La casa dice que somos diez CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Bajo las rejillas se oyó el desplazamiento del mecanismo. La compuerta de bronce se levantó con un gemido. El refrigerante acumulado formó una corriente fina hacia el canal azul y desapareció en dirección a la cisterna.

Sofía observó el nivel.

—Eso debería mantener seco el paso.

—Ana uno, Casa Cero cero.

—No cantes victoria. La casa lleva la cuenta mejor que nosotras.

Retiró el primer enlace de seguridad.

El panel emitió una alarma.

—Conexión administrativa degradada —anunció el sistema—. Iniciando ruta alternativa.

—Ahora —dijo Sofía.

Corrimos hacia las baterías.

La voz de Inés seguía llegando desde la clínica.

—Sonríe.

—No estoy de humor —respondió Tomás.

Las palabras sonaban torpes.

—Hazlo.

—Ya está.

—Otra vez.

El monitor aceleró.

—Tomás, levanta el brazo derecho.

—Lo estoy levantando.

—Ése es el izquierdo.

Oí a Elena decir el nombre de su hermano.

Después, a Nico:

—¿Qué pasa?

—Quédate fuera —ordenó Inés.

—¿Qué pasa?

—Posible hemorragia intracraneal.

Mis pies se detuvieron.

Sofía se volvió.

—Nora.

—Está sangrando en el cerebro.

—Y no hay nada que puedas hacer desde aquí.

—Es mi hermano.

—Precisamente.

Me agarró por la muñeca y me obligó a continuar.

No lo hizo con suavidad. Lo agradecí.

Llegamos al extremo opuesto del colector. El panel secundario estaba detrás de una batería refrigerada por líquido. El espacio entre ambos no permitía que Sofía entrara con el cinturón de herramientas.

Se lo quitó.

—Sujétalo.

Se deslizó de lado. La tubería quedaba a pocos centímetros de su rostro.

—Ilumina hacia abajo.

Encontró el panel y retiró la primera tapa.

Arriba, Alma anunció:

—Cincuenta y dos por ciento. Once minutos.

El reloj marcaba 01:56.

—No va a terminar —dijo Gabriel.

—Si bloqueamos la orden, tendremos tiempo —respondió Sofía.

—¿Y la refrigeración?

—Un desastre cada vez.

Tomás empezó a vomitar.

El sonido llegó por el altavoz antes de que Inés silenciara el canal de la clínica. Alcancé a oír el golpe de una bandeja y a Nico llamándolo.

Después sólo quedaron los ventiladores.

—¿Por qué ha cortado el audio? —pregunté.

Sofía no respondió.

—¿Por qué?

—Porque está trabajando.

La segunda tapa se resistía. Uno de los tornillos giraba sin salir.

Sofía maldijo y buscó otra herramienta.

—Depuración criptográfica en tres minutos.

—Rómpela.

—Si golpeo el panel puedo cerrar el contacto.

—¿Qué significa?

—Que el borrado empezaría ahora.

Probó con unos alicates. El tornillo continuó girando.

—Dame espacio.

No había espacio.

Me introduje detrás de ella y sostuve la batería con ambas manos, como si eso pudiera moverla. La estructura estaba anclada al suelo.

—No puedes desplazarla —dijo.

—¿Hay otro acceso?

—Desde arriba habría que retirar un armario de servidores.

—Entonces rompe la tapa.

—Nora.

—Hazlo.

Sofía colocó la punta de un destornillador junto al tornillo y golpeó con la base de la linterna.

La tapa se dobló.

La alarma del panel cambió de frecuencia.

—¿Ha empezado?

—Todavía no.

Golpeó otra vez.

El borde metálico se abrió lo suficiente para que introdujera dos dedos enguantados. Tiró hasta arrancar la chapa.

Dentro parpadeaban tres luces.

—¿Cuál?

—Espera.

—No tenemos tiempo.

—Si corto el archivo, perdemos la transferencia.

—Si esperas, también.

Sofía acercó la tableta. La pantalla no detectaba tráfico.

—La ruta sólo se activa al fallar la principal. Necesito que intente validar.

—Ya está intentando.

—La orden no se envía hasta las dos.

—Entonces no sabrás cuál es hasta que empiece.

Sofía me miró desde el hueco entre la batería y la pared.

—Exacto.

La casa anunció dos minutos.

Regresó el sonido de la clínica.

Inés hablaba deprisa.

—Necesito la última unidad de plaquetas.

—Estaba reservada —dijo Elena.

—Ahora es para Tomás.

—¿El inhibidor no funciona?

—No puede reparar una hemorragia que ya ha empezado.

—¿Está consciente?

—A ratos.

—¿Puede oírnos? —pregunté.

Nadie respondió desde arriba.

—Inés.

—Sí, Nora. Puede oírte. No bajes por eso.

La voz de mi cuñada no contenía consuelo. Contenía una orden.

—Tomás —dije.

El altavoz devolvió el ruido de su respiración.

—Estoy aquí —respondió al cabo de unos segundos.

—Vamos a detenerlo.

—Bien.

—Después subo.

—Bien.

—No cierres los ojos.

Mi hermano tardó en contestar.

—Eso dice ella.

Inés le pidió que no hablara.

La casa anunció un minuto.

Sofía sujetó la herramienta de corte alrededor del cable central.

—Cuando empiece la orden, una de las luces cambiará a rojo. Corto ésa.

—¿Y si cambian dos?

—No deberían.

—¿Y si lo hacen?

—Elegiré la que tarde menos.

Treinta segundos.

El aire del nivel inferior se había vuelto más caliente. La refrigeración principal trabajaba por encima de nuestras cabezas, pero la fuga reducía la presión del circuito. Una gota cayó sobre el guante de Sofía.

Quince segundos.

Las luces continuaban verdes.

Diez.

Desde el Núcleo, Adrián dijo:

—Aún podéis subir.

Sofía apoyó la herramienta.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Las tres luces cambiaron a rojo.

—Sofía.

—Lo sé.

Cortó el cable de la izquierda.

La casa guardó silencio.

La transferencia desapareció de la pantalla de su tableta.

—¿Qué has hecho?

Sofía no respiraba.

Después reapareció la barra.

Sesenta y siete por ciento.

La unidad seguía copiando.

—Rutina de depuración iniciada —anunció la casa—. Módulo de claves no disponible. Buscando ruta redundante.

Una de las dos luces restantes comenzó a parpadear.

Sofía cortó la del centro.

—Ruta redundante no disponible —dijo la casa—. Depuración suspendida. Reintento en sesenta segundos.

—¿Suspendida? —pregunté—. ¿No cancelada?

—El controlador seguirá intentándolo.

—¿Cuántas veces?

—Hasta que encuentre el módulo o alguien cancele la rutina.

La voz de mi padre llegó desde arriba.

—No voy a cancelarla.

Sofía salió del espacio entre la batería y la pared.

—No hace falta.

Levantó los dos cables cortados.

—Para que vuelva a encontrarlo, alguien tendrá que bajar con un empalmador de fibra.

Julián respondió desde el Núcleo:

—Nadie baja.

Adrián dijo algo que el altavoz no recogió.

—¿Cuánto falta para copiar? —pregunté.

—Seis minutos.

—¿Y las baterías?

Sofía consultó la fuga.

—Tenemos que cerrar la válvula principal. Está junto a la escalera.

El sistema volvió a intentar la depuración.

No encontró el módulo.

Subimos entre los canales de drenaje. El refrigerante continuaba desapareciendo por la compuerta azul, dejando una superficie brillante sobre la piedra. La casa repetía la advertencia cada sesenta segundos. Cada intento fallido me parecía menos una victoria que una pausa prestada.

Al llegar a la válvula, Sofía giró el cierre manual.

La presión descendió.

Las luces de servicio se apagaron.

Durante un segundo quedamos bajo tierra sin otra iluminación que mi linterna.

—¿Eso era esperado?

—Sí.

—Has contestado demasiado rápido.

—Necesitamos subir.

La escalera parecía más alta que antes. Comencé a ascender. A mitad de camino sentí que alguien retiraba la tapa desde arriba.

Julián me tendió una mano.

Alma seguía junto a la unidad. La barra indicaba setenta y cuatro por ciento. Gabriel estaba sentado, con una vía conectada al brazo. Inés había enviado el inhibidor desde la clínica y Elena se encargaba de vigilar la perfusión.

Mi padre permanecía junto a la maqueta.

Las marcas en su brazo se habían oscurecido.

—Has dañado el sistema de seguridad —dijo.

Me quité los guantes.

—Lo construiste alrededor de una alcantarilla.

—Era una bóveda.

—Ana sabía que era un desagüe.

Sofía salió de la compuerta y la dejó abierta para ventilar el nivel inferior.

—Refrigeración secundaria cerrada. El circuito principal puede mantener el Núcleo durante cuarenta y cinco minutos. Después habrá que apagar servidores.

—La copia termina en cuatro —dijo Alma.

—Si no hay otro problema.

—No invoques a la casa.

El sistema intentó otra depuración.

Falló.

La puerta de la clínica se abrió.

Inés estaba en el cubículo de Tomás, inclinada sobre él. Había retirado la almohada y elevado su cabeza. Mi hermano tenía los ojos abiertos, pero la mitad derecha de su rostro parecía menos despierta que la izquierda.

La última bolsa de plaquetas descendía por la vía.

—Quiero entrar —dije.

Inés me miró a través del cristal.

—Lávate las manos y ponte una bata.

—¿Puedo tocarlo?

—Sí.

Alma sostuvo la unidad.

—Yo vigilo esto.

Mi padre dio un paso hacia el dispositivo.

Julián se interpuso.

—Se queda donde está.

Atravesé el atrio hasta la clínica. Las fotografías seguían en el canal seco. Algunas habían sido desplazadas por nuestras pisadas. Recogí la hoja de Miriam Otero y la dejé otra vez boca arriba.

Me lavé las manos, me puse guantes y una bata roja. Inés abrió el cubículo.

El aire olía a antiséptico y sangre.

Tomás giró los ojos hacia mí. Le costó enfocar.

—Has tardado.

—Había tráfico debajo de la casa.

—Siempre conduces mal.

—El árbol seguía sin estar señalizado.

Su boca intentó formar una sonrisa.

Me senté junto a la cama. Su mano estaba fría y pesada cuando la tomé. Había pequeñas hemorragias bajo las uñas.

—¿Lo habéis detenido? —preguntó.

—El borrado sí. La copia sigue.

—Bien.

—No te esfuerces.

—Necesito decirte una cosa.

—Puedes decírmela después.

—Eso lleva años sin funcionar.

Inés comprobó sus pupilas. La izquierda respondía más despacio.

—Breve —ordenó.

Tomás respiró con cuidado.

—Vi tu comunicado antes de que se publicara.

—¿Qué comunicado?

—El de Alma.

Lo miré.

—Elena me lo envió. Preguntó si había algo científicamente falso.

—¿Y qué contestaste?

—Que no.

Sentí que su mano se tensaba entre las mías.

—Dijiste que no había nada falso.

—Las palabras estaban diseñadas para no ser falsas.

—Sí.

—Podías haberme llamado.

—Sí.

—Podías haber dicho que no lo publicara.

—Sí.

No buscó una explicación hasta que yo se la exigí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Tomás cerró los ojos. Inés le tocó la mejilla y volvió a llamarlo.

—Porque nos daba tiempo —dijo—. Si Alma parecía poco fiable, el comité no suspendería el protocolo antes de la dosis de Nico.

La habitación se hizo pequeña alrededor de la cama.

—Entonces no me dejaron sola delante de aquello.

—No.

—Me utilizasteis.

—Sí.

—Yo lo escribí.

—Sí.