La casa dice que somos diez CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El jardín abierto

No porque hubiese aceptado nuestra decisión. Después de cuatro intentos fallidos, el sistema clasificó el módulo de claves como averiado y aplazó la rutina hasta que un técnico pudiera reparar la conexión.

—Incidencia registrada —anunció—. Notificación enviada al administrador principal.

Mi padre recibió el aviso en su pulsera.

Lo descartó sin leerlo.

Alma desconectó la unidad de transferencia y enrolló el cable alrededor del dispositivo.

La copia ocupaba casi toda su capacidad.

Tres coma ocho terabytes de ensayos, informes, correos, consentimientos, desviaciones de fabricación y decisiones que habían sobrevivido porque quienes las ocultaban necesitaban conservarlas para defenderse unos de otros.

La unidad cabía en una mano.

—Ahora hay que enviarlo —dijo.

—Primero prepara una copia para el hospital —respondí.

—Ya tienen el paquete médico.

—Quiero que tengan los datos completos del lote.

Gabriel seguía sentado ante la mesa de Ana. El inhibidor del complemento descendía por una vía en su brazo. Se había colocado una compresa bajo la nariz y respiraba con la boca abierta.

—No necesitan tres terabytes —dijo—. Secuencia final, concentración, análisis de agregados y protocolo C-17. Puedo preparar un paquete clínico ampliado.

Alma lo observó.

—¿Sin reclasificar nada?

—Sin reclasificar nada.

Ella le entregó el teclado.

Gabriel tardó menos de dos minutos en seleccionar los archivos. Sabía exactamente dónde estaban. Eso también formaba parte de su responsabilidad: no había necesitado descubrir el camino, sólo aceptar adónde conducía.

Sofía cerró la compuerta del nivel inferior y comprobó la temperatura del Núcleo.

—Tenemos treinta y ocho minutos antes de apagar los primeros servidores.

—¿La unidad depende de ellos? —pregunté.

—Ya no. La copia está completa.

—Entonces abre la salida al jardín.

Sofía volvió a la consola principal.

El plano de Casa Cero apareció sobre la pared. Tres sectores continuaban cerrados: el Ala Violeta, el anillo técnico del sur y el Jardín Verde. La clínica y el Atrio Azul estaban conectados por una ruta roja. El jardín quedaba separado por dos puertas y una cámara de compensación.

—Inicio la renovación de atmósfera —dijo—. Primero expulsamos el aire del sector a través de los filtros superiores. Después comprobamos partículas y retraemos la cubierta.

—El helicóptero llega en diecinueve minutos —dijo Inés desde la clínica.

—El proceso necesita dieciséis.

—Te sobran tres.

Sofía no sonrió.

—En una casa que lleva toda la noche comportándose bien.

Pulsó la secuencia.

El sector verde comenzó a parpadear.

RENOVACIÓN INICIADA. TIEMPO ESTIMADO: 00:15:42.

Las bombas de ventilación cambiaron de ritmo. El sonido recorrió el techo del Núcleo y se alejó hacia el jardín.

—Necesito los trajes del airlock —dijo Sofía—. Aunque la atmósfera interior quede limpia, al abrir la cubierta entrará aire exterior.

—Todavía hay cinco —respondió Julián.

—Trae dos al Atrio Azul. Si falla algún actuador, habrá que liberar el techo a mano.

—¿Quién entra?

—Yo.

—Tú te quedas en los controles —dije—. Entramos Julián y yo.

—No sabes abrir la cubierta.

—Me lo explicas.

—No es una rueda.

—Mejor. Las ruedas de esta casa no cooperan.

Sofía amplió el plano del Jardín Verde.

La planta tenía forma de media luna. Ana la había diseñado alrededor de un fresno que ya era viejo cuando compró el terreno.

El techo móvil estaba compuesto por cuatro paneles de vidrio que se recogían sobre la galería norte.

Cada uno tenía un cierre eléctrico y una liberación manual accesible desde la pasarela superior.

Mi padre había reforzado aquella estructura durante la conversión de Casa Cero. Los paneles de vidrio fueron sustituidos por láminas transparentes de seguridad. Las vigas podían soportar un dron de carga y el sistema de apertura quedó conectado a los protocolos de evacuación vertical.

—Los cuatro cierres tienen que liberarse —explicó Sofía—. Si uno falla, el techo no se mueve para evitar que los paneles se deformen.

—¿Cómo llegamos a la pasarela?

—Escalera detrás del muro vegetal. Hay una puerta de servicio aquí.

Señaló el extremo oeste del jardín.

—¿Y la salida para los pacientes?

—Desde la clínica, cruzan el atrio y entran en la cámara verde. El equipo aeromédico puede descender con el torno, recogerlos y volver a subir sin abrir el resto de la casa al exterior.

—Dos pacientes —dijo Elena.

Había aparecido en la puerta del Núcleo.

Nico permanecía sentado junto a la clínica mientras recibía la tercera y última dosis del inhibidor. El sangrado del brazo se había detenido. El de las encías no.

—La unidad sólo puede llevarse a dos —continuó Elena—. ¿Quiénes?

Inés salió del cubículo de Tomás. Había colocado una cortina parcial alrededor de la cama, aunque el cristal seguía permitiéndonos ver el monitor y los tubos conectados a su cuerpo.

—Tomás y Nico.

Gabriel levantó la cabeza.

—Nico y yo tenemos los recuentos más bajos después de Tomás.

—Tomás necesita neurocirugía. Nico está cayendo más rápido que tú.

—Yo tengo hemólisis y sangrado activo.

—Y ya estás respondiendo al inhibidor.

—¿Cómo lo sabes?

—El sangrado nasal ha disminuido y tu presión se mantiene. No significa que estés fuera de peligro.

Elena miró a su padre.

—¿Y nosotros?

—El helicóptero lleva nueve viales adicionales. Os administraremos una dosis a cada uno aquí. La tercera queda para refuerzo o para Alma si aparece una complicación distinta.

—Alma no recibió Lázaro —dijo Adrián.

—Alma atravesó una cisterna con una herida abierta. No voy a agotar todo el botiquín antes de examinarla otra vez.

—La segunda extracción —dijo Elena—. ¿Cuándo?

Sofía consultó el mensaje aeromédico.

—Depende del combustible, del perímetro y de si pueden enviar otra unidad. No hay tiempo confirmado.

Elena observó a Nico.

Su hijo mantenía los ojos cerrados. Alma se había sentado en el suelo junto a él, con la espalda apoyada en la pared azul. No hablaban. Nico marcaba el ritmo de su respiración golpeando dos dedos contra la rodilla.

Dos golpes.

Una pausa.

Dos golpes.

Elena regresó al Núcleo.

—Envía la alerta a todos los centros —me dijo.

Alma levantó la cabeza.

Mi padre no.

—Para eso necesitamos la credencial de dirección —respondí.

—La tienes.

—Tengo la autenticación fiduciaria. Puedo abrir el archivo y autorizar una comunicación médica. No puedo emitir una suspensión oficial en nombre de Varela Biotec.

—Gabriel es el director científico.

—El protocolo exige una firma ejecutiva.

Elena comprendió antes de que terminara.

—La mía.

—O la de Adrián.

Mi padre se apartó de la mesa.

—Ya hemos enviado la información al hospital.

—Hay tres centros con administraciones programadas esta mañana —dijo Alma—. Lisboa a las seis y media. Lyon a las siete. Milán a las ocho.

—Son lotes distintos —respondió Adrián.

—Utilizan la misma formulación escalada.

—No hay pruebas de que presenten la desviación térmica de L7-4B.

Gabriel habló sin levantar la voz.

—No hace falta que presenten la desviación. El estudio C-17 demuestra que los agregados son un riesgo del proceso. L7-4B lo agravó, pero la formulación ya tenía una señal.

—Una señal excluida por contaminación.

—Ya no sostengo esa conclusión.

—La firmaste.

—Estaba equivocado.

Mi padre contempló a su antiguo científico jefe como si nunca hubiese imaginado que aquellas tres palabras pudieran salir de él.

—Si suspendemos todos los centros —dijo—, no podremos reanudarlos. La agencia intervendrá la empresa antes del amanecer.

—Eso debería haber ocurrido antes de que administráramos el lote —respondió Gabriel.

Alma se puso de pie.

El esfuerzo abrió uno de los puntos de su costado. Una mancha oscura apareció bajo la bata, pero ella siguió avanzando hasta la mesa.

—La alerta no necesita incluir el archivo completo —dijo—. Sólo ordenad una suspensión inmediata y monitorización de plaquetas. El envío regulatorio puede hacerse por separado.

—Si emitimos una alerta sin explicar la causa, crearemos pánico en todos los pacientes —contestó Elena.

—Si no la emitís, alguno puede recibir la dosis dentro de cuatro horas.

—No he dicho que no vaya a hacerlo.

—Todavía no has dicho que sí.

Elena miró la unidad negra.

—Quiero saber a quién se enviará el archivo completo.

Alma activó la pantalla del dispositivo.

Había preparado tres paquetes.

El primero contenía los documentos médicos y la alerta para los centros.

El segundo incluía la copia íntegra cifrada, destinada a la agencia de medicamentos, la fiscalía y el juzgado que había autorizado la inspección de San Gregorio.

El tercero era una versión reducida. Eliminaba nombres, direcciones e historiales identificables, pero conservaba las firmas de los responsables, las cifras y los registros de fabricación. Estaba dirigido a dos periodistas, una asociación de pacientes y los abogados de varias familias.

—Esto último no es una comunicación regulatoria —dijo Elena.

—No.

—Es una filtración.

—Es la razón por la que el primer informe no desapareció del todo.

—Expondrás a pacientes.

—Los datos están anonimizados.

—Tú no eres responsable de decidir qué nivel de anonimización es suficiente.

—Tú eras responsable cuando decidiste no avisarlos.

Elena tomó la unidad.

Alma no se resistió.

—Si firmo la alerta, sale sólo el primer paquete.

—Si firmas la alerta, los centros se detienen. Para el archivo completo necesito tu firma y la de Nora.

—¿Y el paquete público?

—Puedo enviarlo sin ti.

—¿Por qué no lo has hecho?

—Porque hasta esta noche me faltaba la cadena original. Y porque preferiría que la empresa reconociese lo ocurrido antes de que otros lo cuenten por ella.

Elena miró hacia mí.

Durante años habíamos trabajado con la idea opuesta. La empresa hablaba primero para fijar los límites de lo que después podrían contar los demás. No admitíamos hechos; administrábamos versiones.

—Redacta la alerta —dijo.

Nos trasladamos a la consola de la antigua mesa.

Abrí un documento nuevo.

El encabezado corporativo apareció de forma automática. Debajo, el sistema sugirió una plantilla: