CAPÍTULO 8
Bajo la casa
—Confirmo la ejecución —dijo mi padre.
La casa no preguntó si estaba seguro.
—Depuración criptográfica confirmada. Tiempo restante: nueve minutos, cuarenta y ocho segundos.
Tomás golpeó el cristal de la clínica.
—Papá.
Adrián mantuvo el pie sobre la compuerta.
—La información médica está a salvo.
—No es suficiente.
—Para ti sí.
—No decidas eso otra vez.
Tomás intentó incorporarse. Inés apoyó una mano en su pecho y lo obligó a permanecer contra la almohada. La bolsa de plaquetas estaba casi vacía. Junto a ella, el inhibidor del complemento descendía con una lentitud regular.
Sofía se agachó frente a mi padre.
—Si no me deja bajar, el archivo desaparecerá.
—Ésa es la intención.
—También perderemos las claves que permiten comprobar los documentos que ya hemos copiado.
—Tenemos el protocolo médico.
—Tenemos archivos sin cadena de custodia.
—No voy a arriesgar tu vida por una cadena de custodia.
Sofía levantó la vista.
—Mi vida no le preocupa.
—Ahora mismo me preocupa cualquiera que siga respirando dentro de esta casa.
—Entonces retire el borrado.
Adrián no se movió.
Julián entró en el Núcleo. No desenfundó el arma ni adoptó ninguna postura amenazante. Se limitó a colocarse junto a mi padre.
—Voy a apartarle de la compuerta —dijo.
—No tienes autoridad.
—Hay una intervención técnica necesaria para preservar un sistema crítico.
—El sistema no está en peligro.
—Las baterías sí.
—Sofía está exagerando para facilitar el robo.
Julián miró el agua acumulada junto a la rejilla de refrigeración.
—No parece una exageración.
—No sabes lo que estás viendo.
—Por eso voy a dejar trabajar a quien sí lo sabe.
Adrián no retiró el pie.
Julián le sujetó el brazo por encima del codo.
—No se resista. Tiene sesenta y tres mil plaquetas y no quiero lesionarle.
Mi padre intentó soltarse. Fue un movimiento breve y orgulloso, más cercano al rechazo que a la lucha. Julián cambió la presión de los dedos y lo desplazó un paso.
En la piel de Adrián aparecieron cuatro marcas violáceas.
Elena salió de la clínica al verlas.
—Suéltalo.
—Estoy evitando que se haga daño.
—Le estás haciendo daño.
—Entonces dígale que deje de resistirse.
Adrián observó las manchas que los dedos de Julián habían dejado en su brazo. Pareció sorprenderle que su cuerpo ya no obedeciera las reglas que él imponía a los demás.
Retrocedió.
Sofía levantó la compuerta.
La abertura era demasiado estrecha para bajar con rapidez.
Una escalera metálica descendía entre dos paredes de piedra hasta un nivel apenas iluminado.
El ruido de los servidores se hacía más profundo allí abajo, separado en vibraciones distintas: ventiladores, bombas de refrigeración, transformadores.
—Voy contigo —dije.
Sofía miró mi ropa.
—Necesitas calzado aislante.
—Entonces dámelo.
—Nora —dijo Alma—, yo puedo—
—Tienes seis puntos en el costado.
—Y tú no sabes nada de sistemas.
—Sé obedecer instrucciones.
Mi padre soltó una risa amarga.
—Siempre que no procedan de tu familia.
No le respondí.
Sofía sacó dos cubiertas de goma de un compartimento bajo el suelo. Me las puse sobre los zapatos. Después me entregó unos guantes aislantes y una linterna.
Julián se colocó frente a Adrián.
—Yo vigilo la entrada.
—¿Vigilas que ella destruya el servidor?
—Vigilo que nadie la detenga.
La barra de transferencia alcanzó el treinta y seis por ciento.
01:51.
Bajé detrás de Sofía.
La escalera terminaba cuatro metros bajo la biblioteca. El nivel inferior no había sido construido como una sala. Era el espacio que quedaba entre los cimientos antiguos y la plataforma sobre la que mi padre había levantado el Núcleo.
Ana había colocado allí el sistema de drenaje de los patios.
Siete canales de piedra descendían desde distintos puntos de la casa y se reunían bajo la biblioteca antes de continuar hacia la cisterna.
Mi padre los había cubierto con rejillas y utilizado como rutas para cables, fibra óptica y tuberías de refrigeración.
Los muros de ladrillo original quedaban aprisionados entre armarios de baterías.
En algunos puntos todavía se conservaban las marcas de pintura que identificaban cada canal: azul, ámbar, verde, violeta, rojo, negro y blanco.
La casa nueva había crecido dentro de la antigua sin conseguir devorarla del todo.
Sofía encendió las luces de servicio.
Varias no respondieron.
—Pisa sólo sobre las rejillas grises —dijo—. Las negras pueden estar húmedas.
El refrigerante goteaba desde una unión sobre el primer bloque de baterías. No era agua, aunque tenía su transparencia. Se extendía por una bandeja metálica y caía al suelo en intervalos cada vez más cortos.
—¿Es tóxico?
—Menos que el humo exterior. Más que el agua.
—Una respuesta tranquilizadora.
—No la bebas.
Avanzó agachada entre dos baterías. Yo la seguí, procurando no rozar los cables que colgaban a la altura de mis hombros.
La voz de la casa llegaba debilitada desde un altavoz situado sobre la escalera.
—Depuración criptográfica en ocho minutos.
—¿Dónde está el controlador? —pregunté.
—Al otro lado del colector central.
—¿Qué es el colector?
Sofía iluminó una estructura de piedra que cruzaba el nivel inferior. Tenía la anchura de una bañera y estaba cubierta por losas.
—Ahí se reunía el agua de los siete patios. Adrián instaló encima el módulo de claves.
—¿Por qué?
—Porque era el punto más protegido de la casa.
—También es el punto al que llega cualquier fuga.
—Eso intenté explicar durante la reforma.
Saltó sobre una sección estrecha de la rejilla.
—La respuesta fue que la cisterna llevaba años seca.
El agua de refrigeración continuaba avanzando.
Alma habló desde arriba.
—Transferencia al cuarenta por ciento. Dieciséis minutos estimados.
—No llegará —dije.
—Llegará si aislamos el módulo —respondió Sofía.
—¿Cómo?
—El borrado no destruye físicamente los discos. Ordena al módulo de claves que invalide la cadena de cifrado. Sin las claves, el archivo seguirá allí, pero será indistinguible del ruido.
—Entonces desconectamos el módulo.
—Tiene dos enlaces redundantes. Uno con el servidor y otro con el controlador de seguridad. Necesitamos cortar el segundo sin interrumpir el primero.
—¿Y cómo se distinguen?
—En los planos, por el color.
Iluminó una maraña de cables idénticos.
—En la obra decidieron que todo quedaba más elegante en negro.
Seguimos avanzando.
El colector central nos obligó a doblarnos. La altura entre la piedra y las bandejas de cable no llegaba a un metro y medio. Sofía se arrodilló frente a un panel empotrado en la pared.
La cerradura estaba cubierta de condensación.
—No lo toques —dijo.
Secó el panel con un paño, comprobó la tensión con una herramienta y retiró la primera tapa. Debajo había otra.
—¿Cuántas pusisteis?
—Tres.
—¿Por qué?
—Porque el Núcleo tenía que sobrevivir a un incendio, una inundación y una intrusión armada.
—¿Y a su propietario?
—Eso no figuraba entre los riesgos.
La casa anunció siete minutos.
Desde la clínica, Inés llamó a Tomás por su nombre.
—Mírame.
—Te estoy mirando.
—Sin cerrar los ojos.
—Estoy cansado.
—¿Te duele la cabeza?
Hubo una pausa.
—Sí.
Inés cambió de tono.
—¿Desde cuándo?
—Un rato.
—¿Cuánto es un rato?
—No lo sé.
—De cero a diez.
—Seis.
—Tomás.
—Ocho.
Oí el movimiento de la cama y el sonido del monitor al cambiar de ritmo.
—¿Dónde te duele?
—Detrás del ojo izquierdo.
—Apriétame las manos.
No escuché la respuesta de mi hermano.
Me volví hacia la escalera.
Sofía siguió trabajando.
—Inés está con él.
—Podría ser una hemorragia.
—Sí.
—Tengo que subir.
—Si subes ahora, no cambiarás lo que está ocurriendo en la clínica. Aquí puedes impedir que borren el motivo.
—No sabemos si el archivo servirá para algo.
—Tampoco sabemos si el medicamento servirá.
Quitó la segunda tapa.
—Llevamos toda la noche actuando sin garantías.
Volví a sostener la linterna.
La frase no me tranquilizó. Sólo me quitó la excusa.
Dentro del panel había dos módulos grises y una fila de conexiones ópticas. Ninguna estaba identificada. Sofía conectó su tableta y examinó el tráfico.
—Necesito que Alma inicie una consulta —dijo.
—¿Qué consulta?
—Cualquiera que obligue al servidor a pedir una clave antigua.
Transmití la petición.
Alma abrió uno de los expedientes clínicos. Una luz diminuta parpadeó en la parte izquierda del panel.
—Ésa es la conexión del archivo —dijo Sofía—. La otra debería ser seguridad.
Marcó el cable con cinta blanca.
—¿Debería?
—Hay dos posibilidades.
—No parece un porcentaje suficiente.
—Es mejor que elegir por intuición.
Desde arriba, Gabriel intervino.
—Pide una clave de acceso al volumen de contingencias. Seguridad tendrá que validarla.
Alma abrió la carpeta.
Una segunda luz parpadeó.
Sofía señaló el cable correspondiente.
—Ése.
Sacó una herramienta de corte, pero no la utilizó.
—¿Qué esperas?
—La conexión es redundante. Si la retiro, el sistema buscará otra ruta.
—¿Dónde?
—En el panel del lado opuesto.
—Entonces cortamos las dos.
—La segunda está detrás de las baterías.
Iluminó el corredor por el que habíamos llegado.
El refrigerante había cruzado una de las rejillas grises.
—Tendremos que drenar esto primero.
—¿Cómo?
Sofía dirigió la luz hacia el canal azul. Terminaba en una compuerta de bronce incrustada en la piedra. Una rueda del mismo material había sido inmovilizada con una abrazadera y dos tornillos modernos.
Reconocí la forma.
—Mi madre las abría cuando llovía.
—Antes de que Adrián sellara los patios.
—Había una en cada canal. Si el nivel subía, se abrían hacia la cisterna.
—La cisterna está parcialmente inundada.
—Tiene capacidad para esto.
—También tiene el túnel por el que entró Alma.
—El túnel asciende. El agua no volverá hasta aquí.
Sofía me miró.
—¿Estás segura?
—No.
—Bien. Seguimos con el método de la noche.
Me entregó una llave. Retiré los dos tornillos de la abrazadera y traté de girar la rueda.
No se movió.
Apoyé ambos pies en la piedra y tiré con el peso del cuerpo. El metal cedió unos milímetros, soltando óxido sobre mis guantes.
—Depuración criptográfica en cinco minutos.
Volví a tirar.
La rueda giró.