi cuñada dejó de ajustar la vía.

—No la había hecho —dijo—. La pediste.

—Es verdad.

—Llegaste a las once. Te pregunté qué había ocurrido y dijiste que sólo tenías hambre.

—Tendría que habértelo contado.

Inés siguió mirando la perfusión.

—Tendrías que haber hablado antes de firmar.

—También.

Ella apoyó dos dedos en su muñeca.

—No voy a decirte que no importa.

—Lo sé.

—Ni que te perdono porque estás enfermo.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes.

Tomás cerró la mano alrededor de la suya.

—Eso intento.

Inés bajó la cabeza. El pelo ocultó su rostro durante unos segundos. Después se soltó de él para revisar el monitor.

—Tomás, necesito prepararte para el traslado.

—Antes quiero registrar una declaración.

—No.

—Inés.

—Tienes una probable hemorragia intracraneal.

—Por eso.

—Conserva el aire.

—Un minuto.

—Treinta segundos.

Mi hermano miró hacia la cámara de la clínica.

—Casa, iniciar registro clínico firmado.

—Se requiere consentimiento biométrico.

Tomás apoyó el pulgar en el lector de la cama.

La pantalla comenzó a grabar.

—Soy Tomás Varela, director médico de Lázaro —dijo—.

Firmé el informe de seguridad que permitió continuar el protocolo.

Conocía la existencia del estudio C-17, pero no revisé sus anexos completos.

Acepté una conclusión que me convenía porque la suspensión habría impedido tratar a Nicolás Varela.

También revisé el comunicado contra Alma Rojas y no me opuse a su publicación.

Tuvo que detenerse para respirar.

—Veinte segundos —dijo Inés.

Tomás continuó:

—Nadie falsificó mi firma. Nadie me obligó. La información estaba fragmentada, pero yo elegí no reunirla. Autorizo entregar esta declaración a pacientes, reguladores y autoridades.

La casa esperó.

—¿Confirma?

—Confirmo.

—Registro sellado.

Tomás dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—Ya está —dijo.

—Ya está —repitió Inés.

No sonaba como un perdón. Sonaba como el final de una tarea que ambos habían evitado durante años.

En el Núcleo, Alma anunció que la transferencia había alcanzado el noventa por ciento.

La casa intentó destruir las claves.

Falló otra vez.

Inés extrajo sangre de la vía de Tomás para un nuevo análisis. Cuando terminó, observó una mancha que se extendía bajo su cuello.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Levantó con cuidado la cabeza de mi hermano.

La sangre procedía de su oído izquierdo.

Inés dejó la muestra y buscó una linterna.

—Tomás, mírame.

Él no respondió.

—Tomás.

Abrió los ojos, pero no encontró su rostro.

El monitor aceleró.

—¿Dónde estás? —preguntó Inés.

Mi hermano movió los labios.

No salió ninguna palabra.

—Aprieta mi mano.

Sus dedos no se cerraron.

Inés pulsó la llamada de emergencia.

—Elena, necesito el carro de vía aérea. Nora, sal.

—Puedo ayudar.

—Sal.

—Inés.

—Ahora.

Me levanté sin soltar a Tomás.

Inés tuvo que retirar mis dedos uno por uno.

—Déjame trabajar.

Salí del cubículo.

Elena llegó con el carro. Detrás venía Nico, todavía con la vía del análisis conectada al brazo.

—Quédate fuera —le ordenó Inés.

—Es mi tío.

—Y yo necesito espacio.

Elena cerró la puerta delante de su hijo.

Tomás comenzó a convulsionar.

Su cuerpo se arqueó sobre la cama. Inés protegió su cabeza mientras Elena preparaba el medicamento. El monitor llenó la clínica de alarmas.

Nico golpeó el cristal.

—¡Tomás!

Julián lo sujetó antes de que intentara abrir la puerta.

—Déjala trabajar.

—Suéltame.

—No.

—¡Suéltame!

Nico intentó golpearlo. Julián recibió el puño contra el pecho y lo abrazó por detrás, inmovilizándolo sin presionar sus brazos. Nico dejó de luchar cuando vio la sangre que le corría desde la vía abierta.

Alma salió del Núcleo.

—Presiona aquí.

Colocó una compresa sobre el brazo de Nico. Él obedeció sin mirarla.

La transferencia alcanzó el cien por cien.

La unidad emitió un tono.

—Imagen completada —anunció la casa—. Verificación pendiente.

Alma regresó a la mesa. Inició la comprobación de firmas.

Mi padre no miró la pantalla.

Miraba a Tomás.

Inés administró un sedante, colocó el laringoscopio y pasó el tubo entre las cuerdas vocales. Elena conectó el ventilador. La primera insuflación elevó el pecho de su hermano.

La convulsión se detuvo.

El monitor no recuperó un ritmo normal.

—Pupila izquierda fija —dijo Inés—. Respuesta motora ausente en el lado derecho.

—¿Qué significa? —preguntó Nico.

Nadie le contestó.

—¿Qué significa?

Alma seguía presionando su brazo.

—Que está sangrando y la presión está afectando al cerebro.

—¿Puede detenerlo?

—Necesita neurocirugía.

Sofía consultó el canal de emergencia.

—La unidad aeromédica está en vuelo.

—¿Cuánto? —pregunté.

La respuesta apareció en el Atrio Azul.

LLEGADA ESTIMADA: 02:31. CAPACIDAD INICIAL: DOS PACIENTES CRÍTICOS. EQUIPO DE SOPORTE HEMATOLÓGICO A BORDO.

Faltaban veintidós minutos.

—Prepara el Jardín Verde —ordenó Inés sin apartarse de Tomás—. Tomás sale primero.

Sofía abrió los controles del techo.

—Tengo que renovar la atmósfera del jardín y retraer la cubierta. Dieciocho minutos.

—Hazlo.

El sistema inició la purga del sector verde.

En la pantalla médica aparecieron los nuevos recuentos.

Tomás: siete mil. Gabriel: treinta y cinco mil. Nico: veintinueve mil. Adrián: cincuenta y uno mil. Elena: cincuenta y cuatro mil.

Inés leyó las cifras desde el cubículo.

—La tercera dosis es para Nico.

Elena conectó los tres últimos viales sin discutir.

Mi padre contempló su propio resultado. Después el de su hija.

No quedaba nada para ellos.

—El tratamiento viene en el helicóptero —dijo Sofía.

—Si llega —respondió Adrián.

Nico levantó la cabeza.

—Va a llegar.

No sonó convencido. Sonó decidido a no permitir que mi padre eligiera también aquella frase.

La unidad de Alma terminó la verificación.

ARCHIVO ÍNTEGRO. FIRMAS VÁLIDAS. CADENA DE CUSTODIA PRESERVADA.

Alma cerró los ojos.

Habíamos salvado los archivos.

Dentro de la clínica, Inés ajustó el ventilador que respiraba por Tomás.

La pantalla central de Casa Cero seguía mostrando diez patrones respiratorios.

Para la casa, el aire que entraba por un tubo también contaba.